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¡Son las 8:15
de la mañana, esa hora del día en que todo debe
marchar sin falta, cuando la economía del tiempo y los
actos contenidos en cada minuto acarrean consecuencias que pueden
definir el día entero. Eso es lo que voy pensando en un
vagón del metro cargado de pasajeros que entra en la estación
disminuyendo la velocidad hasta parar en forma casi imperceptible
y abrir sus puertas para que se produzca el recambio de pasajeros.
En la muchedumbre de recién llegados reparo en una mujer
de mediana edad y rostro desdibujado que cruza el umbral con
ojos ávidos, casi animales, capaces de inventar un asiento
disponible donde no lo haya. La mujer se sienta frente a mí e
inmediatamente adivino que tiene un propósito. Cuando
parte el tren sus sentidos y su mente hacen un rápido
reconocimiento de la cantidad de espacio y tiempo de que dispone
y de las características del movimiento del tren. Luego
se aboca a su tarea. Con movimientos estrechos y bien calculados
se coloca el maletín de oficinista entre los pies y luego
extrae una bolsita de la cartera, de la que saca un frasco de
maquillaje que bate y luego comienza a aplicarse a ojos cerrados.
La mujer se conoce la cara, no deja un centímetro sin
cubrir ni se mancha cejas o pestañas. Trabajando en total
sintonía con el tren intuye -al terminar- que aun quedan
varios segundos para llegar a la próxima estación
y aprovecha para respirar profundamente dos o tres veces mientras
se le seca el maquillaje. Yo también aprovecho para respirar
con los ojos cerrados mientras en mi mente se recrea la cara
amarfilada, un lienzo cuidadosamente imprimado a la espera de
la obra.
Cuando el tren nuevamente parte abro los ojos y veo que la mujer,
con un estuche de colorete a dos tonos y una brocha gruesa y
corta, ha comenzado a darse toques que le dan forma y dimensión
a su rostro, haciendo aparecer facetas y características
personales insospechadas. Ya me puedo imaginar a la mujer llevando
una conversación casual en un cóctel o haciendo
prevalecer su dignidad frente a un jefe abusivo. Luego vienen
las sombras. Con pinceladas cortas y sueltas se construye los
ojos dotándolos de vida e inteligencia, pero no se permite
mas que una mirada impersonal de evaluación en el espejo
antes de sacar y preparar el delineador que debe usar durante
la próxima parada del tren. Ahora, con el delineador ya
en la mano se permite un breve momento de descanso y sus ojos
se posan casualmente en los míos causándome el
sobresalto de quien es sorprendido violando la intimidad ajena
y los retiro fingiendo volver a mi lectura. Y digo "fingiendo" porque
no puedo leer una palabra. ¿Cómo leer cuando ante
mí se está creando un ser humano? No puedo desviar
mi atención de tal acto y al mismo tiempo sé que
no debo espiarlo. ¿Qué hacer? ¿Para donde
miro? La confusión y la vergüenza terminan por vencerme
y levanto la vista cargada de remordimiento dispuesta a acepta
el reproche de esos ojos profundos, pero en ese momento el tren
se detiene y la mujer vuelve a su tarea. Ahora se pasa el finísimo
pincel con delineador por los bordes de los ojos con sólo
un traspié a causa de un leve codazo, pero la mujer sin
dejarse apabullar se corrige la raya desviada y se da los últimos
toques antes de que el tren entre nuevamente en movimiento. Ahora
los ojos ya bien definidos deben mantenerse muy abiertos y fijos
por unos momentos para que se sequen las finas líneas
de pintura, momentos que la dama utiliza roseándose una
loción que aspiro desde mi asiento y me hace recordar
las coronas de flores de los funerales. Es por eso que siempre
he odiado los perfumes. ¿Por qué tiene que existir
el perfume, esa cosa dulzona y fastidiosa que se impone en el
olfato con el engreimiento de aquello que se cree indiscutiblemente
deseable? Ahora siento que soy yo el objeto de trasgresión
y en mi interior se despierta la rebeldía. ¿Qué hago? ¿Le
doy a la insolente una mirada y la fulmino? Pero no, en definitiva
mantengo la mirada baja pues no quiero volver a ser sorprendida
-y esta vez impugnada- por ese rostro que adquiere carácter
y dimensiones con cada segundo que pasa. El vaivén del
tren termina por aplacarme y darme valor para volver a mirar
a la dama que no muestra señas de saberse observada o
tan siquiera rodeada de gente, mientras se cepilla la cabellera
dejándosela suavemente ondulada y vaporosa. Los labios
que a juicio de la dama no necesitan mayor atención reciben
solo una fina capa de vaselina. Luego mira el reloj y cierra
los ojos para darse un retoque interno, despertándose
los sentimientos, despolvando y dando definición a sus
propósitos para el día y evitando malos recuerdos
que le pudieran estropear el pulso en la fase final de su misión:
la aplicación de rimel durante la próxima parada
del tren. Como es de esperarse la bella ejecuta la operación
en forma impecable, terminando de pintarse las últimas
pestañas cuando se cierran las puertas y el tren parte.
Entonces adivino que la próxima es su parada. Puedo apreciar
que la bella se siente satisfecha con su obra, y con los ojos
nuevamente bien abiertos para que se seque el rimel, comienza
a mirar de un lado a otro, reconociendo sus alrededores. Una
vez seca la pintura comienza a pestañar con regularidad
y hasta le sonríe con un breve comentario sobre el tiempo
-y toda la fuerza expresiva de su mirada despierta- a la viejecita
que lleva sentada al lado.
Por segunda vez los ojos de la mujer se posan en los míos
y lo interpreto como una absolución que acepto con un
suspiro. El tren para y se produce el recambio de pasajeros.
En la multitud que sale se destaca la bella mujer que se aleja
por el anden hacia la salida de la estación.
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