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Autor:

Patricia Rios

Titulo:

La carrera

 
 
 
 
 

Comencé el día, atrasada, metiéndome al liceo por la reja del patio con la ayuda de un grupo de compañeros que se arrimó a ella para cubrirme de los ojos de los inspectores. Las cosas continuaron como en cualquier mañana. En las salas de clases los profesores, ya soñando con la jubilación, nos decían, sin mucho convencimiento, lo que es y lo que no es. Los alumnos, como casi siempre, apuntábamos todo con mala letra o hacíamos, en vez, dibujitos elaborados con corazones, flechas, flores y estrellas, pensando en el recreo cuando algunos nos escabulliríamos al fondo del patio a fumar o nos subiríamos a la azotea por la parte trasera del edificio a tomar un poco de sol.

Pero a mitad de mañana, poco después de recibir un 4.5 en la prueba de física y luego un 5 en la de castellano, comencé a sentir, desde algún lugar del liceo, un rumor insistente que crecía hasta convertirse en un clamor de voces. Yo no sé dónde estaba, si en la sala de clases, en el patio o bajando las escaleras, pero de alguna forma convergí, con muchos otros, en el corredor que daba al portón del liceo y con un impulso espontáneo e irreprimible salimos todos en una gruesa columna a las tranquilas calles de los alrededores. Al hacerlo nos mirábamos a los ojos como por primera vez y sentíamos el cuerpo fuerte, el corazón henchido y la cabeza despejada. Sentíamos que una misma energía nos envolvía, casi sorprendiéndonos con su fuerza. No hacían falta palabras. Y comenzamos a correr, yendo hacia este lado o aquel por consenso tácito, conectados, sin líderes. En las calles nada ni nadie se nos oponía, algunos se detenían a mirarnos pasar, con sus bolsas de compras o en sus autos y hasta comentaban entre ellos nuestra pasada un poco desconcertados, otros se quedaban parados, mirándonos en silencio. Yo corría y sentía el fresco aire rozándome la cara y el cuerpo y mientras más corría mas energía sentía, como si la energía no fuese individual sino colectiva, como si nosotros fuéramos la energía. Miraba a mi alrededor y me sentía ligada a cada uno de mis compañeros en esta carrera armónica. Cada uno era a la vez niño y adulto, un ser que corría en un rapto de libertad, experimentando por primera vez una inteligencia común.

La carrera nos llevó a otros colegios. Entramos por los portones y desde el patio llamamos a los estudiantes a unírsenos -observados por inspectores lívidos que no se atrevieron a intervenir. Muchos alumnos se fueron con nosotros engrosando la columna y aumentando el caudal de energía. En el grupo venía un muchacho un par de años menor que yo que comenzó a recorrer la columna de principio a fin y vuelta al principio, alentando a los rezagados y aguantando a los que corrían demasiado rápido. El muchacho era un servidor, un ángel de cuerpo y pies livianos, un regulador de la energía. Yo corrí con él. Entre risas extáticas y expresiones de júbilo me decía que recién llegaba de España, que había nacido cautivo ¡y me cago en Franco! Decía, con voz divertida y sin la menor soberbia. "Por primera vez me siento libre y solo ahora podré perdonar..., ah, pero no tratéis de pararme", agregaba con una mirada pícara que llegaba muy lejos. Sabíamos que el mundo nos pertenecía y que era nuestro patio de juegos, un laboratorio dispuesto, un escenario para nuestra obra.

No sé cuanto duró la carrera. Recorrimos muchas calles hasta que llegamos a lugares desconocidos, a lugares nuevos que parecían no tener tiempo, lugares de algún modo familiares pero imposibles de localizar en el mapa de la ciudad. Allí, las personas con que nos encontramos eran apacibles y parecían haber estado esperándonos. A nuestra pasada, nos saludaban con sonrisas de complicidad mientras continuaban sus actividades. Al final desembocamos en un gran círculo, amplio y perfecto, hecho de adoquines milenarios, al centro de un espacio abierto, desde donde podíamos ver la montaña y el mar, el desierto, la jungla y el glaciar; veíamos el mundo entero. Y allí nos detuvimos en silencio, como si hubiéramos llegado al hogar, con humildad. Entonces, el círculo pareció hablarnos de cosas inmemoriales. Los adoquines tenían inscripciones y figuras grabadas que nuestras mentes fácilmente reconocían y asimilaban. Entonces, la fuerza que nos había conducido proyectándonos hacia adelante comenzó a transformarse y a circular en nuestros pechos hasta embargarnos en suaves oleadas que nos mecían como hojas leves en la brisa, hasta que algo se disolvió en nosotros y fuimos uno.

Al día siguiente los diarios no publicaron la noticia, tampoco se vio la carrera en la televisión y en el liceo nunca se habló del asunto. Se hubiera podido decir que el suceso nunca ocurrió, a no ser porque poco tiempo después el ministerio de educación envió una carta a todos los apoderados del país, anunciando estrictas medidas para aquellos alumnos que -en horas de instrucción escolar- estuvieran fuera de sus aulas realizando actos de vandalismo que causaban pánico en la población.

 

Patricia Ríos
Nueva York, 21-9-02

 

 

   
 
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