La Bisagra Inicio Entrada principal Sonido Letra Imagen Multi La Foto del dia Buscar en La Bisagra Contactar La Bisagra Enlaces

Autor:

Patricia Rios

Titulo:

Juegos del sur (la guerra)

 

Llegó al sur en verano y se pasó la temporada observando el paisaje, los animales y la gente y cuando en el otoño sus abuelos la llevaron al colegio de monjas, llegó al primer grado considerándose lista para su nueva etapa. Pero no pasó mucho tiempo hasta que vio que no estaba preparada para enfrentarse a Dios y tuvo que ponerse al día aprendiendo a temerle y a hacerse conciente de su propia insignificancia. En poco tiempo ya estaba acostumbrada al sentimiento de culpa y a vivir tratando de no ofenderlo, esperando que el día de su muerte Dios se compadeciera de ella.

Esta nueva etapa de su vida exigía toda su atención y energía. En el colegio las monjas la ejercitaban en la mezcla de devoción y temor tan preciada. El Diablo comenzó a adquirir dimensiones y características definidas y aunque ella no lo dijo, concluyó que éste y Dios eran en realidad cómplices, una especie de sociedad en que el Diablo se encargaba de procurarle a Dios pecadores para que éste los castigara y se los mandara al infierno. En casa sus abuelos le compraban revistas de historietas sobre la vida de las Santas que ella hojeaba en cama bajo un crucifijo en las noches de otoño. Se quedaba dormida deseando llegar a santa, aunque fuera con las llagas y expresiones de martirio que veía en las historietas, calculando que eso era preferible a irse al infierno.
La casona de sus abuelos que había estado llena de rincones mágicos durante el verano comenzó a adquirir nuevos matices. Ahora adivinaba en ella espacios malignos que la asechaban. Desde un cierto peldaño de la escalera podía mirar por una ventana y ver una alta cruz al final de un largo camino. A veces la aterraba el crujir de las paredes de madera que reaccionaban al contraste del viento y la lluvia exterior y el calor de las salamandras dentro de la casa. Había quedado atrás el sur del verano, ese carrusel de agua fresca, fruta y abejorros dorados que le habían dado la bienvenida.

Las monjas pronto comenzaron a preparar a las niñas para la primera comunión y las empezaron a llevar diariamente a la capilla del colegio. El lugar era inmaculado y cubierto de una cúpula pintada de celeste con nubes y angelitos regordetes. En uno de los altos muros había una estatua de la virgen con la cabeza inclinada y un poco ladeada hacia la derecha, que miraba compasivamente a un grupo de niños y corderitos reunidos a sus pies. En el muro principal, detrás del altar, estaba el Cristo crucificado con sus llagas sangrantes, su sudor y su mirada de mártir que acentuaba la repugnancia que sentía empezaba a sentir a la entrada, cuando se persignaba con los dedos untados con un agua turbia y salada.

En las noches se le comenzó a hacer difícil conciliar el sueño, lo resistía, temía morirse dormida y terminar en el infierno sin haberse confesado y a pesar de todos los esfuerzos que hizo para mantenerse recta y merecedora del cielo cayó fácilmente en la tentación. El primer error lo cometió el día de su primera comunión. Ese día despertó de un ánimo excitado y poco devoto y de un momento a otro se le ocurrió que el evento del día era nada más ni menos que un concurso de belleza en que las niñas competirían por el premio del beneplácito de Dios. Entonces comenzó a prepararse. Asistida por su abuela se vistió rigurosamente de blanco, comenzando por la ropa interior y continuó con el vestido confeccionado de gruesa seda, crujiente y bordada. Luego se ató un cinto a la cintura del que colgaba una bolsita que contenía un librito de misa un rosario de nácar y un atado de estampitas de la virgen con su nombre y la fecha y lugar del evento, que obsequiaría a sus admiradores concluido el evento. Se puso los zapatos con hebilla y para terminar, se tocó de una coronita de perlas con velo de tul y se puso un par de guantes calados. Finalmente llegó el momento de evaluar su obra y se observó en el espejo reconociendo con satisfacción que el conjunto le quedaba muy bien. Si, parecía una princesa y se sintió lista para el concurso. Las demás niñas también llegaron preparadas para competir y al entrar a la capilla se medían con la mirada pero ella estaba resuelta a vencer, así es que cuando la niña que había quedado de cabeza de fila, justo adelante de ella, se desvaneció por los nervios y el ayuno y salió de la capilla en brazos de un par de monjas, no se permitió sentir compasión y aceptó su nuevo papel de cabeza de fila sin exteriorizar su excitación y siguió impecablemente el resto del rito hasta el momento indicado por las campanillas y el movimiento del sacerdote, sacristanes y monaguillos. Entonces, tal como en los ensayos, se puso de pié y comenzó suavemente su desfile hacia el altar, asegurándose de ir a un tiempo con la cabeza de fila de la otra columna de asientos. Se desplazaba como si flotara, sintiendo con placer el crujir de su largo vestido y el peso de la bolsita que se mecía. Iba con el rosario entre las manos unidas en actitud de oración y llevaba, como la virgen, la cabeza un poquito inclinada hacia la derecha y los ojos entornados. Mientras caminaba sentía cómo el público comenzaba a perder el aliento con el espectáculo y seguía sus movimientos sin pestañar. Finalmente, después del dramático recorrido, llegó al altar seguida dócilmente por el resto de las niñas y se hincó a recibir su primera hostia, tras lo que las dos cabezas de fila repitieron el desfile de vuelta a los asientos sintiendo una devoción inesperada. Entonces, el órgano de la capilla inundó cada rincón y el público, ya presa de la emoción, sintió el apremio de las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos y a rodar por sus mejillas en un mar de notas solemnes. Con esto concluyó el espectáculo. Su éxito fue rotundo, todo el mundo se le acercó a saludarla y a pedirle estampitas que ella obsequiaba con gran dulzura. Pero disfrutó poco de su triunfo porque, aunque al principio lo creyó fruto de su propia habilidad, muy luego comprendió que aquello había sido obra del demonio, que la había usado para quitarle santidad a la ocasión y hacerle a Dios una broma de mal gusto. Entonces el remordimiento le quemó el pecho y se reprochó por haber caído tan fácilmente en las garras del Diablo. Pasó mucho tiempo hasta que casi olvidó el incidente pensando que tal vez había pasado desapercibido, pero cometió un segundo error. Fue una noche que estaba en cama, como siempre, luchando contra el sueño y medio dormida pensó que ya se estaba hartando de la idea de Dios y el Diablo y que todo aquello era probablemente una fabricación estúpida. Finalmente se durmió. En sus sueños era mecida por una mano dulce y benigna que le producía un suave bienestar, un alivio que se prolongó un largo instante hasta que se despertó súbitamente cuando su abuelo entraba con urgencia al cuarto y la sacaba de la cama en brazos para llevarla al lado de su abuela que estaba sentada en cama con un rosario y una expresión de temor. Por las palabras de sus abuelos pudo comprender que la mano que la había mecido en sus sueños había sido un fuerte temblor e inmediatamente advirtió la situación y comprendió que comenzaba su castigo.

Ese día después de un almuerzo liviano y luego que las sirvientas de la casa salieron a visitar a sus familiares, salieron a hacer un recorrido en auto para observar los daños que había causado el temblor. Los tres habían recorrido apenas unas cuadras cuando comenzó el terremoto. El primero en notar que algo ocurría fue su abuelo al ver que el volante no le obedecía, entonces paró el auto y sintieron los fuertes remesones. Inmediatamente se bajaron del auto, dejándolo en medio de la calle. Otros hacían lo mismo y en la calle los autos abandonados tomaban ubicaciones arrevesadas y agitaban sus puertas abiertas como brazos discordes. Mientras caminaba de la mano de sus abuelos en busca de albergue veía como los postes eléctricos se cimbraban y sus gruesos cables se cortaban azotando la calle con un chisporroteo, como látigos de los que la gente huía despavorida. Algunos permanecían allí donde los había cogido el sismo, como estatuas que luchaban contra la gravedad a duras penas. Otros, hincándose en el pavimento, rezaban con los brazos extendidos hacia el cielo y caían al suelo como palitroques. Aquí y allá se abrían y se cerraban brechas en la tierra y esto, junto al aullido de perros y la quebrazón de vidrio, exacerbaba los sentidos y el pánico. El terremoto fue largo y cuando terminó hasta el más incrédulo había implorado a Dios.

Los daños en casa no fueron tan graves como en muchos lados. Hubo que reponer ventanas rotas, ventilar la casa -luego de vaciar el sótano de vino y botellas rotas- y hubo que devolver libros y jarrones a su lugar. La tierra siguió temblando leve y a veces fuertemente durante meses, hasta que finalmente todo volvió a la normalidad. Ella, que nunca confesó ser responsable de la tragedia, supo que las puertas del cielo se le habían cerrado para siempre. Pero pasaron muchos años, y varios terremotos, en los que tuvo la oportunidad de ayudar y consolar a otros. Con el tiempo aprendió a dejar de condenarse y comprendió que Dios tiene sentido del humor. Todo era muy simple: ella le estropeó una celebración y él le mandó un terremoto. Hoy cree que a Dios le gustan las niñas irreverentes pues nunca le impidió que se hiciera independiente ni le quitó el sentimiento religioso. Aquello fue solo una batalla, tal vez una guerra y nada más


   
 
pricipio de pagina
pagina anterior