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Autor:

Patricia Rios

Titulo:

Tres horas

 

A las nueve de la mañana en el pabellón de psiquiatría hay una atmósfera de calma sintética, de ligero aburrimiento, de relajamiento lacio. Los pacientes y el personal son difíciles de distinguir entre sí; todos visten ropas holgadas de colores suaves y se desplazan con movimientos sueltos y algo vagos por los pisos alfombrados del establecimiento. Pero la diferencia está en los pies, los pacientes casi siempre van descalzos o en calcetines, mientras el personal calza zapatillas blandas. Después aparecen los manojos de llaves que algunas enfermeras llevan colgados al cuello con largas cadenas y se pueden apreciar los parches adhesivos en los brazos o los tobillos de algunos, producto de agujas con medicamento; esos son los pacientes. En el pabellón de psiquiatría todo está diseñado para elidir o por lo menos posponer la crisis. La luz es abundante, hay jarrones de flores en las esquinas y alegres corazones de colores pegados en las paredes y las puertas de los ascensores, aun cuando solo pueden ser abiertas desde una oficina rodeada de vidrio.

La realidad es incierta en el pabellón de psiquiatría. Es una realidad de emergencia en la que algunos son incapaces de recobrar los papeles habituales mientras otros parecen muy coherentes -actuando con dominio- como si tuvieran asuntos que atender y se sintieran perfectamente ubicados. Entran y salen de cuartos y pasillos, caminando a buen ritmo y conversan con los pacientes que recién llegan, ofreciéndoles consejo y orientación. Ocasionalmente se presentan a la oficina rodeada de vidrio para inquirir discretamente la fecha y hora en que se les dará de alta y no se muestran contrariados cuando se les niega la información. Los pacientes mayores son más entrenados, tienen los papeles mas bien estructurados, pero son mecánicos. Los jóvenes son más honestos, ven el sin sentido que los envuelve y no ocultan su depresión. Mientras tanto, los empleados del aseo se mueven en el limbo -entre mundos- ya justificando, ya criticando a los otros dos bandos. Los miembros del personal clínico y médico funcionan asiéndose a la creencia de que conocen el límite exacto entre la cordura y la demencia. Se les ve en la oficina rodeada de vidrio, contestando el teléfono, manejando computadoras y documentos y afuera, en los pasillos, abriendo y cerrando puertas con llaves y administrando medicamentos que ayudan a recordar los buenos momentos del pasado y a olvidar los malos momentos del presente y vise versa, mientras que en su ir y venir se detienen cada cierto rato a hacerle una observación jovial a un paciente que pasa con la túnica al revés o a alguien que está en un rincón arrancándose las pestañas o hablándole a la lámpara que cuelga del techo en algún corredor -pero sin llegar a hablarles directamente de lo que les aflige.

De pronto, de un cuarto sale el grito destemplado de una mujer que implora que la dejen marcharse a casa. Se abre la puerta y del cuarto sale tambaleándose la autora del grito, una anciana alta, maciza, calva y desdentada, con una larga túnica de hospital, quién sin más se desploma con un golpe seco sobre el alfombrado. Y ahí se queda, mirando al techo con una mirada perdida de ojos tan azules como el pañal de plástico que lleva puesto. El personal de la oficina rodeada de vidrio se percata de la caída y momentos después los parlantes del hospital llaman con voz suave y clara a las enfermeras número 47 y 86 pidiéndoles que se dirijan de inmediato al pabellón de psiquiatría. Llegan las enfermeras corpulentas a recoger a la anciana del suelo. A la cuenta de tres sus fuertes brazos levantan el cuerpo lacio y lo depositan en una silla de ruedas, lo regresan a su cuarto y una de ellas se queda resguardando la puerta sentada en una silla leyendo una revista que dice que los esquimales tienen mas de 100 expresiones distintas para la palabra nieve, mientras todo vuelve a la calma soporífica en el pabellón de psiquiatría. Por los parlantes cada cierto rato se oyen suaves pedidos de personal para la sala de emergencia, para la sala de parto, o el quirófano y así se deslizan las horas restantes de la mañana.

A las doce del día en la pantalla de televisión del comedor desfilan por una pasarela, con un caminar de soldado con caderas defectuosas, al compás de una música metálica, modelos famélicas de mirada perdida dictaminando el modo de vestirse para el próximo invierno. Algunos pacientes miran la pantalla mientras sorben la sopa sin reparar que ya están un invierno atrasados. Después de almuerzo se van a dormir la siesta, para luego despertar sin saber que han dormido y mirar pasar el resto del día.

   
 
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