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Autor:

Patricia Rios

Titulo:

Creacion en hora punta

 

¡Son las 8:15 de la mañana, esa hora del día en que todo debe marchar sin falta, cuando la economía del tiempo y los actos contenidos en cada minuto acarrean consecuencias que pueden definir el día entero. Eso es lo que voy pensando en un vagón del metro cargado de pasajeros que entra en la estación disminuyendo la velocidad hasta parar en forma casi imperceptible y abrir sus puertas para que se produzca el recambio de pasajeros. En la muchedumbre de recién llegados reparo en una mujer de mediana edad y rostro desdibujado que cruza el umbral con ojos ávidos, casi animales, capaces de inventar un asiento disponible donde no lo haya. La mujer se sienta frente a mí e inmediatamente adivino que tiene un propósito. Cuando parte el tren sus sentidos y su mente hacen un rápido reconocimiento de la cantidad de espacio y tiempo de que dispone y de las características del movimiento del tren. Luego se aboca a su tarea. Con movimientos estrechos y bien calculados se coloca el maletín de oficinista entre los pies y luego extrae una bolsita de la cartera, de la que saca un frasco de maquillaje que bate y luego comienza a aplicarse a ojos cerrados. La mujer se conoce la cara, no deja un centímetro sin cubrir ni se mancha cejas o pestañas. Trabajando en total sintonía con el tren intuye -al terminar- que aun quedan varios segundos para llegar a la próxima estación y aprovecha para respirar profundamente dos o tres veces mientras se le seca el maquillaje. Yo también aprovecho para respirar con los ojos cerrados mientras en mi mente se recrea la cara amarfilada, un lienzo cuidadosamente imprimado a la espera de la obra.

Cuando el tren nuevamente parte abro los ojos y veo que la mujer, con un estuche de colorete a dos tonos y una brocha gruesa y corta, ha comenzado a darse toques que le dan forma y dimensión a su rostro, haciendo aparecer facetas y características personales insospechadas. Ya me puedo imaginar a la mujer llevando una conversación casual en un cóctel o haciendo prevalecer su dignidad frente a un jefe abusivo. Luego vienen las sombras. Con pinceladas cortas y sueltas se construye los ojos dotándolos de vida e inteligencia, pero no se permite mas que una mirada impersonal de evaluación en el espejo antes de sacar y preparar el delineador que debe usar durante la próxima parada del tren. Ahora, con el delineador ya en la mano se permite un breve momento de descanso y sus ojos se posan casualmente en los míos causándome el sobresalto de quien es sorprendido violando la intimidad ajena y los retiro fingiendo volver a mi lectura. Y digo "fingiendo" porque no puedo leer una palabra. ¿Cómo leer cuando ante mí se está creando un ser humano? No puedo desviar mi atención de tal acto y al mismo tiempo sé que no debo espiarlo. ¿Qué hacer? ¿Para donde miro? La confusión y la vergüenza terminan por vencerme y levanto la vista cargada de remordimiento dispuesta a acepta el reproche de esos ojos profundos, pero en ese momento el tren se detiene y la mujer vuelve a su tarea. Ahora se pasa el finísimo pincel con delineador por los bordes de los ojos con sólo un traspié a causa de un leve codazo, pero la mujer sin dejarse apabullar se corrige la raya desviada y se da los últimos toques antes de que el tren entre nuevamente en movimiento. Ahora los ojos ya bien definidos deben mantenerse muy abiertos y fijos por unos momentos para que se sequen las finas líneas de pintura, momentos que la dama utiliza roseándose una loción que aspiro desde mi asiento y me hace recordar las coronas de flores de los funerales. Es por eso que siempre he odiado los perfumes. ¿Por qué tiene que existir el perfume, esa cosa dulzona y fastidiosa que se impone en el olfato con el engreimiento de aquello que se cree indiscutiblemente deseable? Ahora siento que soy yo el objeto de trasgresión y en mi interior se despierta la rebeldía. ¿Qué hago? ¿Le doy a la insolente una mirada y la fulmino? Pero no, en definitiva mantengo la mirada baja pues no quiero volver a ser sorprendida -y esta vez impugnada- por ese rostro que adquiere carácter y dimensiones con cada segundo que pasa. El vaivén del tren termina por aplacarme y darme valor para volver a mirar a la dama que no muestra señas de saberse observada o tan siquiera rodeada de gente, mientras se cepilla la cabellera dejándosela suavemente ondulada y vaporosa. Los labios que a juicio de la dama no necesitan mayor atención reciben solo una fina capa de vaselina. Luego mira el reloj y cierra los ojos para darse un retoque interno, despertándose los sentimientos, despolvando y dando definición a sus propósitos para el día y evitando malos recuerdos que le pudieran estropear el pulso en la fase final de su misión: la aplicación de rimel durante la próxima parada del tren. Como es de esperarse la bella ejecuta la operación en forma impecable, terminando de pintarse las últimas pestañas cuando se cierran las puertas y el tren parte. Entonces adivino que la próxima es su parada. Puedo apreciar que la bella se siente satisfecha con su obra, y con los ojos nuevamente bien abiertos para que se seque el rimel, comienza a mirar de un lado a otro, reconociendo sus alrededores. Una vez seca la pintura comienza a pestañar con regularidad y hasta le sonríe con un breve comentario sobre el tiempo -y toda la fuerza expresiva de su mirada despierta- a la viejecita que lleva sentada al lado.

Por segunda vez los ojos de la mujer se posan en los míos y lo interpreto como una absolución que acepto con un suspiro. El tren para y se produce el recambio de pasajeros. En la multitud que sale se destaca la bella mujer que se aleja por el anden hacia la salida de la estación.

   
 
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