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Las tradiciones, pese a la inercia
que cargan y fuerza su descarte, suelen tener su cosa interesante.
Asumiendo que la acción se prepara en el fuero íntimo -cuando no
es un mero reflejo mecánico- podemos rescatar algunas preguntas sobre
viejos conceptos -que quisieron ser práctica.
Elementalmente, el mundo "nos hace": estamos recibiendo todo el tiempo.
Nuestra situación en el mundo nos impone una actitud pasiva, aún
cuando hagamos, al forzarnos a responder dentro de las condiciones que pone,
limitando el margen de elección. Ese caso no nos interesa -aunque sea
abrumadoramente mayoritario en nuestra experiencia cotidiana.
Suponiendo que pudiéramos hacer un corte instantáneo
y detenernos unos momentos a reflexionar, quizás podríamos
encontrar en nuestro fárrago interno algo más que
las sensaciones que salpican nuestra vivencia cuando los estímulos
caen sobre nuestra sensibilidad como piedras en el agua.
Al retomar su equilibrio, podríamos evaluar lo recibido y seguramente
no podríamos encasillarlo -quizás, no deberíamos- más
que en dos posibles actitudes de respuesta: agradecer lo recibido si satisface
una carencia, o perdonar el daño que nos causan.
Agradecer suena como un recogerse sobre lo recibido, reconocerlo
y relacionarlo con el resto de nuestra experiencia, para ver
dónde encaja, integrándolo.
Perdonar es más activo, ya que implica sobrepasar con
la reflexión el dolor y, frecuentemente, la ira, para
tratar de comprender a quien nos daña, sentir las condiciones
que dispararon su acción, recomponer el paisaje que lo
estimuló y reconocernos como una imagen para quien nos
violenta, que poco o nada tiene que ver con uno sino que no es
más que la lectura que hace de uno desde su situación
de presión interna.
O reconocer -cuando no hay agresión manifiesta- que lo que nos violenta
nada tiene que ver con el agresor, sino con nuestras condiciones internas.
Y siempre se puede agradecer la enseñanza que cada minuto
nos deja.
Estos dos movimientos básicos nos ligan al presente que ya es pasado,
porque la acción que recibimos ya fue. Las sensaciones y consideraciones,
la actividad interna que dispara nos atan a ese paisaje, ya desvanecido.
Si asumimos que la existencia se "mueve" no en el espacio, en dirección
a lo que nos rodea, sino en el tiempo, de un pasado a un futuro siempre abierto
y creciente, podremos ver que integrar el resultado de la acción del
mundo sobre nosotros nos desata y modifica nuestra disposición, la hace
más suelta, más flexible.
Nos libera para el futuro.
Pedir, normalmente se presenta como una necesidad frente a lo
que el mundo nos hace, y pedimos dentro de las condiciones que
el mundo pone, y generalmente no pedimos más que la modificación
de un pequeño aspecto del entorno porque al identificarnos
con el obstáculo perdemos la perspectiva de la situación
general.
Pero no percibimos que lo que actuó sobre nosotros ya no es como actuó,
sino que está cambiando, y que nuestra intención está montada
sobre ese pasado, y más, sobre ese pedacito de pasado.
La acción orientada "por el costado" no puede cambiar las
cosas porque ya son otras distintas de las que tuvimos en cuenta.
La dimensión propia del pedido es el futuro, lo que viene
adelante. Y es el modo propio de actuar sobre nuestra situación,
considerando que su dinámica es permanente, y que eso
sí lo podemos orientar pacientemente, pidiendo que resulte
aquello que queremos.
Néstor Tato - julio 6 de 2000
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