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uno regresa siempre a lugares que
ya no están. la
memoria hace esos juegos, para nada inofensivos. viajes que
son, invariablemente, involuntarios. vas por la plaza de una
ciudad en la que estás de paso. y es tiempo de aromos
en flor. y el perfume te envuelve, te atrapa. estás
de nuevo allá, en esa otra plaza, con las mismas mariposas
aleteando dentro. el mismo polvillo dorado en los dedos. o
caminás por una calle de barrio, y es el jazmín
del país. ese de las flores chiquititas, blancas...
el aroma de las calles que caminamos juntos mientras el mundo
era una promesa abierta.
uno regresa siempre a lugares. como el asesino de las novelas
policiales, no? con esa mezcla entre intriga, curiosidad morbosa...
y nostalgia, claro, pero imprecisa. como si se pudieran borrar
las huellas de mis manos en esas puertas, en esas otras manos,
en esos libros. o las huellas de mis ojos, que se demoraron
en cielos tormentosos, en soles que se ocultaban, en otros
ojos. borrar las pisadas en el pasto mojado, en las piedras
desparejas, en el borde de los caminos, en tu umbral. uno regresa siempre. siempre es una palabra rara, elástica.
liviana, insoportablemente pesada. y es, además, un
tiempo que no cuenta, un lugar que no existe. el país
de siempre, en el mismo mapa que el país de nunca jamás...
remoto, improbable. un mapa en el que no se reconocen las rutas
andadas, un mapa de extrañeza. como si los senderos
que anduviste cambiaran apenas los dejás atrás,
volviéndose irreales, ajenos. otros. uno regresa. porque adelante y atrás son casi lo mismo,
espejos de espejos. y porque sólo se avanza desde lo
que uno fue. todo lo que es y lo que será, ya fue: en
los miedos, en las furias. en las alegrías, en los desamores,
en los amores. porque despertar, cada día, es abrir
los ojos y la memoria a algo que no cesa: uno. |