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Autor:

Patricia Rios

Titulo:

Juegos del sur (la muerte)

 

Nací en la capital pero fue en el sur donde me hice rebelde y difícil de gobernar. Seis años tenía cuando llegué por primera vez al sur de la mano de mi abuela. No sé si habrá sido el paisaje agreste, la tierra rojiza o los volcanes lo que me inspiraron, pero desde que llegué comencé una labor de emancipación. Tuve entrenadores. Al estar todavía tan cerca del suelo me fijé mucho en los animales, los insectos y las plantas. De ellos aprendí, y cuando la ocasión lo requirió, con ellos batallé. También me entrenaron los sirvientes de la casa, los indios. Me pasaba los días a la siga de la cocinera, el jardinero y la lavandera, acompañándolos en sus quehaceres y absorbiendo su mundo, en el que el bien, el mal, la vida y la muerte eran todos parte necesaria de un todo mayor. En aquel mundo dios y el diablo coexistían, sin ser uno mejor o más importante que el otro.

Mi abuela se inquietaba con mis visitas a los aposentos de la servidumbre y trataba de contra restar la influencia que los indios ejercían en mí hablándome de la moral, del temor a dios y de lo que es civilizado. Pero mi instinto me decía que debía atender a los indios porque sabían más. Así pues, mis deseos de liberación se hicieron fuertes y encontraron expresión hasta en mis juegos más insignificantes. En el jardín descubrí un día las cuevas de araña entre los tablónes de una cerca, al final del patio. Se trataba de agujeros rodeados de un suave tejido grisáceo. Me acuerdo que me acerqué a mirar por el agujero pero vi solo oscuridad. De pronto una mosca se posó accidentalmente en la tela, quedando sus patas inmediatamente atrapadas. Entonces del agujero salió una araña negra y brillante que rápidamente envolvió a la mosca y la arrastró adentro de la cueva. En ese instante el resto del patio, y aún el mundo, desaparecieron para mí. Solo existía yo, la cueva de araña y el pánico de la muerte próxima. Frente a la cerca permanecí un buen rato presa de la oscuridad y de lo desconocido y me sentí más pequeña que lo que era. Cuando finalmente logré deshacerme del hechizo del incidente yo había cambiado. Deambulé largamente por el patio mirando todo con nuevos ojos, desconfiados y reticentes. Finalmente decidí recurrir a las sirvientas y me fui a la cocina a contarles lo que había acontecido. Pero, en la cocina, al concluir mi relato noté que las mujeres en vez de alarmarse y tratar de reconfortarme se reían y hablaban entre ellas en su idioma, hasta que una se encuclilló frente a mí y arrancándose uno de sus gruesos cabellos me dijo que el miedo no era malo. La india me pasó el cabello y me dijo que volviera a la cerca y que lo metiera dentro de la cueva. Luego se volvieron a reír todas y retomaron sus quehaceres sin prestarme mas atención. Pero yo no tuve el coraje de volver a la cerca ese día. Me guardé el pelo en el bolsillo del delantal y esa noche lo puse dentro de la funda de mi almohada.

A la mañana siguiente desperté sabiendo que iba a luchar. Me vestí, bajé a la cocina, saqué a uno de los gatos que dormitaban bajo el fogón y me lo llevé para que me sirviera de testigo. Llegué a la cerca, puse al gato en el suelo y elegí una cueva grande. Me saqué el pelo del bolsillo y con él sujeto del pulgar y del índice cerré los ojos con fuerza hasta ver olas de colores. Entonces, abrí los ojos y deliberadamente puse el pelo a la entrada de la cueva. La araña no se hizo esperar, salió de inmediato y lo atrapó haciéndome sentir sus patas como una correntada a través del cabello. Pero resistí, no solté el pelo ni lo quité del agujero hasta que el insecto desconcertado retrocedió tan rápido como había salido. Solo entonces retiré el pelo de la cueva. Permanecí de pié frente a la cerca sintiendo las oleadas de nausea que me estremecían en la oscuridad y el frío de lo desconocido que me atraía, pero esperé. Esperé hasta que mi corazón se comenzó a apaciguar y recobró su latido regular. Entonces le di la espalda a la cerca y miré el patio como por primera vez, ya no solo percibiendo los colores, olores y formas, sino la conexión entre todo lo que allí había y mi pequeño cuerpo. Entonces me fui al largo columpio que colgaba de un fuerte cerezo y me columpié, por primera vez dándome impulso a mi misma, yendo y viniendo, cada vez con más fuerza, hasta que la velocidad y el aire que me pegaba en el pecho terminaron de devolverme las fuerzas. Rato después me fui caminando a la cocina y le entregué el pelo a la india, quién lo tomó y lo lanzó al fogón sonriéndome de soslayo.


   
 
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