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Comencé el día, atrasada, metiéndome al
liceo por la reja del patio con la ayuda de un grupo de compañeros
que se arrimó a ella para cubrirme de los ojos de los
inspectores. Las cosas continuaron como en cualquier mañana.
En las salas de clases los profesores, ya soñando con
la jubilación, nos decían, sin mucho convencimiento,
lo que es y lo que no es. Los alumnos, como casi siempre, apuntábamos
todo con mala letra o hacíamos, en vez, dibujitos elaborados
con corazones, flechas, flores y estrellas, pensando en el recreo
cuando algunos nos escabulliríamos al fondo del patio
a fumar o nos subiríamos a la azotea por la parte trasera
del edificio a tomar un poco de sol.
Pero a mitad de mañana, poco después de recibir
un 4.5 en la prueba de física y luego un 5 en la de castellano,
comencé a sentir, desde algún lugar del liceo,
un rumor insistente que crecía hasta convertirse en un
clamor de voces. Yo no sé dónde estaba, si en la
sala de clases, en el patio o bajando las escaleras, pero de
alguna forma convergí, con muchos otros, en el corredor
que daba al portón del liceo y con un impulso espontáneo
e irreprimible salimos todos en una gruesa columna a las tranquilas
calles de los alrededores. Al hacerlo nos mirábamos a
los ojos como por primera vez y sentíamos el cuerpo fuerte,
el corazón henchido y la cabeza despejada. Sentíamos
que una misma energía nos envolvía, casi sorprendiéndonos
con su fuerza. No hacían falta palabras. Y comenzamos
a correr, yendo hacia este lado o aquel por consenso tácito,
conectados, sin líderes. En las calles nada ni nadie se
nos oponía, algunos se detenían a mirarnos pasar,
con sus bolsas de compras o en sus autos y hasta comentaban entre
ellos nuestra pasada un poco desconcertados, otros se quedaban
parados, mirándonos en silencio. Yo corría y sentía
el fresco aire rozándome la cara y el cuerpo y mientras
más corría mas energía sentía, como
si la energía no fuese individual sino colectiva, como
si nosotros fuéramos la energía. Miraba a mi alrededor
y me sentía ligada a cada uno de mis compañeros
en esta carrera armónica. Cada uno era a la vez niño
y adulto, un ser que corría en un rapto de libertad, experimentando
por primera vez una inteligencia común.
La carrera nos llevó a otros colegios. Entramos por los
portones y desde el patio llamamos a los estudiantes a unírsenos
-observados por inspectores lívidos que no se atrevieron
a intervenir. Muchos alumnos se fueron con nosotros engrosando
la columna y aumentando el caudal de energía. En el grupo
venía un muchacho un par de años menor que yo que
comenzó a recorrer la columna de principio a fin y vuelta
al principio, alentando a los rezagados y aguantando a los que
corrían demasiado rápido. El muchacho era un servidor,
un ángel de cuerpo y pies livianos, un regulador de la
energía. Yo corrí con él. Entre risas extáticas
y expresiones de júbilo me decía que recién
llegaba de España, que había nacido cautivo ¡y
me cago en Franco! Decía, con voz divertida y sin la menor
soberbia. "Por primera vez me siento libre y solo ahora
podré perdonar..., ah, pero no tratéis de pararme",
agregaba con una mirada pícara que llegaba muy lejos.
Sabíamos que el mundo nos pertenecía y que era
nuestro patio de juegos, un laboratorio dispuesto, un escenario
para nuestra obra.
No sé cuanto duró la carrera. Recorrimos muchas
calles hasta que llegamos a lugares desconocidos, a lugares nuevos
que parecían no tener tiempo, lugares de algún
modo familiares pero imposibles de localizar en el mapa de la
ciudad. Allí, las personas con que nos encontramos eran
apacibles y parecían haber estado esperándonos.
A nuestra pasada, nos saludaban con sonrisas de complicidad mientras
continuaban sus actividades. Al final desembocamos en un gran
círculo, amplio y perfecto, hecho de adoquines milenarios,
al centro de un espacio abierto, desde donde podíamos
ver la montaña y el mar, el desierto, la jungla y el glaciar;
veíamos el mundo entero. Y allí nos detuvimos en
silencio, como si hubiéramos llegado al hogar, con humildad.
Entonces, el círculo pareció hablarnos de cosas
inmemoriales. Los adoquines tenían inscripciones y figuras
grabadas que nuestras mentes fácilmente reconocían
y asimilaban. Entonces, la fuerza que nos había conducido
proyectándonos hacia adelante comenzó a transformarse
y a circular en nuestros pechos hasta embargarnos en suaves oleadas
que nos mecían como hojas leves en la brisa, hasta que
algo se disolvió en nosotros y fuimos uno.
Al día siguiente los diarios no publicaron la noticia,
tampoco se vio la carrera en la televisión y en el liceo
nunca se habló del asunto. Se hubiera podido decir que
el suceso nunca ocurrió, a no ser porque poco tiempo después
el ministerio de educación envió una carta a todos
los apoderados del país, anunciando estrictas medidas
para aquellos alumnos que -en horas de instrucción escolar-
estuvieran fuera de sus aulas realizando actos de vandalismo
que causaban pánico en la población.
Patricia Ríos
Nueva York, 21-9-02
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