| a veces me siento como
un tablero en el que se juega una partida que comenzó con
mi nacimiento. jugadores de los que sólo veo las manos...
ese juego comenzó con retraso: nací casi a los
diez meses. y nací azul, asfixiada. y entonces el primer
jugador movió su pieza, y el aire entró a borbotones
en mis pulmones, dando sonido a mi llanto, dando burbujas a mi
sangre, ganas a mis ganas.
desde ahí, desde ese primer movimiento... soy una acción
que mira desde un lado y desde el otro. blanca o negra según
el jugador. soy el tablero, las jugadas, las piezas. hasta el
reloj. siento como esos dedos toman mi corazón –no
siempre con suavidad—y lo llevan por casilleros inesperados.
a veces me siento perdida en el tablero. otras, tropiezo con
otras piezas. no hay reglas en este juego. o las hay y son tan
cambiantes que nunca llego a aprenderlas. sólo sé que
mi corazón depende de esos dedos que lo acarician o lo
empujan. o que suelen dejarlo fuera del juego, mirando desde
la impaciencia o desde el desaliento. y también de los
otros corazones, los que brillan dentro de las otras piezas.
y es que sin esas otras luces es impensable el juego, inútil
el tablero, estériles los jugadores. y, desde luego, una
burla el reloj.
a veces soy consciente de que hay quien mira esos encuentros.
gente que debate, toma partido, grita a favor o en contra. pero
esa copresencia dura poco: como en ninguna otra situación,
acá los de afuera son realmente de palo. opiniones que
cambian con el viento, emociones que explotan y desaparecen...
nada.
el juego es entre los corazones que se exponen, abiertos como
las granadas. esos que se dejan, que se dan sin cálculo.
algo que no necesita de explicaciones ni de estrategias, ni de
justificaciones.
hace falta, apenas, abrir el juego.
y jugar. |