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A las nueve de la mañana
en el pabellón de psiquiatría hay una atmósfera
de calma sintética, de ligero aburrimiento, de relajamiento
lacio. Los pacientes y el personal son difíciles de distinguir
entre sí; todos visten ropas holgadas de colores suaves
y se desplazan con movimientos sueltos y algo vagos por los pisos
alfombrados del establecimiento. Pero la diferencia está en
los pies, los pacientes casi siempre van descalzos o en calcetines,
mientras el personal calza zapatillas blandas. Después
aparecen los manojos de llaves que algunas enfermeras llevan
colgados al cuello con largas cadenas y se pueden apreciar los
parches adhesivos en los brazos o los tobillos de algunos, producto
de agujas con medicamento; esos son los pacientes. En el pabellón
de psiquiatría todo está diseñado para elidir
o por lo menos posponer la crisis. La luz es abundante, hay jarrones
de flores en las esquinas y alegres corazones de colores pegados
en las paredes y las puertas de los ascensores, aun cuando solo
pueden ser abiertas desde una oficina rodeada de vidrio.
La realidad es incierta en el pabellón de psiquiatría.
Es una realidad de emergencia en la que algunos son incapaces
de recobrar los papeles habituales mientras otros parecen muy
coherentes -actuando con dominio- como si tuvieran asuntos que
atender y se sintieran perfectamente ubicados. Entran y salen
de cuartos y pasillos, caminando a buen ritmo y conversan con
los pacientes que recién llegan, ofreciéndoles
consejo y orientación. Ocasionalmente se presentan a la
oficina rodeada de vidrio para inquirir discretamente la fecha
y hora en que se les dará de alta y no se muestran contrariados
cuando se les niega la información. Los pacientes mayores
son más entrenados, tienen los papeles mas bien estructurados,
pero son mecánicos. Los jóvenes son más
honestos, ven el sin sentido que los envuelve y no ocultan su
depresión. Mientras tanto, los empleados del aseo se mueven
en el limbo -entre mundos- ya justificando, ya criticando a los
otros dos bandos. Los miembros del personal clínico y
médico funcionan asiéndose a la creencia de que
conocen el límite exacto entre la cordura y la demencia.
Se les ve en la oficina rodeada de vidrio, contestando el teléfono,
manejando computadoras y documentos y afuera, en los pasillos,
abriendo y cerrando puertas con llaves y administrando medicamentos
que ayudan a recordar los buenos momentos del pasado y a olvidar
los malos momentos del presente y vise versa, mientras que en
su ir y venir se detienen cada cierto rato a hacerle una observación
jovial a un paciente que pasa con la túnica al revés
o a alguien que está en un rincón arrancándose
las pestañas o hablándole a la lámpara que
cuelga del techo en algún corredor -pero sin llegar a
hablarles directamente de lo que les aflige.
De pronto, de un cuarto sale el grito destemplado de una mujer
que implora que la dejen marcharse a casa. Se abre la puerta
y del cuarto sale tambaleándose la autora del grito, una
anciana alta, maciza, calva y desdentada, con una larga túnica
de hospital, quién sin más se desploma con un golpe
seco sobre el alfombrado. Y ahí se queda, mirando al techo
con una mirada perdida de ojos tan azules como el pañal
de plástico que lleva puesto. El personal de la oficina
rodeada de vidrio se percata de la caída y momentos después
los parlantes del hospital llaman con voz suave y clara a las
enfermeras número 47 y 86 pidiéndoles que se dirijan
de inmediato al pabellón de psiquiatría. Llegan
las enfermeras corpulentas a recoger a la anciana del suelo.
A la cuenta de tres sus fuertes brazos levantan el cuerpo lacio
y lo depositan en una silla de ruedas, lo regresan a su cuarto
y una de ellas se queda resguardando la puerta sentada en una
silla leyendo una revista que dice que los esquimales tienen
mas de 100 expresiones distintas para la palabra nieve, mientras
todo vuelve a la calma soporífica en el pabellón
de psiquiatría. Por los parlantes cada cierto rato se
oyen suaves pedidos de personal para la sala de emergencia, para
la sala de parto, o el quirófano y así se deslizan
las horas restantes de la mañana.
A las doce del día en la pantalla de televisión
del comedor desfilan por una pasarela, con un caminar de soldado
con caderas defectuosas, al compás de una música
metálica, modelos famélicas de mirada perdida dictaminando
el modo de vestirse para el próximo invierno. Algunos
pacientes miran la pantalla mientras sorben la sopa sin reparar
que ya están un invierno atrasados. Después de
almuerzo se van a dormir la siesta, para luego despertar sin
saber que han dormido y mirar pasar el resto del día.
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