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Llegó al sur
en verano y se pasó la temporada observando el paisaje,
los animales y la gente y cuando en el otoño sus abuelos
la llevaron al colegio de monjas, llegó al primer grado
considerándose lista para su nueva etapa. Pero no pasó mucho
tiempo hasta que vio que no estaba preparada para enfrentarse
a Dios y tuvo que ponerse al día aprendiendo a temerle
y a hacerse conciente de su propia insignificancia. En poco tiempo
ya estaba acostumbrada al sentimiento de culpa y a vivir tratando
de no ofenderlo, esperando que el día de su muerte Dios
se compadeciera de ella.
Esta nueva etapa de su vida exigía toda su atención
y energía. En el colegio las monjas la ejercitaban en
la mezcla de devoción y temor tan preciada. El Diablo
comenzó a adquirir dimensiones y características
definidas y aunque ella no lo dijo, concluyó que éste
y Dios eran en realidad cómplices, una especie de sociedad
en que el Diablo se encargaba de procurarle a Dios pecadores
para que éste los castigara y se los mandara al infierno.
En casa sus abuelos le compraban revistas de historietas sobre
la vida de las Santas que ella hojeaba en cama bajo un crucifijo
en las noches de otoño. Se quedaba dormida deseando llegar
a santa, aunque fuera con las llagas y expresiones de martirio
que veía en las historietas, calculando que eso era preferible
a irse al infierno.
La casona de sus abuelos que había estado llena de rincones
mágicos durante el verano comenzó a adquirir nuevos
matices. Ahora adivinaba en ella espacios malignos que la asechaban.
Desde un cierto peldaño de la escalera podía mirar
por una ventana y ver una alta cruz al final de un largo camino.
A veces la aterraba el crujir de las paredes de madera que reaccionaban
al contraste del viento y la lluvia exterior y el calor de las
salamandras dentro de la casa. Había quedado atrás
el sur del verano, ese carrusel de agua fresca, fruta y abejorros
dorados que le habían dado la bienvenida.
Las monjas pronto comenzaron a preparar a las niñas para
la primera comunión y las empezaron a llevar diariamente
a la capilla del colegio. El lugar era inmaculado y cubierto
de una cúpula pintada de celeste con nubes y angelitos
regordetes. En uno de los altos muros había una estatua
de la virgen con la cabeza inclinada y un poco ladeada hacia
la derecha, que miraba compasivamente a un grupo de niños
y corderitos reunidos a sus pies. En el muro principal, detrás
del altar, estaba el Cristo crucificado con sus llagas sangrantes,
su sudor y su mirada de mártir que acentuaba la repugnancia
que sentía empezaba a sentir a la entrada, cuando se persignaba
con los dedos untados con un agua turbia y salada.
En las noches se le comenzó a hacer difícil conciliar
el sueño, lo resistía, temía morirse dormida
y terminar en el infierno sin haberse confesado y a pesar de
todos los esfuerzos que hizo para mantenerse recta y merecedora
del cielo cayó fácilmente en la tentación.
El primer error lo cometió el día de su primera
comunión. Ese día despertó de un ánimo
excitado y poco devoto y de un momento a otro se le ocurrió que
el evento del día era nada más ni menos que un
concurso de belleza en que las niñas competirían
por el premio del beneplácito de Dios. Entonces comenzó a
prepararse. Asistida por su abuela se vistió rigurosamente
de blanco, comenzando por la ropa interior y continuó con
el vestido confeccionado de gruesa seda, crujiente y bordada.
Luego se ató un cinto a la cintura del que colgaba una
bolsita que contenía un librito de misa un rosario de
nácar y un atado de estampitas de la virgen con su nombre
y la fecha y lugar del evento, que obsequiaría a sus admiradores
concluido el evento. Se puso los zapatos con hebilla y para terminar,
se tocó de una coronita de perlas con velo de tul y se
puso un par de guantes calados. Finalmente llegó el momento
de evaluar su obra y se observó en el espejo reconociendo
con satisfacción que el conjunto le quedaba muy bien.
Si, parecía una princesa y se sintió lista para
el concurso. Las demás niñas también llegaron
preparadas para competir y al entrar a la capilla se medían
con la mirada pero ella estaba resuelta a vencer, así es
que cuando la niña que había quedado de cabeza
de fila, justo adelante de ella, se desvaneció por los
nervios y el ayuno y salió de la capilla en brazos de
un par de monjas, no se permitió sentir compasión
y aceptó su nuevo papel de cabeza de fila sin exteriorizar
su excitación y siguió impecablemente el resto
del rito hasta el momento indicado por las campanillas y el movimiento
del sacerdote, sacristanes y monaguillos. Entonces, tal como
en los ensayos, se puso de pié y comenzó suavemente
su desfile hacia el altar, asegurándose de ir a un tiempo
con la cabeza de fila de la otra columna de asientos. Se desplazaba
como si flotara, sintiendo con placer el crujir de su largo vestido
y el peso de la bolsita que se mecía. Iba con el rosario
entre las manos unidas en actitud de oración y llevaba,
como la virgen, la cabeza un poquito inclinada hacia la derecha
y los ojos entornados. Mientras caminaba sentía cómo
el público comenzaba a perder el aliento con el espectáculo
y seguía sus movimientos sin pestañar. Finalmente,
después del dramático recorrido, llegó al
altar seguida dócilmente por el resto de las niñas
y se hincó a recibir su primera hostia, tras lo que las
dos cabezas de fila repitieron el desfile de vuelta a los asientos
sintiendo una devoción inesperada. Entonces, el órgano
de la capilla inundó cada rincón y el público,
ya presa de la emoción, sintió el apremio de las
lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos y a rodar
por sus mejillas en un mar de notas solemnes. Con esto concluyó el
espectáculo. Su éxito fue rotundo, todo el mundo
se le acercó a saludarla y a pedirle estampitas que ella
obsequiaba con gran dulzura. Pero disfrutó poco de su
triunfo porque, aunque al principio lo creyó fruto de
su propia habilidad, muy luego comprendió que aquello
había sido obra del demonio, que la había usado
para quitarle santidad a la ocasión y hacerle a Dios una
broma de mal gusto. Entonces el remordimiento le quemó el
pecho y se reprochó por haber caído tan fácilmente
en las garras del Diablo. Pasó mucho tiempo hasta que
casi olvidó el incidente pensando que tal vez había
pasado desapercibido, pero cometió un segundo error. Fue
una noche que estaba en cama, como siempre, luchando contra el
sueño y medio dormida pensó que ya se estaba hartando
de la idea de Dios y el Diablo y que todo aquello era probablemente
una fabricación estúpida. Finalmente se durmió.
En sus sueños era mecida por una mano dulce y benigna
que le producía un suave bienestar, un alivio que se prolongó un
largo instante hasta que se despertó súbitamente
cuando su abuelo entraba con urgencia al cuarto y la sacaba de
la cama en brazos para llevarla al lado de su abuela que estaba
sentada en cama con un rosario y una expresión de temor.
Por las palabras de sus abuelos pudo comprender que la mano que
la había mecido en sus sueños había sido
un fuerte temblor e inmediatamente advirtió la situación
y comprendió que comenzaba su castigo.
Ese día después de un almuerzo liviano y luego
que las sirvientas de la casa salieron a visitar a sus familiares,
salieron a hacer un recorrido en auto para observar los daños
que había causado el temblor. Los tres habían recorrido
apenas unas cuadras cuando comenzó el terremoto. El primero
en notar que algo ocurría fue su abuelo al ver que el
volante no le obedecía, entonces paró el auto y
sintieron los fuertes remesones. Inmediatamente se bajaron del
auto, dejándolo en medio de la calle. Otros hacían
lo mismo y en la calle los autos abandonados tomaban ubicaciones
arrevesadas y agitaban sus puertas abiertas como brazos discordes.
Mientras caminaba de la mano de sus abuelos en busca de albergue
veía como los postes eléctricos se cimbraban y
sus gruesos cables se cortaban azotando la calle con un chisporroteo,
como látigos de los que la gente huía despavorida.
Algunos permanecían allí donde los había
cogido el sismo, como estatuas que luchaban contra la gravedad
a duras penas. Otros, hincándose en el pavimento, rezaban
con los brazos extendidos hacia el cielo y caían al suelo
como palitroques. Aquí y allá se abrían
y se cerraban brechas en la tierra y esto, junto al aullido de
perros y la quebrazón de vidrio, exacerbaba los sentidos
y el pánico. El terremoto fue largo y cuando terminó hasta
el más incrédulo había implorado a Dios.
Los daños en casa no fueron tan graves como en muchos
lados. Hubo que reponer ventanas rotas, ventilar la casa -luego
de vaciar el sótano de vino y botellas rotas- y hubo que
devolver libros y jarrones a su lugar. La tierra siguió temblando
leve y a veces fuertemente durante meses, hasta que finalmente
todo volvió a la normalidad. Ella, que nunca confesó ser
responsable de la tragedia, supo que las puertas del cielo se
le habían cerrado para siempre. Pero pasaron muchos años,
y varios terremotos, en los que tuvo la oportunidad de ayudar
y consolar a otros. Con el tiempo aprendió a dejar de
condenarse y comprendió que Dios tiene sentido del humor.
Todo era muy simple: ella le estropeó una celebración
y él le mandó un terremoto. Hoy cree que a Dios
le gustan las niñas irreverentes pues nunca le impidió que
se hiciera independiente ni le quitó el sentimiento religioso.
Aquello fue solo una batalla, tal vez una guerra y nada más
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