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OCTUBRE DE 2000
INTRODUCCIÓN
La conducta ética como función social
La crisis se instaló en nuestro mundo y no parece que tenga intenciones
de abandonarnos, ni siquiera en un mediano plazo. Está claro que ya
no se trata de nuestra crisis nacional "de desarrollo" sino que se
ha montado sobre el proceso de mundialización (no la globalización
de mercados, que es la extensión territorial del dominio de intereses
regionales) que podrá generar un mundo unificado, como síntesis
de la integración de las culturas regionales. Fuera de este contexto,
difícilmente pueda tener vigencia lo que se diga en estos días.
De acuerdo con lo ocurrido en los últimos años, nada parece más
propio de la crisis que la cuestión ética, por contraste con
lo que se observa. Después de las grandes luchas ideológicas,
los detentadores del poder demostraron en la práctica que, antes que
nada, anteponen sus intereses personales y favorecen esa posición para
los que los secundan (y, lamentablemente, no sólo a los cercanos), sin
importar las consecuencias para la mayoría de la población, como
ocurrió durante la última década en nuestro país.
También es evidente que en nuestra época se da una ¿desestabilización,
revolución, quiebra, refundación? institucional: las instituciones
son desbordadas por los acontecimientos o bien, éstos son abandonados
por las instituciones; se las regula (o no se las revisa) sin atender a la
realidad social o a su dinámica. En términos generales, las funciones
institucionales son ejercidas desde una visión que no condice con su
finalidad, parcializada en beneficio de intereses personales o sectoriales.
Tomando las instituciones como funciones sociales, si las conductas institucionales
se divorcian de su función, sólo pueden producir la quiebra del
sistema, por un "efecto Torre de Babel".
De modo que nuestra actividad cotidiana no podemos tomarla fuera de contexto
para considerar el tema ético porque, aunque perceptualmente nos vemos
cotidianamente anexados a situaciones particulares aparentemente irrelevantes
para el conjunto, la consideración de esa miríada de situaciones
personales como una sola nos pone en presencia de una función social.
Así, desde un punto de vista sistémico, ya no será tan
irrelevante lo que cada uno de nosotros haga.
Más acá de las distintas concepciones de lo ético, ethos
es conducta y ésta es relevante en tanto el momento en que se despliega
es el sistema social en vivo, es el punto en que se genera y regenera el sistema,
instante tras instante.
La necesidad de una ética sabrosa
La Ética es un tema que ubicamos habitualmente en una región
ideal, ajena a nuestra realidad -aparentemente. Algo así como una utopía
-y, por eso, imposible de poner en práctica- cuyas premisas suelen aparecer
como divorciadas de la realidad que imponen los intereses en juego.
Espontáneamente, la Ètica se toma como un imperativo categórico,
una máxima racional que, en definitiva, debe cumplirse porque sí,
dado que la fundamentación depende de un razonamiento. Por eso, propongo
reflexionar sobre la necesidad y posibilidad de la conducta ética, apuntando
a bosquejar algunas notas que apuntan a una visión funcional de la Ética,
a partir de la comprensión de nuestra conducta como una función
social.
Las éticas adscriben indefectiblemente, como todo producto cultural,
a una determinada visión del mundo. Ésta, cuando se funda en
el tan mentado "realismo" o "pragmatismo" de hoy, "espíritu
práctico" de otros tiempos, descarta todo intento de orientar la
conducta como no sea por la conveniencia situacional. Por esto, entiendo que
es imprescindible ofrecer una visión del mundo y, a través de
ella, exponer una conclusión sobre la necesidad de una Ética.
El conflicto ético se enraíza en nuestra visión del mundo,
la espontánea, que es la que normalmente rige la conducta de los seres
humanos, formada perceptualmente sobre un marco teórico aprendido y
no concebido, no hecho propio, no hecho "carne", no sentido, y casi
sobre el molde de una conducta refleja: tal cosa siento que necesito y me lanzo
a conseguirla.
Frente a este modelo conductual se alza el modelo ético proponiendo
una conducta normalmente tasada y cuya formulación es racionalista,
limitada a conceptos fríos sin ofrecer demasiada posibilidad de mediación
que les permita arraigar en la sensibilidad.
Teóricamente, la Ética aparece divorciada de la Estética,
en tanto aquélla prescinde de la sensibilidad priorizando la visión
del deber ser, mientras ésta atiende a lo sensible como finalidad exclusiva.
En este divorcio radica el problema de la práctica ética porque,
por lo general, contradice las sensaciones que genera la apetencia, que es
la que impone la conducta a seguir buscando la satisfacción de la sensibilidad.
Así, se contraponen dos visiones del mundo: la que impone las limitaciones
al hacer, "retaceando" objetos a nuestra apetencia, y la que impone ésta,
que quiere lanzarse sobre esos objetos sin atender a las consecuencias de nuestra
conducta.
Pero lo que suele dejarse de lado es que la vivencia de lo ético produce
un goce, tiene un gusto peculiar que refiere a sí mismo y deja una huella
que se busca repetir, por gusto simplemente, del mismo modo que sucede con
la apetencia.
De ese modo, lo ético coimplica lo estético. Y sólo desde
ese punto de apoyo, lo ético puede dar coherencia a la dispersión
conductual de nuestros días.
Porque sólo el gusto por lo ético, que se muestra creciente en
la repetición y funda la permanencia, puede superar el gusto por los
objetos mundanos, que se gasta en la repetición, exigiendo la variación
según los dictados de la mutable apetencia.
Más acá de las definiciones y clasificaciones conocidas, entiendo
por Ética el arte del comportamiento adecuado. Esto no refiere sólo
a la adecuación a las prescripciones, sino que, principalmente, debe
adecuarse a uno mismo (que es más que la personalidad, ya que implica
un proyecto de vida). En cada uno, en sí mismo, hay una actitud que
corresponde a lo ético y le sirve de sustento, porque está en
armonía con la totalidad a la que pertenecemos, que es a lo que sirve
lo ético.
Por eso, creo necesario descargar lo ético del peso moral, de la obligación
de conducirse según la mirada de los otros, ubicando las necesidades
ajenas donde corresponde: en el funcionamiento del sistema que nos abarca.
De ese modo lo ético se emplaza donde le es propio: en uno mismo, en
el campo del propio desarrollo humano.
Liberado del peso de la mirada del otro y enfrentando sólo las consecuencias
que la propia acción tiene para uno mismo, las cosas se ponen en su
punto: actuar éticamente no es cuidarme de las respuestas negativas
inmediatas por parte de otros sino anticiparme a las condiciones negativas
que puedo enfrentar en el futuro, generadas por mi propia acción. Porque
lo ético tutela el futuro.
Lo humano es, tan sólo, un anhelo de futuro, y su existencia busca desplegarse
en el mundo con libertad. Claro que, en su tarea de búsqueda de recursos
para su desarrollo, se generan conflictos de intereses que obstan a ese despliegue.
Ese peculiar momento de lo interpersonal es parte del campo ético, así como
la prevención de esos conflictos. De modo que, comprendiendo la función
de nuestra conducta en relación al sistema que nos contiene, y asumiendo
la necesidad de una conducta ética, podemos convertirnos en artífices
de la concreción de esa libertad (en mayor medida de lo que creemos),
no sólo para nosotros, sino para los otros y, por tanto, de la construcción
del mundo.
De ahí que entiendo necesario destacar la conducta como función
social.
La Ética misma no es más que la expresión de la necesidad
de cuidar la totalidad a la que pertenecemos como seres vivos, y nuestra conducta
es el momento de actualización de ese cuidado.
Lo ético es conciencia y, por tanto, una mirada que implica una visión
del mundo. Y, si bien existen distintas visiones del mundo, expondré una
a partir de los datos de la ciencia, que nos permita hacer converger las miradas
en puntos comunes para sustentar un modelo que sirva a la descripción
de nuestra conducta como función social.
Pero lo ético es conciencia aún sin esa visión implicada
-aunque siempre hay algún tipo de visión del mundo actuando-,
porque exige reflexión para desplegarse, de modo que me detendré en
la consideración de este ámbito/herramienta a través del
cual la totalidad puede fluir por la parte (uno mismo).
Lo ético es, básicamente, anticipación de las transformaciones
que ha de provocar mi conducta en el mundo, por esto entiendo imprescindible
revisar la función que cumple nuestra conducta en el sistema social.
Me anima un propósito eminentemente práctico: cada uno de nosotros
es parte del mundo, por eso, los resultados de nuestra conducta revierten sobre
nosotros mismos y sobre nuestra descendencia.
I.
LA ÉTICA,
LA CONCIENCIA
Y EL OTRO
Las regiones de la realidad: ubicación de la Ética
En tanto nuestro objeto temático es la Ética,
vamos al abordaje inicial emplazándola donde le corresponde
y en el marco de las relaciones que le son propias. Para ello,
será necesario precisar a grandes trazos el contexto general:
el ámbito mayor y las posibles regiones que ofrece a nuestra
mirada.
En el panorama que se ofrece a nuestra mirada, en la visión del mundo
que puedo constituir, no perceptualmente, sino desde la consideración
integral de mi experiencia, puedo diferenciar dos grandes tipos de fenómenos:
los naturales y los culturales.
Todo lo que me es dado considerar en este mundo del que participo, pertenece
a una de esas grandes regiones: la de la materia que percibo con independencia
de lo humano, y la de lo humano, sea lo humano propiamente dicho o las huellas
materiales de su paso.
La cultura es toda actividad humana, no una rama de ella en especial, como
habitualmente se la entiende, ya sea en el sentido de actividad artística
o en el más general de la erudición.
Este sentido amplio deriva del sentido literal del término, es el cultivo
(culturare es cultivar) en el sentido de trabajo, como actividad. Por ese significado
se usa habitualmente el término para denominar un sector de actividades
consideradas selectas, cuya nota distintiva es la aplicación de esfuerzo,
de disciplina, que, como consecuencia, da resultados también selectos
y valorados. Indudablemente, desde el sentido de lo escogido, lo selecto, lo
que se destaca por su mayor calidad, está bien aplicada la figura de
que se "cultivan" las artes, la ciencia, el pensamiento en general.
Justamente este mismo significado incita a usar el término para destacar
que cualquier actividad humana no es cualquier actividad, que todas y cada
una de las actividades que desarrolla lo humano son relevantes.
La actividad humana, por sí misma, funda una región de la realidad
-sino la misma realidad.
El término cultura significa cultivo, elaboración, pero ¿qué es
lo que cultiva la actividad humana?
La actividad humana cultiva el tiempo. Lo humano transcurre y en ese transcurso
-la Historia- podemos notar un progreso que indica que cada vez organiza más
su tiempo.
Esta organización del tiempo podemos generalizarla a partir de todos
los planos de la realidad en que se manifiesta la actividad organizadora de
lo humano: sea en la tecnología, en lo social o en lo ideal, cada vez
obtenemos productos más complejos que implican necesariamente una organización
del tiempo para su producción.
Este cultivo del tiempo es esencial, en tanto la intencionalidad rige esencialmente
el transcurrir de la conciencia. Y entiendo la esencia como función:
la función de la conciencia es organizar el tiempo, desde este punto
de vista.
En tanto el tiempo transcurre "a través" de la conciencia
mientras ésta constituye al mundo y a sí misma en esa interacción,
la organización del mundo y del tiempo están coimplicadas, se
dan simultáneamente en la actividad organizadora de la conciencia.
En referencia a lo material, la cultura se manifiesta como transformadora.
La conciencia imagina lo posible del mundo que la rodea y el sujeto busca plasmarlo
a través de su actividad: moldea la materia a semejanza de la imagen
que forja la conciencia para guiarlo.
Así, tenemos objetos culturales cuando han sido tocados por la actividad
humana. Por ejemplo, un jardín no es un producto natural, sino cultural.
Y hay objetos naturales: los que no han sido alcanzados o transformados por
lo humano.
En un sentido más estricto, en tanto lo humano es primariamente dador
de sentido, en tanto todo acto de conciencia dona un sentido, prácticamente
sólo lo desconocido sería natural.
Limitémonos al efecto estrictamente transformador de lo cultural para
dejarle un espacio a la Naturaleza en nuestro paisaje, y así, desde
un punto de vista amplio tendremos objetos materiales culturales (los organizados
por lo humano) y objetos materiales naturales (los que escapan a la actividad
humana).
A la inversa de lo que ocurre con el mundo natural, con los objetos ideales
no hay confusión posible: siempre son culturales.
Lo ideal no está dado en el mundo externo, es una dimensión que
surge con lo humano y sólo lo humano tiene acceso a ella.
La conciencia pone en el mundo lo ideal. Tal es su peso que se lo ha ubicado
como formando parte de la realidad "objetiva". En todo caso, lo ideal
participa del proceso de constitución de la realidad, ya que ésta
se está generando continuamente.
En esa producción continua de la realidad que es tarea de la conciencia,
interactúan los niveles ideal y material. Lo ideal forma parte de la
realidad, en tanto determina su organización.
Pero ¿dónde están esos objetos ideales? Descriptivamente,
podemos decir que se manifiestan en un adentro con referencia a los límites
del cuerpo, en un ámbito interno, de representación. No se presentan
afuera, no se perciben con los sentidos externos.
Pero parecen tener existencia de modo independiente de uno, en la medida en
que pueden circular y permanecer intelectualmente en un "afuera" social
que sólo se constituye en la interacción humana: el imaginario
social.
Ese mundo ideal que parece ajeno a nuestra existencia personal no es independiente
de ella en tanto le sirve de soporte. Sin seres humanos no habría mundo
ideal, pero mi existencia personal sí es prescindible, yo no soy necesario
para que lo ideal exista, en tanto existan otros seres humanos.
El idealismo extremo invertiría los términos y diría que
nosotros no podríamos existir sin ese mundo ideal. Dejando de lado el
innatismo, que resulta inaprehensible desde un punto de vista descriptivo,
a los idealistas no les faltaría razón ya que la experiencia
humana que implica ese mundo ideal nos preexiste.
Nacemos y nos formamos inmersos en el imaginario social y, de ese modo, lo
ideal nos antecede y co-labora en nuestra constitución como sujetos,
del mismo modo que participa en la interacción generadora de la realidad.
En ese mundo ideal podemos ubicar la Ética.
Por su función regulativa de la conducta humana, lo ético pertenece
al campo de la existencia y eso descarta cualquier relación con lo material.
Desde otro punto de vista, lo ético es lo contrario de lo mecánico,
sólo puede darse mediante la elección. Pertenece al reino de
la libertad.
Así, la ética se ubica dentro de una región conceptual
y, por tanto, abstracta que, por sí misma, no opera modificaciones conductuales,
como sucede con toda idea o concepto.
Desde este punto de vista descriptivo, la Ética se presenta cotidianamente
como un conjunto de normas que sirven para el ordenamiento de nuestra reflexión
en orden a la elección de una conducta referida a una situación
particular.
Esa reflexión, como toda reflexión, es una actividad de la conciencia.
Ubicación de la conciencia
El registro de la presencia de la conciencia es inmediato y no hay otro fenómeno
que la supere en inmediatez. En esto radica la cualidad de evidencia de la
conciencia que destacó Descartes al enunciar el "cogito" .
A partir de ello, se puede enunciar una verdad que, en apariencia, es propia
de Perogrullo: la conciencia está "aquí".
Ese "estar-aquí" de la conciencia, para mí que escribo,
se hace evidente en las operaciones intelectuales al considerar mis pensamientos,
cotejando sus distintas configuraciones y aclarándolos; poniendo orden
en el discurso antes de escribir; en las correcciones que me hacen volver atrás,
reconsiderar, tachar, reordenar.
Pero este texto tiene un destinatario, que se va a actualizar - en un momento
futuro, considerado desde este ahora en que escribo - o se está actualizando
-en este otro momento presente, para el lector- para quien mi conciencia se
manifestará a través de evidencias materiales -el texto impreso-,
mientras que, en la actualización del lector, su conciencia tendrá un "aquí" -para
mí hoy desconocido- que se está manifestando en la atención
puesta en la lectura, en las consideraciones secundarias que le surjan o en
las que lo lleven lejos del hilo temático del texto, pero será ese "aquí" en
que se da su conciencia para él tan evidente como para mí lo
es éste darse "aquí" de la mía.
Pero eso que para mí es evidente "aquí", y para el
lector allá (su "aquí" para él, que es futuro
y distante para mí), si nos encontráramos generaría un "acá" compartido,
con las vivencias particularizadas del "aquí" de cada uno.
Sustrayéndonos del impacto sensorial del otro, podríamos volver
a definir mi presencia (la de cada uno) en este "aquí" y percibir
mi conciencia, ahora más estimulada por la presencia del otro, más
solicitada, pero presente en este "aquí" que se diferencia
del "acá" compartido.
Si quisiéramos percibir la conciencia del otro toparíamos con
la evidencia directa de (tan sólo) un cuerpo para mí reconocible
como similar al mío, y en él, de gestos que me permitirán
inferir que en él "habita" una conciencia como ésta
que percibo en mí. Pero sólo podría inferirlo porque no
tengo la misma evidencia que tengo de la mía. No puedo aprehender los
movimientos de esa conciencia, sus operaciones. Lo interno del otro está oculto
a mi mirada. Al menos, para el modo como se manifiesta lo interno en mí.
De ahí que la conciencia sólo es autoevidente, sólo es
evidente para mí. Generalizando, la conciencia sólo es evidente
en la experiencia para quien la actúa y es actuado por ella, "su" conciencia.
De esta cualidad de autoevidencia que caracteriza a la conciencia, de ese manifestarse
sólo ante sí misma, se sigue necesariamente que la conciencia
no tiene ningún "aquí" que le pertenezca. La conciencia
no tiene ubicación espacial.
Porque siempre que percibo mi conciencia la encuentro "aquí",
y este "aquí" es distinto cada vez, ya que depende de las
posiciones que mi cuerpo encuentra en el espacio al desplazarse por él.
Por tanto, la sucesión de los "aquí" en que percibo
mi conciencia disuelve sus diferencias al punto de que el "aquí" es
la referencia a la circunstancia en que percibo mi experiencia.
Cuando el cuerpo está quieto, como los paisajes imaginarios se suceden,
al quedar envuelto en lo imaginario pierdo la referencia corporal, el "aquí" desde
el que contemplo esos paisajes se desarraiga del entorno físico y se
ve modificado, cuando no muta con el paisaje desdibujándose como referencia
espacial.
De ahí que todo "aquí" sea una referencia externa que
para designar la conciencia no es útil, ya que la conciencia se da más
acá del "aquí" situacional. Y, como posibilidad, la
conciencia se da en todos los "aquí" posibles para mí a
lo largo del tiempo y del espacio imaginable. En todo caso, no es el "aquí" lo
que refiere a (sirve de señal de) la conciencia, sino que es la conciencia
la que refiere al (sirve de señal del) "aquí". Porque
la conciencia siempre está poniendo una referencia, y aún más
esencialmente, porque ésta es espontáneamente posicional, es
el "aquí" lo que se da a partir de la conciencia.
Se podrá objetar que la conciencia se da en un cuerpo que le sirve de
referencia espacial para identificar la circunstancia, y que funciona como
una suerte de "aquí" móvil que se desplaza. Desde el
punto de vista de la vivencia, esto es relativo, porque en tanto la conciencia
es conciencia de algo, sólo tenemos referencia de ella en función
de ese algo: porque ese algo se da a la conciencia es que podemos aprehender
su "movimiento" y esa aprehensión no se da precisamente en
el modo de la presencia.
Tratemos de aprehender nuestra conciencia en este momento: podemos hacerlo
apoyándonos, por ejemplo, en el texto material, sea en la hoja de papel
como objeto de nuestra atención o en el texto que veo, pero en este
caso tendremos que renunciar a captar el sentido de las palabras, habrá que
limitarse a deslizar la mirada sobre las letras sin leer, intentando aprehender
la mirada que lee.
Si reiteramos el esfuerzo podremos comenzar a captar que, por detrás
del foco de nuestra atención, y como entre éste y yo que miro,
algo borroso y difuso lo desborda, algo más parecido a una sensación
que a una imagen visual.
En la reiteración del ejercicio podremos tener la evidencia de que no
sólo está el texto, no sólo leemos el texto, efectivamente,
hay una conciencia que ahora está de este lado, como detrás de
mí que estoy frente al texto, entre éste y mi mirada, en la copresencia
de ésta pero "de este lado", del lado de la mirada.
Pero esa percepción difusa es la más directa que podemos tener
de la conciencia, de esta conciencia que actúa como dentro de este mi
cuerpo, aquí y ahora, y no podemos mantenerla mucho más que un
instante.
No es posible aprehender la conciencia de manera directa, del modo que caracteriza
a la aprehensión de los objetos externos, que en él se dan como
siendo independientes de la mirada.
No obstante, a partir de la reiteración de esta percepción interna
podemos formalizar un concepto de la conciencia, una representación
aproximada que reconozcamos como semejante y, entonces, podemos trabajar "sobre
la conciencia" para conocerla, pero no lo estamos haciendo del modo que
podemos hacerlo sobre el vientre de un sapo para conocer su anatomía,
la imagen de un unicornio o el concepto de Derecho. La conciencia no es fantasía,
ni materia, ni idea, éstas se dan por ella, son constituídas
por la conciencia en la representación o la percepción. Son,
en todo caso, géneros de sus contenidos posibles. Pero la conciencia
es también sensación de esos contenidos y, más que todo
eso, es darse cuenta de todas y cada una de esas manifestaciones y de la experiencia
que les corresponde.
Entonces, en ese constituir la representación de la conciencia a través
de las distintas percepciones que tenemos de ella, para construir el concepto
correspondiente, no aprehendemos la conciencia en sí misma.
No obstante esta dificultad, la conciencia es el único fenómeno
que podemos percibir en su intimidad, bien que en el modo de ésta conciencia
que se da aquí y ahora, aprehensible de ese modo difuso.
Es que con nuestra conciencia pasa algo que no ocurre con el resto de los objetos:
podemos aprehenderla desde adentro, podemos rozar el propio ser de la conciencia,
evidencia que jamás podremos tener con las piedras, las plantas, los
animales, que seguirán permaneciendo allí "afuera",
con un ser que quizás nos sea ajeno, que se muestra opaco a nuestra
mirada, inaprehensible al menos para éste nuestro actual nivel de desarrollo
perceptual.
De modo que la conciencia no tiene un "aquí" que le corresponda,
porque, en tanto conciencia de algo, se tiñe con el objeto que se le
presente y, por tanto aún cuando busquemos en el mismo cuerpo que sabemos
portador de una conciencia, interrogada que fuere por su identidad cotejando
los atributos que pueda describir de sí misma, siempre habrá una
variación inducida por el objeto que se da en cada momento y, por tanto,
nos encontraremos con que la conciencia que es en el momento de inquirir por
ella o, incluso, en cada uno de los momentos que pueda durar el inquirir, ya
no es.
De modo que la conciencia no se da en el espacio, sino en el tiempo, y en cada
instante se da de un modo único e irrepetible en la totalidad de sus
atributos, lo cual no niega la posibilidad de repetición de una buena
parte de ellos, en proporción tal que configure la base elemental de
la identidad (de sí misma y del objeto que permanece).
Esa mayoría de atributos, que permanece constante aunque fluctúe
y de modo muy fuerte se funda en la referencia al cuerpo, es la que aporta
la vivencia de "yo" y permite reconocerse a uno mismo en el transcurso
del tiempo como una misma experiencia que transcurre.
Además, nos encontramos con que la conciencia tiene una manifestación
que podríamos describir como funcional: siempre que la aprehendemos
la encontramos en funcionamiento, jamás está quieta. Aún
en el modo aparente de la quietud, la simple percepción de esa quietud
indica que la conciencia está funcionando.
De modo que más que con un objeto, con algo que yace allí ante
nuestra mirada, nos encontramos con una actividad, y a este sujeto del conocimiento
podemos convertirlo en objeto para su estudio.
Podemos hablar de la conciencia, pero para hacerlo con fundamento tendremos
que hacerlo después de la observación de su funcionamiento y,
como la única conciencia que podemos observar directamente es la propia,
al ir describiendo iremos convirtiendo nuestro ser-sujeto en formulaciones
descriptivas que irán constituyendo un perfil de objeto, la representación
de una conciencia abstracta, objetivada.
Esta conciencia abstracta podría tener una ubicación en alguna
de las distintas regiones en que podemos distribuir los componentes de la realidad.
Pero es justamente esa autoevidencia que caracteriza a la conciencia en su
darse como objeto-sujeto, lo que ofrece resistencia para emplazarla conceptualmente
en alguna de las regiones mencionadas.
La conciencia es sujeto, principio activo, y no sólo de conocimiento,
sino de percepción y acción. La conciencia "yace aquí" en
todo sentido y en toda circunstancia. Y si al querer aprehenderla nos encontramos
con que sólo fugazmente se presenta a nuestra mirada, porque ella misma
es mirada, ese intento de aprehensión directa nos remite siempre del
allí en que queremos aprehenderla como si fuera un objeto, a este aquí constante
del mirar que la constituye como sujeto. Y así como todos los "aquí" circunstanciales
se desvanecen con sus diferencias para encontrar que "aquí" no
es más que una referencia puesta por la conciencia para identificar
su situación espacial, tengo que de ese "aquí" genérico,
matriz estructural, surge cada "aquí" particular, dando lugar,
por medio del reconocimiento, a las diferencias propias de cada circunstancia.
Por tanto, no puedo ubicar la conciencia más que en el origen de la
realidad y de la concepción de las mismas regiones; no puede ser otra
cosa que la función generadora de la realidad y, por tanto, de las mismas
regiones con que conceptualmente la describo.
Esto difícilmente podamos aprehenderlo perceptualmente, si existe la
posibilidad, por lo que se presenta como una instancia que, normalmente, escapa
a nuestra posibilidad de concepción espontánea dado que el mundo
se nos presenta como previo a nosotros, como ya dado antes de nuestra llegada,
desde el saber de la actitud natural que no me permite aprehender que mi conciencia
no es la única conciencia.
En la realidad cotidiana, esa conciencia general que podemos objetivar teorizando,
se concreta en una miríada de conciencias en funcionamiento: la conciencia
se constituye en su relación con otras conciencias, y todas juntas,
simultáneamente, constituyen la realidad.
Ubicación del otro
Gramaticalmente considerada, la conciencia se expresa en la dimensión
de la primera y segunda personas del singular: yo y tú.
Estrictamente, la conciencia sólo es primera persona. Sólo puede
ser expresada por "yo" en la inmediatez de la vivencia.
Pero la conciencia es interferida por otra conciencia que se presenta ante
ella como un tú, en la inmediatez de la interacción con el otro
que la enfrenta.
Las personas correlativas del plural son extensiones vivenciales de aquéllas
y la tercera persona suele ser, por lo general, la objetivación de una
conciencia ajena mediante la sola consideración de su comportamiento,
su manifestación externa, con todo lo que tiene de identificación
corporal.
De modo que, en relación, toda conciencia existe en el modo del enfrentarse
a otra, en el hacerse-presente-ante y, simultáneamente, tener-presente-ante-sí otra
conciencia, esto es, saberse en el campo de presencia de (o percibida por)
otra conciencia. Pero por serme ajena y sólo indirecto el acceso a esa
conciencia enfrentada, el tú se constituye como un otro, como distinto.
Ese otro, semejante o diferente de mí, es el objeto de mis intenciones
y, por tanto, destinatario de mis conductas.
Con ese otro desconozco o reconozco la realidad, compartiendo los nombres con
que llamamos los diversos objetos que nos rodean.
Con ese otro reproduzco o transformo la realidad, ya sea en acuerdo o desacuerdo,
ante su indiferencia (o la mía).
Con ese otro participo de esta realidad que nos contiene, que nos ha generado
y necesita de nosotros para regenerarse, sin ser necesario que nos demos cuenta
de ello para que esa función se cumpla.
Por él transcurre el tiempo, como a través mío y de cada
una de las conciencias con que me relaciono, reproduciendo o transformando
el mundo que nos rodea, pero siempre convergiendo o divergiendo en el tiempo,
que desde nuestra vivencia se registra como los modos del acuerdo y del desacuerdo
que entrelazan los intereses organizadores de nuestros tiempos personales,
determinados por el cuerpo, por las necesidades y los deseos, por el ansia
de la posesión que se vuelca sobre lo material.
Los intereses, proyectados sobre lo material, convergen en el tiempo frecuentemente
en el modo del desacuerdo, cuando menos, o como oposición generada por
dos intenciones similares pero contrapuestas por los "para-mí" que
las generan, como destinatarios de la posesión.
Es en ese punto donde la coexistencia encuentra su punto crítico. Entonces
se hace manifiesta la necesidad de una organización de las intenciones
para evitar su entrechocamiento y la casi inevitable secuela de supresión,
aniquilación o sojuzgamiento.
Función del otro: la Regla de Oro
Una vieja máxima jainista, quizás la más vieja formulación
de este principio de conducta, dice que debemos tratar a todas las criaturas
como queremos ser tratados. Mateo la recoge en su Evangelio (7, 12) como "la
Regla de Oro": "Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan
los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es
la Ley y los Profetas."
Este principio de conducta establece la pauta de conducta más universal
que podemos encontrar y se la encuentra en las más variadas tradiciones.
La clave psicológica que encierra es que el otro es como yo, es otro
yo me espeja, apoyándose en lo que hoy se conoce como mecanismo de proyección
, que también fue mencionado en el Evangelio .
De modo que el otro no sólo es destinatario de mi conducta, sino que
es un apoyo para mi autoconocimiento, brindándome la oportunidad de
realizar acciones reparatorias que terminan en mí. Porque inversamente,
todo lo que hago a otro, me lo hago a mí mismo.
Esta sutil circunstancia no suele ser tenida en cuenta al "calcular" los
resultados de nuestras acciones.
Interrelaciones
Como ya se entrevé, la Ética no existe sin la conciencia y sin
el otro, el semejante o prójimo.
Son tres conceptos de distinto nivel, que resumen el tema en la interacción
concreta: la Ética regula la reflexión sobre mi conducta referida
al otro.
La Ética es un elemento ideal; la conciencia, funcional; y el otro, "real",
entendido como externo, independiente de mí.
La Ética es un conjunto de normas abstractas, la conciencia es la función
que posibilita la existencia en el modo de la libertad, y el otro es el objeto-término
de la conducta (en tanto estímulo y, a la vez, destinatario).
Cada uno de los tres elementos ejerce una mediación necesaria en la
relación entre los otros dos:
1) la Ética media en la reflexión (actividad de la conciencia)
aportando pautas que permiten ordenarla para decidir la conducta respecto del
otro;
2) la conciencia media entre la Ética y el otro, en tanto elabora la
conducta respecto de éste tomando las pautas de aquélla como
referencia;
3) el otro media entre la Ética y la conciencia, actualizando la ética
en la conciencia al problematizarla, le da existencia concreta a través
de la necesidad de organizar una conducta.
Aspecto práctico de la cuestión
Todo esto que parece tan abstracto tiene, sin embargo, un propósito
y una función práctica.
No creo que baste con teorizar sobre la Ética y su necesidad, sino que
es preciso aproximarse a la manera de concretarla. De modo que saber que "la
conciencia está aquí" me plantea que no necesito ninguna
ayuda extraordinaria ni ningún elemento ajeno a mí mismo para
poder recuperarla: si estoy viendo, basta que mire lo que veo; si estoy recordando,
que busque o precise los recuerdos; si estoy imaginando, que precise las imágenes,
las detenga o las modifique deliberadamente. Es decir, basta que refuerce la
atención en lo que estoy haciendo para que "mi" conciencia "se
haga presente", la sienta claramente.
Si quiero "tomar conciencia" súbitamente, busco anclar en
el "aquí", presto atención a mis sentidos simultáneamente;
en lugar de focalizar la mirada, la amplío, tratando de abarcar todo
el campo de visión; busco percibir amplia y reposadamente sin que me
distraigan los pensamientos; recorro el mundo con la mirada atentamente. Y
la conciencia se hará patente y, con ella, se reforzará mi presencia,
mi percepción de mí.
Que "la conciencia no tiene lugar que le pertenezca" significa que
puedo "tomar conciencia" en cualquier lugar. No hay ámbitos
necesarios para la reflexión, cualquiera es bueno. Por supuesto, los
más tranquilos serán más aptos, pero en todo ámbito
puedo reflexionar, tomando en cuenta que, mínimamente, reflexión
es la vuelta de la conciencia sobre sí misma, no en el modo del pensamiento
sino de la percepción interna.
En cuanto a la Ética y al otro, por sí mismos, son buenos temas
de reflexión en sí, sin necesidad de un conflicto que los ponga
en presencia.
La sola lectura de temas éticos nos remitirá a situaciones vividas
o posibles, facilitando la comprensión, asimilación o previsión
de la experiencia. Y meditar sobre "el otro", no sólo sobre
cómo son mis conocidos, sino prestar atención a las tendencias
conductuales, a los sentimientos, a las emociones constantes que me despiertan,
será una manera de relevar información vital sobre mi funcionamiento.
Pero principalmente, la reflexión pondrá a prueba mi sensibilidad,
porque de un lado tendré ideas (lo ético) y del otro imágenes
que me afectan (el otro), una polarización que no me permite avanzar,
porque tanto ideas como imágenes se formulan imaginariamente y, contrabalanceadas
en su valor, me paralizan en lugar de estimular mi conducta.
Porque para actuar necesito una imagen clara y distinta que movilice mi conducta.
Las representaciones contrapuestas me neutralizan sin decidirme a nada.
Por eso, la reflexión sobre la conducta más adecuada tendrá que
ser una ponderación lo más precisa posible de sus consecuencias,
para mí y para el otro, buscando que el futuro quede abierto para ambos.
Y también podré ejercer un trabajo de reflexión sobre
mis situaciones que será una búsqueda de coherencia, de balance
entre ellas para que no se desproporcionen en relación al tiempo que
ocupan, porque todo necesita de tiempo para desarrollarse, y del tiempo necesario,
porque más o menos tiempo que el necesario es como excederse o retacear
el agua a una planta. El tiempo es nuestro único recurso y lo necesitan,
proporcionadamente, todas nuestras situaciones.
Así que será la reflexión el campo de entrenamiento de
mi sensibilidad, estimulada por la anticipación de las conductas posibles
mediante la imaginación. Y esas sensaciones y sentimientos, estimulados
por imágenes, no serán imaginarias sino reales, y quedarán
habilitados para manifestarse en las situaciones que me toque vivir en el mundo
externo, cuando me decida por una conducta.
De ese modo, el desarrollo de mi sensibilidad será mi propio desarrollo.
Planteo de la problemática
Según el esquema clásico, el problema ético se plantea
en las situaciones interpersonales y tiene una fuerte impronta de interés
social, ya que el valor que se juega es la armonía social (a través
de los valores de equidad, paz, justicia, seguridad).
En ese marco, están en juego mis intereses y los del otro, en lo inmediato,
pero envueltos en el trasfondo valorativo socialmente aceptado.
Esa visión de la cuestión ética tiene un fuerte teñido
perceptual, de inmediatez temporal y proximidad espacial, ya que reduce la
problemática ética a la interferencia recíproca de dos
(o más) subjetividades que se produce al desplegar su conducta, circunscribiéndola
a un marco epocal acotado.
Y esas "subjetividades" se manifiestan como ansias de posesión
que caen sobre el mundo. Esta imagen alegoriza la actitud interna de quienes
padecen el conflicto de intereses: es el trasfondo posesivo, la actitud de
apropiación, lo que estructura la visión del mundo que viene
a encuadrar, justificar y/o encubrir esa apropiación.
Esa actitud posesiva no necesariamente recae sobre objetos, por lo general
se manifiesta como la búsqueda de la prevalencia de la propia voluntad
por sobre la de otro, lo cual admite gradaciones muy sutiles, lo que genera
inevitablemente violencia, cuando menos, psicológica.
Esta actitud básica es propia del estadio de desarrollo humano hasta
el presente, y se inscribe en nosotros en nuestra etapa formativa, con el predominio
del punto de vista externo en la estructuración de la mirada sobre el
mundo, que privilegia el objeto por sobre el sujeto como consecuencia del "concretismo" que
impregna cualquier concepción espontánea, a partir de la primacía
de los sentidos externos.
Este trasfondo objetivista impone una fuerte carga de deber ser en el aspecto
normativo, incidiendo en la concepción de la Ética que todavía
está vigente.
Ahora bien, las consecuencias del propio comportamiento para con uno ¿no
tienen carácter ético? Si lo ético implica la interferencia
intersubjetiva ¿acaso los estados de ánimo que derivan de mi
comportamiento individual para conmigo, no trascienden a los demás e
interfieren con su comportamiento?
Y las elecciones que hago para mi vida (modelos, estilo, escala de valores) ¿no
interfieren genéricamente con los comportamientos ajenos? aunque más
no sea planteando modelos de conducta.
Las preguntas anotadas tienen respuesta afirmativa. Y diría más:
la raíz de la cuestión ética está en el modelo
que propone mi visión del mundo , que es lo que fundamenta mi escala
de valores. Si mi voluntad tiene que prevalecer por sobre la del otro, si el
otro es una herramienta a mi servicio o un estorbo que debe ser eliminado o
un objeto que pretendo exclusivo para mis sentimientos, el conflicto ético
reside en la matriz de mi conducta, en mi actitud básica.
La oportunidad de la Ética es el conflicto de intereses. Entonces se
manifiesta la necesidad de contar con algo que ordene mi reflexión.
La desazón que, como mínimo, produce el conflicto ético,
tendría que resolverse en la acción elegida. Así, los
estados de ánimo serán indicadores claros de nuestro "estado ético".
Los estados de ánimo y las sensaciones que acompañan nuestro
diario vivir son relevantes, son el "aire" mental que "respiro",
el clima que me acompaña, lo que contiene a mi cuerpo y modula mi existencia,
mi modo de relacionarme.
Mi sensibilidad es determinante como condición de mi comportamiento,
de ella depende cómo percibo y cómo respondo. Determina mi relación
conmigo mismo, en primer término, y por ende, con los demás.
A su vez, mi sensibilidad resulta de lo que he hecho con mi vida, de lo que
hago y de lo que preveo hacer. Por tanto, si mi sensibilidad es una resultante
de mi comportamiento, es mi mejor referencia para elegir mi futuro accionar,
mis metas, mis modos de operar y relacionarme.
Si lo ético no sirve al desarrollo personal, no cumple su función.
Es el goce vital, la satisfacción gustosa de haber sido coherente lo
que nos hace crecer en libertad.
Sin ese gusto hay un deber ser impuesto que nos subordina a lo ideal, deshumanizándonos,
cosificándonos. Es una práctica ética que depende del
reconocimiento externo como premio y confirmación, por tanto, no genera
autonomía sino que nos mantiene en la dependencia supeditando nuestra
intención a la aprobación de otros, anulando nuestra libertad.
Sin ese gusto, la Ética sólo dispone de razones como fundamento,
que pueden ser discutidas y fácilmente desbordadas por las compulsiones
que moviliza la apetencia. Con ese gusto, el sujeto gana en presencia de sí frente
a las propias fuerzas que dentro suyo se movilizan contra su elección,
como un punto de apoyo para canalizarlas en la dirección elegida.
Ese gusto de lo ético se diferencia del placer, que se produce sobre
un mecanismo espontáneo de identificación que difumina al sujeto,
reforzando la presencia del objeto placentero, perdiéndose de vista
la sensación de la propia actividad. No se trata de anular o reprimir
el placer, sino de montarse sobre esa experiencia, destacando la sensación
de la propia actividad, que muchas veces puede resultar desbordada sensorialmente
por las sensaciones placenteras, con lo que se pierde la referencia sensible
de la adecuación ética de la actividad.
De modo que el gusto de lo ético no es cualquier gusto. Así como
replanteamos la Ética a partir de una asociación esencial con
la Éstética, también habrá que revisar ésta.
No cualquier gusto será indicador de lo ético. No hablamos aquí del
gusto que da el placer de gozar un objeto, que en términos tradicionales
podría leerse como gusto mundano y hasta grosero. Se trata aquí del
gusto que da, no el objeto, sino la misma actividad del sujeto, el goce que
brinda la misma vida, lo vital en sí mismo, la propia actividad en su
despliegue y coherencia consigo misma, no sólo durante el lapso de la
actividad, sino que abarca -fundándolas, brindando una estructura de
soporte a- las vivencias futuras.
Además, el planteo ético, si bien puede ser provocado, por lo
general, por la presencia de un otro, siempre se refiere a una transformación
o concreción personal. Se trata de adecuarse a un modelo de uno mismo
para uno mismo.
El otro es ocasión de la conducta que, sin saberlo, mediatamente apunta
a uno mismo como objeto de transformación, y de la que el otro es término
y beneficiario inmediato, aunque primaria y residualmente sea uno quien resulte
beneficiado en definitiva.
Como consecuencia, dando razón a Perogrullo, los problemas éticos
son problemas de conciencia, por lo que, para comprenderlos y mejor operar,
necesitamos información que nos dé cuenta acerca de ella.
Como la conciencia surge de la misma Vida y, como la Ética, en tanto
regulación de la Vida, parece nacer de su misma entraña, no estará de
más considerar su Evolución.
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