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Cómo surgió la experiencia
Uno es uno. Eso me lo dijeron de mil maneras desde chiquito.
Uno tiene una identidad y es uno solo, no varios.
Sin embargo, ¿cuántas veces, a través de la vida, me encontré en
situaciones en las que no me reconocía?, en que sentía que no
sabía quién era. Y cuántas, sentí ser distinto
a quien soy habitualmente. Y cuántas otras, sentí que soy más
de uno en este único cuerpo.
Todas esas sensaciones inquietantes, recalco, sensaciones, intenta aquietarlas
el runrún de mi raciocinio que repite "yo soy Néstor",
poco más o menos junto con mi fecha de nacimiento, la identidad de mis
padres, mi número de documento de identidad.
Cuando siento que "me pierdo" y no sé cómo llegué a
una situación, ni qué decidir, porque no reconozco las sensaciones
que tengo (si es que puedo discriminar alguna) rebobino las imágenes
de lo que pasó y busco en las sensaciones el "código" que
fue cambiando. En algún momento recupero "aquélla" sensación
que reconozco propia, de mí mismo, relacionada con la sensación
de mi "esencia", y me integro, siento que me recompongo.
A lo largo de más de veinte años se ha ido ampliando y enriqueciendo
mi experiencia y, sobre todo, se me reforzó el criterio práctico:
sólo lo que experimento es útil, lo que no puedo verificar en
mi propia experiencia es mejor dejarlo de lado. Eso no significa invalidar
ideas o conceptos sino, simplemente, dejarlos a un costado hasta que nuevos
elementos me permitan armar las hipótesis que me faciliten, cuando menos,
vincularlos intelectualmente a mi experiencia.
Acuciado por la fuerza compulsiva que tiene lo mecánico en mi comportamiento,
me dediqué a la observación más o menos cotidiana del
funcionamiento de la conciencia, para tentar un sendero que se fue haciendo
más claro con el paso de los años.
La noción del campo energético que tenía a mis veinte
años se pulió un poco más con el concepto del doble y,
en los últimos años, comenzaron a aparecer preguntas sobre ciertos
fenómenos que observaba dentro mío: la curiosa capacidad que
tiene el aire que respiro para llegar, como sensación, hasta mi entrepierna,
siendo que mis pulmones terminan no menos de veinte centímetros más
arriba; la sensación de una masa cálida y hormigueante que ocupa
mi cuerpo al despertar; la sensación de ausencia de esa masa durante
casi todo el día y la sensación de presencia que concomitaba
con ciertos instantes de plenitud atencional; la simultaneidad (¿por
simpatía?) de ciertas sensaciones de relajación que se me daban
en la otra pierna cuando las sentía en una, o en el otro lado del cuerpo
cuando los sentía en uno; y así siguiendo.
Esto del doble o campo energético iba "tomando cuerpo" de
sensación y, más bien, parecía tomar mi cuerpo.
Desde hace unos años estaba interesado en qué cosa habían
escrito los filósofos clásicos sobre la conciencia y en 1994
tuve ocasión de participar de un seminario en la Facultad de Filosofía,
que abarcaba justamente los textos centrales que sobre el tema escribieron
Descartes, Kant, Hegel, Husserl, Sartre y algunos estadounidenses como Ryle
y Davidson.
Un año más tarde hice la monografía pensando en un trabajo
que serviría para explicarme y explicar el porqué de las contradicciones
en las líneas filosóficas históricas. Al tratar de desbrozar
lo que para mí es la confusión kantiana, caí en cuenta
de que Kant se estaba cegando a sí mismo, es como si no quisiera reconocer
el sentido interno y, particularmente, lo que éste mostraba, el alma,
aún cuando la admite como supuesto a lo largo de su obra.
El esfuerzo por comprender su "Crítica de la Razón Pura" me
hizo cotejar entre sí los conceptos centrales de su Estética
Trascendental en sus distintas formulaciones a lo largo del texto y llegué a
un punto en que no era que el sentido interno de Kant le mostraba el alma sino
que yo "veía" mi alma. Y ésta "me tomó" de
a ratos por unos días, y cabalgó sobre mí en el tramo
final de la monografía, con una experiencia durante la cual el tiempo
se distorsionó, estirándose de manera increíble.
La revelación fue choqueante como toda revelación, y el tiempo
de digestión fue largo. Por entonces comencé a escribir en un
intento de desplegar mi experiencia ante tu mirada y ponerla en tus manos latiendo,
que puedas sentirla, si ello es posible.
¿Cómo uniformar la múltiple y variada experiencia interna?¿Cómo
presentarla en su espontaneidad? para que puedas reconocerla...
De inicio escribí todo al modo de un texto teórico, conceptual,
modulando las expresiones para tornarlas vivenciales. Pero no conseguí calidez
y será otro texto, "Para pensar el alma".
Así que tengo que meter las manos en la masa otra vez y me encuentro
con la dificultad de poner en palabras lo inasible. Este problema que no he
resuelto es el del lenguaje. Habitualmente se escribe y se habla sobre el tema
en tercera persona, en abstracto y como si se hablara sobre cosas, sobre objetos
materiales siempre iguales a sí mismos y no de fenómenos tan
cambiantes como los colores del crepúsculo.
De modo que, como esta experiencia fue hecha a medias entre el raciocinio que
iba cotejando y la experiencia viva de observación, queda una mezcla
quizás impura en estilo pero que, creo, testimonia el uso permanente
del intelecto como guía, imprescindible para poder asomarme a fenómenos
que en la experiencia me resultan esquivos.
Así, saco para mí una primera conclusión frente a los
que descartan la aplicación de la función racional en la experiencia
interna, y es que la razón es útil para desmontar los mecanismos
de la ilusión porque la Lógica exige coherencia, y también
la exige la experiencia, por tanto, si bien no podemos inventar la experiencia
con la razón -se puede con la imaginación, pero es falsearla-,
podemos fijar el punto de vista, orientar la mirada en ese tanteo a ciegas
hasta encontrar algo claro que se vaya haciendo intuíble. Porque la
experiencia de lo interno, como lo testimonian los mitos, es engañosa
y hace trampa en defensa de su tesoro, de modo que ante cada obstáculo
el buscador tiene que esforzar la mirada para adecuarla al nuevo paisaje y
con ello se va depurando, generando la condición adecuada para el descubrimiento.
La cuestión de "el yo"
Lo primero que me quedó claro de esa experiencia de revelación
fue que yo no "tengo" alma: soy alma. Y la conciencia
no le es en absoluto ajena, es el hilo conductor, el reaseguro,
la señal de su presencia, puesto de vigía para
otear el horizonte y también de mando, rastreadora de
información en las cuevas de la memoria, laboriosa constructora
de futuro.
Esa experiencia se resumió en el título: yo soy alma, y los temas
se ordenaron como las palabras, porque el primer problema que se me presentó,
el umbral teórico de entrada a mi experiencia interna, fue la pregunta
por "el yo".
Y empecé a comprender de qué manera incide en el pensar el modo
en que uno formula las preguntas, porque la misma pregunta puede estar determinando
la respuesta en un sentido o cerrando posibilidades a la indagación,
al dar por supuestas ciertas premisas.
La pregunta por "el yo"
Hay una pregunta que se formula con frecuencia cuando se trata
este tema ¿qué es el yo? De ese modo ya tengo supuesto
que ese "yo" puede ser, tiene entidad suficiente como
para soportar una pregunta, es algo. Gramaticalmente, al preguntar
de ese modo, por algo que puedo llamar "el yo", al
anteponerle un artículo, lo trato como sustantivo.
Y no es así. Yo es yo, pronombre personal correspondiente a la primera
persona del singular, una mera función gramatical. Si "yo" es
un pronombre personal no puedo convertirlo en sustantivo ("el" yo),
en un concepto que podría soportar una descripción en tercera
persona. Si pretendo eso, estoy confundiendo la función gramatical de "yo" que
es señalar al que habla.
Si calamos más hondo, como función discursiva, "yo" es
una señal que indica "esta-experiencia-que-es-aquí",
pero en tanto señal es neutra y universal, está vacía
de contenido.
Si es una función gramatical, desde ya que no puedo pretender conocerla
del mismo modo que una cosa, en todo caso podré conocerla en tanto función
gramatical y nada más.
"Yo" señala mi experiencia actual
En la vivencia, yo me percibo más bien como un trasfondo
que se manifiesta al enfrentar el mundo, como ubicado detrás
de éste que mira, yo. Y cuando quiero enfrentar ese trasfondo
que llamo "yo" sigue habiendo un "yo" que
lo mira, siento que dirijo la mirada desde algún lugar.
Entonces, al querer aprehenderme, me encuentro dividido en el
acto de observar.
Pero yo no digo que observo a yo, sino "a mí", digo que me
observo.
Al observarme me emplazo frente a mí mismo y percibo distintas manifestaciones
de mi experiencia.
"Yo" no puedo enfrentarme a "yo" como algo unitario. Puedo
percibir algo que reconozco parcialmente como "mi..." (mi recuerdo,
mi sensación, mi imagen de...), como una parte de mi experiencia, pero
nunca puedo observarme a "mí mismo" en mi totalidad sino sólo
una parte de mí mismo.
Siempre que miro descubro una multiplicidad de fenómenos que se ofrece
a mi mirada en el acto de mirar, y sólo puedo aprehender en esa mirada
una parcialidad del paisaje que se constituye en base a esa multiplicidad,
un escorzo que depende del punto de vista que depende de mi posición
espacial como observador.
Al mirar hacia dentro es el mismo fenómeno el que se manifiesta parcialmente
porque varía con el transcurrir, me muestra la faceta del instante,
pero esa parcialidad de manifestación sigue siento múltiple en
su composición.
De modo que "yo" señala esta experiencia que aquí transcurre
en este momento porque, funcionalmente, "yo" es señal que
indica esta mi experiencia, este mi pensar, este mi vivenciar. Y, además,
lo indica en este instante, es señalamiento actual y actualización
constante de la señal, por lo que "yo" es pura actualidad,
una pura función de actualidad que indica la modulación de esta
experiencia en este momento, lo que está en acto y por ello está fuera
de la temporalidad ya que es la estructura posibilitante de la temporalidad,
su soporte.
"Yo" es puro punto de vista
Funcionalmente, desde el punto de vista psicológico puedo
preguntarme por eso que vivencio como "yo", como señal
de ésta mi experiencia y encuentro que "yo" es
referencia permanente y como tal, conciencia.
Cuando digo "yo" estoy siendo conciente mínimamente de mi
presencia y "mi" respuesta al mundo. Tengo una sensación,
además, de esa respuesta y de mi estado interno, que varía según
la situación. Incluso tengo una sensación de mí mismo
que se puede tomar como la sensación "del yo", y varía
como las sensaciones que tengo del mundo: siento distintas cosas de mí,
pero siempre me nombro como "yo" cuando indico el objeto de esas
sensaciones. De modo que "yo" permanezco invariable en el discurso
mientras varío en la sensación. Soy siempre idéntico en
el acto de mencionarme, siempre es el mismo el que me nombra, pero soy siempre
distinto en la vivencia que tengo de mí, me vivo distinto.
De modo que yo soy y existo pero "el" yo no es ni existe separado
de la experiencia que lo habilita como función. En todo caso, "yo" funciona
frente al mundo, en estructura con él porque, en tanto señalamiento
de ésto-que-es-aquí, "yo" es diferencia, lo que me
diferencia del mundo. Necesito decir "yo" para diferenciarme del
mundo.
Así, "yo" es puro punto de vista que se expresa a través
de esa representación lógica vacía de contenido que es
el pronombre personal. "Yo" es pura transparencia y las concepciones "yoístas" le
dieron una opacidad que correspondía al fenómeno que se percibe
a través de "yo", que éste señala, confundiendo
la experiencia de mí con "yo". Pero ¿cómo puede
atribuirse a algo transparente como la mirada, la materialidad o la opacidad
de lo que es mirado?
Mirada externa y mirada interna
En tanto punto de vista, me confundo con mi mirada. A su vez,
por su transparencia estructural mi mirada trasluce el paisaje.
Mirada y paisaje forman una sola estructura en la actualidad
de la vivencia, y cuando miro el mundo, percibo el mundo, no
mi mirada.
Mi mirada se dirige siempre hacia un éso-que-está-ahí,
ya sea percibido o imaginado. Y éso-que-está-ahí se muestra
siempre como exterioridad, veo el afuera de las cosas, de los objetos, no su
interioridad.
Así, espontáneamente, mi mirada es externa en tanto capta lo
externo de lo mirado. Y sea que se dirija hacia afuera del cuerpo o hacia adentro,
hacia el paisaje interno, siempre tiende a algo distinto de mí, el que
observa.
De ese modo, sólo tomo en cuenta la exterioridad de las cosas cuando
considero el mundo, y formulo mis juicios basándome en esa exterioridad.
Es más, por extensión, cuando me considero a mí mismo,
me contemplo exteriormente, como visto desde afuera, me reduzco a exterioridad.
Es claro que, como no puedo verme desde afuera, esa aprehensión es imaginaria,
tomando lo que de mí "percibo" como externo que, en realidad,
configuro en imagen que funciona como percepto ante mi mirada y luego, formulo
conceptos y juicios basados en ella como si fuera algo percibido externamente.
Al ensayar comportamientos imaginariamente, al probar opciones de cómo
querría conducirme en el mundo, me imagino externamente, miro "cómo
me quedarían" las conductas, como si fueran ropajes que me pruebo.
Y la elección de las mismas se basa en parámetros externos, por
comparación con otros, con la exterioridad de los otros, y por comparación
de los aspectos que imagino míos y como si fueran vistos desde afuera.
En base a esa comparación, escojo pautas basadas en esa exterioridad
que imagino con pautas comunes a todos, a quienes me rodean y a mí mismo,
porque la mía la desconozco, y elaboro mis pautas, confecciono mis roles.
Y los pongo en práctica porque creo que ya han sido probados y medidos,
sin considerar que, básicamente, soy interioridad, un continente de
sensaciones que no tienen medida externa sino interna, que se dota de medida
y dimensión a sí mismo.
Por tanto, cuando me pongo esos ropajes externos, invariablemente, si siento,
no los sentiré cómodos. Porque no consideré mi subjetividad,
mi interioridad, mis sensaciones, mis sentimientos, mis emociones, en suma,
mi experiencia interna.
En la mirada externa se produce una traspolación del punto de vista,
que se desplaza desde lo interno que mira hacia un afuera imaginario desde
el que se mira, producida imaginariamente por la configuración de una
perspectiva al modo de la percepción externa.
Ese desplazamiento es posible por la identificación del que mira con
lo mirado, mi experiencia, ya que yo soy este ámbito de experiencia
porque, en tanto "yo", no soy lo que se manifiesta en la experiencia
sino ámbito, y como ámbito posibilito la variación de
las formas en que se manifiesta esta experiencia que soy en tanto soy, como
interioridad.
La consideración de lo que acontece en esa interioridad hace mi mirada
interna, no volcada hacia dentro, sino abarcadora de lo que me pasa internamente
al considerarla integrada con lo que ofrece éso-que-está-ahí percibido
o imaginado, porque la mirada no deja de tenderse hacia más-allá-de-mí-mismo.
La mirada externa no es mirada humana, actual, sino una mirada parcial que
sólo contempla el afuera de lo mirado, y de mí mismo cuando "me" miro,
que en realidad es algo que imagino y vela lo representado en sí. Con
la mirada externa no sólo proyecto mi propia experiencia degradada,
sin volumen, sino que el mundo pierde volumen simultáneamente y constituyo
un paisaje plano, bidimensional por lo general, en el que también está ausente
lo interior, la vivencia como tal y no el mero dato "objetivo" de
la misma.
La mirada externa es, desde el punto de vista de una supuesta normalidad, la
mirada común del mirar, además, la única que existe según
la creencia generalizada.
Fue importante para mí considerar que puede haber otra mirada más
integradora porque, conceptualmente, acepté la posibilidad de un corrimiento
en el punto de vista y, con él, otras posibilidades. Alegóricamente,
esto de "la mirada del mirar" lo asocio con el "vidrio para
mirar", el "looking-glass" a través del cual la Alicia
de Lewis Carroll descubre otro mundo, oculto tras la imagen del espejo, tras
la imagen que configura esta mirada del mirar externo, cuyos datos no puedo
confirmar definitivamente, si bien gozan del "certificado de calidad" que
supone el "pertenecer" a la "realidad", según los
criterios usuales.
"Yo" unifica e identifica
Mirar implica siempre algo distinto de mí que es mirado,
aún puesto por mí, ya sea mediante la imaginación
o el recuerdo. Aún cuando sea una imagen de mí,
parcial, escorzada, es distinta de lo que vivencio como "yo",
el que mira.
Mirar implica siempre, además, el transcurso de mi experiencia, mi actualidad,
este presente que sobrepasa a cada instante toda circunstancia, sosteniéndome
en el tiempo.
Mi identidad no es la continuidad de las características de mi manifestación
en el mundo, como si fuera una piedra, sino, por lo contrario, el cambio permanente
que se da aquí, en la zona de la experiencia. Yo soy yo y permanezco
yo a través de los cambios de mi experiencia y esa inmutabilidad es
la de la unidad de la experiencia que se da aquí en este cuerpo, mientras
mutan sus contenidos durante el transcurso de mi vida.
"Yo" refiere, en última instancia, a este "siendo" que
transcurre entre un nacimiento que ya no recuerdo y una muerte que no puedo imaginar
porque de ella sólo conozco los signos externos de lo cadavérico
pero no las transformaciones internas de la experiencia.
"Yo" da unidad e identidad a una experiencia de transformaciones que
transcurre entre dos umbrales, es el hilo conductor, la ruta conocida entre las
orillas de lo infinito desconocido pero también es orilla para las travesías
de mis mutaciones, es puerto seguro y, también, el ancla que en el cambiante
mar de mi experiencia, me liga al cuerpo, mi permanente referencia en el transcurso,
mi vehículo.
Por eso, de "yo" sólo puedo afirmar, legítimamente,
que soy.
"Soy" es la manifestación del ser
Ya se adivina que cuando se pregunta ¿qué soy
yo? se pregunta por lo que soy, por el "soy" y no por
el "yo". Y del soy no puedo decir mucho, porque está atado
a la actualidad de "yo", no he dejado todavía
de ser algo que ya estoy siendo distinto. No obstante esta dificultad,
puedo tener certeza de que soy.
Alcanzar la evidencia de que soy es un punto de inflexión del que, quizás,
no haya regreso. En tanto no es un estado que se convierta en constante fácilmente,
me incita al retorno, a volver a él, a buscarlo, a querer que sea un
estado permanente. Porque soy quiero ser siempre más, actualizar y aumentar
esa evidencia.
"Soy" es mi vivencia, me manifiesto en mi sentir, mi ser es ser sensible
y "soy" es la manifestación del ser.
Ser es reflejar
Me reconozco como vivencia que se actualiza instante tras instante
en una corriente ininterrumpida de experiencia de la que busco
tener evidencia y el tipo de evidencia al que estoy acostumbrado
es la que me muestra éso-que-está-ahí, conformada
sobre la matriz de lo perceptual, por tanto, externa. Y no es ésa
la matriz que necesito para reconocerme.
Así como mi mirada y "yo", el que la orienta, desaparecemos
en la vivencia frente al mundo por el desdibujamiento de las sensaciones que
nos corresponden, producido por el encandilamiento ante la intensidad de las
sensaciones del mundo, yo mismo permanezco arrinconado en las sombras sin poder
percibirme ante tanto barullo. Y en ese estado vivo casi constantemente.
La imposición del mundo con sus exigencias, el estar solicitado para
responder a cada momento, invade todo mi paisaje y me anonada, y en ese anonadamiento
transcurre mi vida en un "siendo" que más es "siendo-el-mundo" que "siendo-yo-mismo".
Ese anonadamiento se hace patente en la búsqueda de autenticidad que
nos acucia, en particular, en esta época de obnubilación constante.
Vivo tomado por el mundo al punto que no actúo yo sino que es él
quien me actúa al tener que responder instante tras instante a los problemas
que plantea, con sus propuestas de placer que se truecan invariablemente en
dolor para volver a la ilusión del placer que se convertirá en
desilusión y así siguiendo, mientras el cuerpo aguante. En ese
estado vivo sintiendo que no tengo "espacio" para mí. Y eso
es así por la misma función que cumplo siendo, que es la de reflejar
el mundo.
Mi conciencia re-presenta el mundo, reflejándolo, pero no me doy cuenta
de que lo represento, para mí el mundo está ahí, no es
en mi representación. Así, él goza de todo el poder y
me encandila, me succiona y atrapa con sus formas ilusorias, forjadas en mi
conciencia. Porque mis ojos no ven, ni mis oídos oyen, mis sentidos
no sienten sino que es mi conciencia la que monta la percepción a partir
de la materia prima que aportan los sentidos. Es como si estuviera encerrado
en una caja negra con espejos intermedios y lo que recibo es el reflejo de
un reflejo, lo que mi conciencia configura con lo que los sentidos transmiten.
Por tanto, el mundo es un reflejo, todo es reflejo. Pero yo no me doy cuenta
de que lo es, no apercibo que las cosas no son como se presentan sino como
las configura mi conciencia, como se manifiestan en mi siendo.
El reflejo es lo ilusorio
Este punto es básico y se me hace imposible soslayar
el empleo del intelecto para salvar este escollo que sólo
puede superarse en una larga experiencia de observación
del trabajo de la conciencia. Aceptar en este punto que todo
es reflejo en mí y que nada es como es sino como yo lo
configuro, introduce una cuña entre el mundo y yo mismo
que permite diferenciar mi actividad y comprender, simultáneamente,
cómo "es" el mundo, destacando lo ajena que
vivencio mi representación, el reflejar, por estar impresionado
por su contenido, el reflejo, y, al mismo tiempo, lo ajeno que
es el reflejo, lo representado, respecto del objeto que refleja.
Relativizar el mundo que vivo no implica aislarme y negar la existencia del
mundo ahí afuera, sino que es integrar la noción clara de que
el mundo es como yo lo veo y, por tanto, que es posible verlo de otra manera,
volver a descubrirlo. Porque el mundo se configura en mí activamente,
la actividad de mi conciencia lo configura y transforma, aún cuando
pretenda ser fiel reflejo.
La noción de reflejo me permite rasgar el velo ilusorio que genera un
lenguaje que privilegia el emplazamiento del mundo, considerando el mío
propio en función de él y no ante mí mismo.
Estas sensaciones que tengo del mundo son impulsos que se traducen a imágenes
por la actividad de la conciencia, e integran mi percepción, pero también
son imágenes las que configuran mi visión del futuro, y también
los recuerdos, de modo que tanto la sensación como la imaginación
y el recuerdo, son imágenes. Y no sólo las del mundo, sino que,
llevado por esa mirada externa, configuro de mí mismo una imagen, la
imagen de mí, que también es un reflejo conformado por aquello
que imagino de mí como visto de afuera y lo que imagino de lo que los
demás dicen de mí, y lo que imagino que los demás piensan
y no me dicen. Y tomo esa imagen de mí, externa e ilusoria, como "mi
yo", como el fiel reflejo de mí mismo, y es ella la que estructura
mi comportamiento, es mi monitor de control.
De modo que en ese nivel de existencia, no soy más que un reflejo entre
reflejos.
El anonadamiento del ser
Mi conciencia ya es en la confusión de la vivencia onírica,
y eso lo verifico espontáneamente cuando me doy cuenta
de que estoy soñando.
La diferenciación del paisaje como interno y externo es propio de la
vigilia, si bien sigo "pegado" al paisaje externo como durante el
sueño lo estuve al interno. Mi conciencia releva los datos durante la
vigilia ordinaria sin darse cuenta de su propia actividad.
En ese estado de anonadamiento, mi conciencia funciona mecánicamente,
irreflexivamente, sin darse cuenta de sí, y el umbral interno permanece
oculto. El mundo interno no es más que una vaga sensación del
intracuerpo y la presencia del ensueño me encandila mediante la fascinación,
opacando la sensación de mí con los estados de ánimo que
provoca.
Me doy cuenta de los objetos que pueblan el paisaje externo, respondo a los
estímulos sin dilación, planeo, calculo, me vuelco vorazmente
sobre el mundo, me muevo en él. A veces caigo en un semisueño
fantasioso, casi siempre estoy envuelto en mis consideraciones internas, mis
pensamientos, mis estados de ánimo, que son provocados por el mundo,
son "de él". Esas cosas no las reconozco como mías.
En ese estado soy un mero reflejo. Cuando trato de "conocerme", miro
hacia adentro, buscándome, pero esa introspección me sume en
un laberinto de espejos que multiplican mi reflejo, ganan en volumen y profundidad
y sus imágenes cobran vida, me veo inmerso en el mundo de mis ensueños,
más "reales" o más fantasiosos según sus contenidos,
pero ensueños al fin. Y soy presa de los sentimientos y estados de ánimo
que me producen, del mismo modo que cuando estoy frente a los estímulos
externos.
Siempre que el objeto se me emplaza por delante, sin mediación alguna,
ya sea externo o interno, me identifico, me pierdo en él y soy presa
de las vivencias que el objeto despierta en mí.
La conciencia emocionada me arroja al mundo o me paraliza, pero siempre bloquea
la posibilidad de reflexión y de control del cuerpo, no puedo evitar
sus reacciones.
La búsqueda paradojal
La búsqueda de mí está regida por un movimiento
paradojal: cuando quiero aprehenderme, me pierdo, y sólo
en la aprehensión de lo distinto de mí, me encuentro.
Cuando quiero mirarme, no hago más que imaginarme y pierdo la sensación
de mí en las sensaciones que suscita esa imagen de mí. Pierdo
la sensación de mí como sensación, con lo que pierdo la
sensación del siendo, que es mí mismo.
Cuando quiero ir hacia adentro termino contemplando un afuera real o imaginario
que, en todo caso, siempre me deja una perspectiva escorzada de mi experiencia.
Nunca una mirada global actual.
Y no puede ser de otra manera porque la mirada, ya sea perceptual o introspectiva,
es siempre parcial, escorzada, esclava de un punto de vista.
Aquéllo que intento aprehender es "el mí mismo", busco
mirar al que mira en el acto de mirar. Y sé que eso no puede ser porque
no puedo mirarme como totalidad. Pero puedo sentir al que mira durante el mirar,
diferenciarlo de lo mirado y caer en cuenta que el que es no es lo mirado e,
incluso, que lo mirado es porque es mirado.
Y en esa demarcación interna del ámbito de experiencia, fortalezco
la sensación de mi siendo y, a través de su reiteración
y permanencia, alcanzo la certeza de ser. Miremos entonces.
El hilo de Ariadna: la sensación interna
Mi mirada es la conciencia. Mi mirada del mirar, del darme cuenta
que veo, del darle dirección a mi visión. Mediante
ella relevo el mundo distintamente, porque antes de mirar elijo
qué mirar y cómo.
A través de la mirada puedo darme cuenta, además, que miro, que
dirijo mi mirada. Entonces distingo profundidades en el emplazamiento del punto
de vista: puedo ver, puedo mirar lo que veo y puedo "ver" mi mirada,
aunque contadas veces, porque su transparencia no puede filtrar el encandilamiento
del mundo y me pierdo en él, en las imágenes que plantea y las
sensaciones que provoca.
Porque mi modo de siendo es reflejando. Normalmente estoy absorto en la observación
de lo reflejado, desapercibo el reflejar como tal. Pero puedo atender el reflejar,
lo puedo observar, y eso es posible si atiendo poco a poco a sensaciones menos
claras que se dan en la profundidad de mi experiencia, las sensaciones de mi
intracuerpo. Allí siento que siento. Allí siento las sensaciones
que tengo frente a lo percibido, lo imaginado, o lo recordado.
Es un corrimiento del punto de vista, no atiendo a lo que veo en el mundo,
no focalizo la mirada en el mundo sino que desenfoco y atiendo a la copresencia
de mí mismo, a la actividad interna que desde dentro del cuerpo sirve
de trasfondo al mundo, atiendo al "aquí detrás" de
la mirada sin dejar de orientarla hacia el mundo, sólo que desenfocada,
sin prestarle atención.
Al principio surgen claramente las sensaciones del mundo y luego, una vaga
y difusa sensación generalizada de todo el interior del cuerpo que sirve
de trasfondo a las sensaciones de y a los sentimientos por el mundo. Y que
está en estrecha relación con todos esos fenómenos porque
desde esa sensación generalizada siento que siento, siento lo que siento
por todo-lo-que-es-ahí, lo que se ofrece a mi mirada, no sólo
el mundo sino también mis ensueños, mis recuerdos y futurizaciones.
Y en esa sensación generalizada puedo dejarme hundir, puedo aguzar mi
sensación interna y percibir cómo esa masa cenestésica
intensifica su calidez y me acoge con una sensación de unificación
que calma mi ansiedad y me aquieta.
Discriminar entre imagen y sensación
En ese estado puedo reconocer cómo desde allí surgen
las imágenes y las sensaciones. Y me pregunto entonces
qué es y me respondo con certeza de intelectual informado
que es la sensación cenestésica, la sensación
del intracuerpo. Pero aquí no puedo diferenciar el reflejar
de lo reflejado, porque en tanto lo que siento es actividad sensorial
tendría que ser un reflejar también. Aquí siento
que esa sensación es el reflejar, que es algo que puede
ser sentido pero que, a su vez, me informa del interior del cuerpo,
o sea que siente por sí al cuerpo, o en todo caso, es
algo que sienten los receptores internos del cuerpo. Sea como
sea, es algo que siento que es, y en ese estado de identificación
con eso que es, siento que siento y en ese sentir profundo siento
lo más auténtico de mí mismo.
Llegar a ese estado implica un lavado paciente de lo imaginado en el imaginar,
de lo recordado en el recuerdo, una constante separación de la imagen
y la sensación, tomando la sensación como hilo conductor, porque
la imagen es siempre reflejo y, por tanto, percibo lo que aparece reflejado
pero que no es, mientras la sensación, en tanto sensación y no
lo sentido, me conduce directamente al siendo-yo-mismo.
Ese lavado es un paciente tomar conciencia de cada imagen, desenfocarla ampliando
la visión al campo de copresencia en que se manifiesta lo interno, buscar
en él la sensación y reconocerla, dejando deslizar la atención
por ella, haciendo pie en el registro claro y distinto que me ofrece en ese
laberinto especular que es mi "mundo interno", mientras acostumbro
la mirada a esa penumbra en la que busco la fuente que da señal de esa
sensación, porque si la siento es que algo la percibe, y así,
con la ayuda de mi entendimiento, alumbro el sentir interno de las sensaciones
de lo externo, discriminando en esas profundidades lo que siente de lo que
es sentido, separando nuevamente la imagen de la sensación, el reflejo
del reflejar.
Así, desde ese sentir que siento puedo comprender la estructura unitaria
de la percepción: las imágenes que se me presentan por un lado
como el mundo y las sensaciones que por este adentro se manifiestan, son una
estructura, porque ambas se dan adentro, porque ambas se constituyen en la
conciencia, porque son dos aspectos del mismo fenómeno de fricción
con el mundo: así como el espín con que se alegoriza la partícula
elemental de la materia se manifiesta alternadamente como luz y como energía,
mi siendo se manifiesta como imagen y como sensación. Aquélla,
reflejo del eso-que-está-ahí y orienta la aplicación de
mi energía, y ésta, señal del esto-que-siento-aquí y
se manifiesta a través de ella.
En un trayecto dominado por encandilamientos y oscuridades, por sombras y claroscuros
imaginarios, al alcanzar la sensación que siente, se hace clara y distinta
la calidez y la luminosidad, la quietud en la actividad y la sensación
de integración. A todo.
La presencia del alma
Si percibo en mi adentro movimientos que no son corporales ni
pueden ser sensaciones, porque las sensaciones no se mueven,
y si mi atención puede llevar la sensación interna
de un punto a otro del cuerpo, es que hay algo que estoy sintiendo
en eso que siento, algo que no es sensación sino algo
sentido, algo que siento. Y eso que siento a veces está,
otras no. Pero no me cabe duda de que es.
Ese algo es energético, dinámico, variable, escurridizo, maleable,
frágil y a la vez fuerte, pero siempre vuelve, y, por fin, luminoso,
porque cuando aumenta su presencia aumenta la claridad interna.
Ese algo es mi núcleo, lo más tierno y profundo que puedo encontrar
en mí mismo, lo más permanente y fiel cuando soy fiel y coherente
conmigo.
Esto que he alcanzado aquí en lo más íntimo de mí mismo ¿qué otra
cosa puede ser que lo que clásicamente se ha llamado alma? Esta masa
de energía dúctil, que se escapa tras las imágenes que
incesantemente brotan de mi siendo, me hace recordar al Sol y sus reverberaciones,
las explosiones superficiales que irradian su energía. Sólo que, "asiendo" la
imagen, puedo traer de vuelta esa energía hacia mí, meterla dentro
de los límites del cuerpo, llevarla a lo hondo de mi corazón
y sentir cómo se integra, preservando mi integridad.
Ahí en el fondo, que es aquí en lo más íntimo,
tímidamente, suave y cálidamente puedo registrar, como de reojo,
al alma, lo más profundo y permanente de mí mismo en toda su
desnudez, pero también en toda su potencia, siempre distinto en su manifestación
e idéntico a sí mismo en su registro.
Si sirve para algo, no lo sé todavía. Sólo sé que
se parece a aquéllo que llaman en la mística hermética "el
Yo profundo", que su sensibilidad me da referencia de mi camino en el
mundo y su concepción me ha servido para dar coherencia a mi visión
del mundo.
He sentido y siento el alma, las más de las veces, temerosa de este "yo" que
la busca y la ausculta, hasta que alguna rara vez, sin darme cuenta, ya no
soy yo el habitual y me toman vivencias de nuevas estructuraciones del mismo
paisaje, de nuevas dimensiones de lo Real, haciéndome saber que ella
es dueña y Señora de eso que llamamos Realidad.
Así aprendí que mientras yo crea que la Realidad es la dueña
y señora de mi existencia, que lo externo gobierna lo interno, que hay
urgencias y prioridades mundanas, el alma me dejará obrar según
mi creencia y permanecerá en su retiro, esperando su momento.
El anhelo de mundo
En la búsqueda de sí el alma encuentra el mundo
y en la búsqueda del mundo se aprehende a sí misma,
y en este ir y venir paradojal va tejiendo la trama de la realidad
con el hilo de las visiones que orientan la acción y se
anuda en las creencias.
Por eso, ésto que puede hacerse evidente en la descripción racionalmente
organizada, difícilmente sea rápidamente aplicable a la observación
de sí, porque no se trata de un mapa conceptual que permita ubicar fenómenos
internos sino, más bien, es una suerte de carta meteorológica
que me permite ir reconociendo los cambios en el devenir de la repetición
de los fenómenos internos para ir, poco a poco, haciéndome perito
en esas nuevas realidades que se me ofrecen, ese juego de espejos en el que
estoy encerrado normalmente.
En lo cotidiano, ésto no es tan manifiesto porque me manejo volcado
al mundo durante largos períodos, a veces semanas o meses. Y sólo
de vez en cuando recaigo en buscar sosiego en mi mundo interno.
El punto de contacto entre el alma y el mundo soy yo. Porque ella es la pura
materialidad, la energía en estado puro, a merced de las formas que
imprime mi conciencia a través de las vivencias.
Además, el alma es mundo.
Asumiendo que ser es sentir y, adecuado a este contexto, siendo es sintiendo,
el mundo es el "sentido" primario de la vida en tanto es lo sentido,
lo que brinda sensación y por ello orienta, atrae, succiona al "siendo",
llenándolo de paisaje estimulante por doquier, "rodeándolo" de
imágenes, completándolo, porque el "siendo" es anhelo
de mundo.
La ilusión de quietud
La visión del mundo estructura mi experiencia y, en particular,
los límites dentro de los cuales se despliega. No porque
imponga vallas más allá de las cuales no puedo
pasar, sino porque el paisaje que veo más allá no
es atractivo, o tengo resistencia a transgredirlas o simplemente
no veo nada más allá. Por tanto, la experiencia
circula por los carriles conocidos del esquema mecánico
de respuesta al estímulo con algún agregado casi
ornamental de racionalidad como para justificar que soy humano.
Como si lo racional fuera lo que nos distingue.
Esa falsa racionalidad estructura el mundo y la vida de un modo estático
tomando lo humano como algo dado y acabado y no como un proceso que está en
desarrollo y tiene que desarrollarse aún más. Así, la
especulación me ilusiona con la posibilidad de un equilibrio vital estable,
casi una quietud que sería deseable alcanzar, mientras la Vida, por
lo contrario, evidencia con todas sus manifestaciones que, si algo la caracteriza,
es el cambio y la inestabilidad.
La ilusión de un orden universal, del universo cerrado y mecánicamente
estático del teísmo, saltó en pedazos y, sin embargo,
el imaginario colectivo conserva esa tendencia inercial a la consecución
de la estabilidad, por lo que esa ilusión parece muy cara a la conciencia.
Mi conciencia no tiende espontáneamente a la reflexión, hacia
sí misma, sino por lo contrario, tiende a completarse con el mundo,
busca incesantemente un objeto que la complete, sin hallarlo nunca, salvo por
el instante en que creo haberlo logrado.
No se busca a sí misma porque ella, el sí mismo, lo interno,
aparenta ser nada frente a la plenitud que ofrece el mundo que, paradojalmente,
no es más que apariencia, espejismo de colores.
Lo único permanente y verdadero, inmutable, es el cambio incesante y
multiforme del siendo-uno-mismo. Pero la visión de ese cambio no seduce,
por tanto busco esa ilusión que ofrece completarme, allí afuera,
fuera de mí, en ese espacio que ofrece por delante, ya sea fuera del
cuerpo o en el espacio imaginario, sin percatarme de que, en tanto reflejos
ilusorios que son y, por tanto, fenómenos de conciencia, sirven a un
movimiento legítimo de la conciencia que termina divertido por confusión:
busco completarme en el objeto sobre el que proyecto la sensación de
mí, creyendo que es el portador de esa sensación, y se aleja
indefectiblemente cuando creo que voy a saciarme durante el instante en que
lo aprehendo porque la sensación siempre va por delante, proyectada
en los objetos del mundo.
Así se determina una visión focalizada de mi conciencia, limitada
aún dentro del escorzo, que es lo propio del punto de vista, en la que
pierdo el paisaje y se facilita la proyección de mi sensación
sobre el foco, mientras el movimiento inverso (desenfocar) me devuelve a mí mismo,
recuperando la conciencia y la visión integral.
Al captar este movimiento descubro cómo recuperarme cada vez y, de ese
modo, lo reflejado se convierte en ocasión de mi encuentro y no de mi
pérdida de mí.
Conclusiones
Esta fenómenica que describo de ningún modo se
da espontáneamente en la experiencia cotidiana. Fuí des-arrollando
una mirada que modificó paulatina y progresivamente las
creencias que estructuran mi emplazamiento en el mundo, y va
configurando una nueva visión del mismo, de la que puedo
adelantar algunas pautas:
1) La experiencia externa se configura desde la piel, desde el límite
de mi cuerpo; la de lo interno, corriendo el punto de vista hacia dentro, como
hacia el centro de la cabeza, para poder abarcar la fenoménica interna,
las manifestaciones del alma. En el primer caso el mundo es lo mirado, en el
segundo, el alma. La mirada se dirige en el primer caso hacia fuera, en el
segundo, hacia dentro. Por fin, el punto de vista tiende a emplazarse como
dentro de eso que siento alma, desde lo profundo de mí mismo, mirando
nuevamente hacia fuera, un afuera que no necesariamente coincide con el afuera
del cuerpo. Y si mundo es éso-que-está-ahí para mi mirada,
atisbé los límites de un mundo que todavía es opaco para
mí.
2) La díada alma-mundo es curiosa: el mundo es referencia para el alma,
y el alma tiene la posibilidad de ser conciencia, lo que se da a través
de su capacidad de reflexión, mediante la que el alma se aprehende a
sí misma a través del mundo siguiendo el hilo conductor de la
sensibilidad. Eso se percibe desde adentro. A su vez, el alma es la posibilidad
del mundo de tener conciencia, la capacidad que el mundo tiene de captarse
a sí, a través de las conciencias.
3) Aquí se vislumbra otro nivel: por aquel lado, el mundo externo, por éste,
la conciencia del siendo. Pero si sumo la pluralidad de conciencias y las miro
(pienso) como emplazadas en el paisaje externo, la simultaneidad de esos actos
de conciencia produce un corte radical en el paisaje porque ese "acto
del mundo" que es la conciencia humana, lo es ahora, no sólo en
mi conciencia sino en una inmensa pluralidad de conciencias que atravesamos
la dimensión externa (el plano del mundo) con una interioridad simultánea
que sobreimprime en ese plano una nueva dimensión de realidad, incorporándose
a ella como un dato que sólo puede ser inferido, porque no puede aprehenderse
perceptualmente en vigilia.
4) Esta mi conciencia de ser yo, ahora en este instante, tiene como fuerte
determinación perceptual el aquí, el lugar en que transcurro
y la existencia de otras vivencias del aquí y ahora, de otras conciencias
actuales en este instante, aún cuando esta circunstancia me resulte
un dato remoto, irreal en tanto "pensado". Sin embargo, lo cierto
es que esta dimensión de aparente concretitud, esta realidad externa
de la que creemos depender está siendo horadada permanentemente por
una actualidad interna, encerrada sobre sí por el anonadamiento que
le produce la materialidad, a la que va transformando de manera confusa para
poder permanecer.
5) Esa actualidad diversa, esa multiplicidad de conciencias cerradas sobre
sí vivenciando este instante simultáneamente, constituye la realidad.
En este instante hay miles de millones de conciencias como la mía vivenciando.
Este momento, en la serie temporal que podemos imaginar, está siendo
vivido por esa multiplicidad de conciencias que todavía no es una multiplicidad
conciente ya que a través de esa conciencia de multiplicidad superarían
la multiplicidad para convertirse en unidad actuante.
6) La simultaneidad múltiple o la multiplicidad simultánea de
la vivencia del instante, de este instante, nos habla de la unidad de un ahora
que transcurre no ya en un plano abstracto, sino en el muy concreto fluir de
la existencia humana;
7) La unidad de esa actualidad nos remite a la vieja idea parmenídea
de la inmutabilidad del ser: si este momento no es mi momento, sino el momento
del que participo con la multiplicidad de las conciencias que lo actualizan,
no es el ser el que transcurre como movimiento y cambio sino el mundo el que
pasa, mientras el ser permanece, actualizándolo como paisaje. Tomado
el ser como unidad subyacente a la multiplicidad de las conciencias, pese a
que éstas se renueven en la superficie de contacto con el mundo (los
cuerpos), el ser continuaría permaneciendo a través de esa renovación;
8) Pero es preciso hacer justicia a Heráclito, aceptando que ese mismo
ser que reconocemos en la multiplicidad conciente es un ser histórico
o sea que, no sólo cambia en su manifestación material (corporal)
sino que se modifica también cualitativamente: deviene más y
mejor ser a través de la conciencia de sí, crece en organización
o complejidad interna.
9) Por fin, tengamos en cuenta que esa multiplicidad, que por ahora lo es de
conciencias cerradas sobre sí, corresponde a la multiplicidad de almas.
Si aceptamos que el alma es un campo energético y a esa cerrazón
de conciencia le corresponde una obturación de supuestos canales de
comunicación entre las almas ¿qué podría llegar
a suceder si esos canales se destapan? En principio, no podemos vislumbrar
mucho más que la unidad de las almas que, seguramente, produciría
un salto radical cualitativo en las variables macro de nuestra existencia:
lo interno sería externo manifiestamente, la realidad se generaría
a sí misma y fluiría del adentro al afuera y viceversa y, muy
probablemente cambiaría también el paisaje porque ya no habría
puntos de vista enquistados en un enfrentamiento feroz, sino un fluir de perspectivas
según el emplazamiento del punto de vista, y no sólo cambiaría
el paisaje por la perspectiva sino porque el mismo paisaje sería mirada;
lo externo sería interioridad manifiesta; y esa liberación energética
con el fluir consiguiente por los carriles conductores de un nuevo circuito
que sería ámbito mayor manifiesto, reforzado por la centreidad
global integrada por los centros individuales, seguramente produciría
un cambio ambiental radical, ya que todo es energía.
El adentro del Universo
Sin fuegos de artificio, fantasmagorías o paranormalidades, ésta
fue mi revelación, que hasta aquí cuento. Resulta
volátil y difusa, sin nada demasiado llamativo. No tuve
experiencias que me resulten anormales. No me evadí de
esta nuestra dimensión cotidiana, aunque siento que por
ahí donde llegué, hay un borde.
No puedo darle más relevancia que la de haber encontrado y consolidado
un concepto que tenía descartado y se potenció con la experiencia.
Y me resulta importante porque los conceptos, cuando tienen fundamento de experiencia,
estructuran vivencias y fundan marcos de comportamiento, dan dirección
a la vida. Y siento que mi rumbo se definió.
A veces me siento aterrado como quien se aferra al marco de la puerta de un
avión, abierta en pleno vuelo, mientras se asoma al vértigo.
Aquí ya tengo que discriminar la experiencia interna como experiencia
de lo interno, de la experiencia interna propiamente dicha. Esta experiencia
que relaté fue de lo interno. Llegué hasta lo interno, delimité un ámbito
y atisbé una presencia. Rocé su superficie y tenté hundirme
en ella, no por mucho tiempo. Hay más todavía. Siento haber llegado
al umbral de la experiencia interna, la experiencia del alma.
Rozar la superficie de lo profundo de mí salvó la distancia del
observador y sentí observar desde lo profundo, sin diferenciarme de
mí. Simplemente era yo que miraba, no yo que sé que estoy mirando.
Simplemente era un puro acto en ese instante y no había futuro, ni pasado.
El horizonte se abría ante mi mirada desprendido de la memoria, pura
mirada del instante, mi esencia, y las imágenes que brotaban de mí no
eran más que las estructuras de situación que me recibían
luego, en el nuevo instante, a esta vida que soy y avanza incontenible hacia
su propia multiplicación, hacia su incesante ser- más-vida.
Esta revelación me aportó un concepto, para algunos una mera
experiencia intelectual que quizás no sirva para nada, simplemente es
una utopía a la que llegué partiendo de algo aparentemente inútil,
el concepto de alma.
A menos que nos decidamos a tentar la experiencia, partiendo de la certeza
de que la vida siempre produjo más vida.
En esta caja negra de mi conciencia cuyas paredes se llenan con el brillo de
los reflejos, el volumen interno de ese espacio aparentemente vacío
está lleno de sensación, de referencia de la presencia de algo
que, en tanto captado por los sentidos, filosóficamente no puede ser
más que materia, si bien la percibo como energía, como nada concreto,
y esa energía se abre, en tanto energía, al espacio abierto del
Universo.
Esta mi energía interna que, unificada más allá de su
apariencia fenoménica, conceptualizo y denomino alma, es parte de la
energía universal que viene procesando desde el inicio del tiempo, mutando
su forma, concentrándose y expandiéndose, generando estadios
cada vez más complejos de organización.
Este alma que descubro en este mi adentro, en la infinitésima parte
que le corresponde es el adentro del Universo que se despliega en este instante.
Agosto 1996 a diciembre 1997
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