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No tuve que esperar demasiado para
ver pasar el cadáver de mi enemigo. Sucedió inesperadamente
pronto. Quizá esa misma sorpresa fue la que me mantuvo
en vela toda la noche. A mi hermano lo habían pescado
con un cargamento de cocaína en la frontera. ¿Qué frontera?,
me pregunté.
Lo oí por radio mientras daba vueltas la cuchara de
madera dentro de la olla con leche y azúcar. Preparaba
dulce de leche. Entonces me sobraba el tiempo, ahora también.
Llegaba de la peluquería y no tenía nada que hacer.
Pensar que antes no tenía un minuto libre: volvía
del trabajo para atender a mis hijos. También para atender
a mi ex marido, hasta que pude librarme de él.
A veces logro hojear algún diario. Parece que el grupo
era muy grande. Mi hermano aportaba la flota de taxis. Esa con
la que tanto impactaba a mamá. Antes habían sido
los desarmaderos de autos. A mamá le compró una
casa nueva con jardín, pileta y quincho cubierto. A mí no
me dieron ni un centavo. Se hacían unos asados fantásticos,
parece. Una vez le pregunté a mamá si podía
ir un domingo con los chicos. Nos tomaríamos un remise
desde el centro de Salta, donde vivimos, hasta San Lorenzo.
Yo conocía San Lorenzo por las veces que había
ido con mamá de chica. Ella miraba esas casas y se volvía
loca. Ahora que lo pienso, porque me sobra el tiempo para pensar,
creo que se volvió más loca cuando se mudó ahí.
Perdió la identidad, que le dicen, como unos cantantes
jujeños que se fueron a Buenos Aires, de ahí a
España y después a Francia. Como se les terminó el
repertorio, empezaron a usar trajes que ni en Jujuy se conocen.
Mezclaban tango con palabras en quechua o guaraní. Al
fin uno se volvió, para contar la historia. Pero mamá no
volvió, ella se quedó en San Lorenzo. No sé de
qué hablará ahora con las amigas nuevas que se
había hecho, con las que tomaba el té. A mí nunca
me invitó, sin siquiera darme explicaciones. Tampoco me
dijo por qué había empezado a ir a ver a mis hijos
a la casa del padre, meses después de que Juan y yo nos
separamos.
Mi hermano está radicado en Tucumán desde que
se fue a estudiar a la universidad. Allá estudió para
contador. A él lo dejaron, a mí, no, para qué iba
a estudiar siendo mujer. No me lo dijeron así, no me lo
dijeron de ninguna manera. A mí no se me informaba de
nada, se hacía nomás.
Desde que le compró a mamá la casa en San Lorenzo,
cada vez que viene para en su casa. Antes iba a un hotel en el
centro, entonces nos veíamos. No sé, quizá yo
hacía un esfuerzo. Pero bueno, era mi hermano, pensaba
siempre. También intentaba que los chicos lo vieran, era
el tío. Néstor aparecía de golpe, en horarios
raros. Yo hacía lo imposible para acomodarme, me iba temprano
del trabajo y corría a verlo. Salía como si fuera
un incendio.
Tráfico de cocaína, así se
titulaba el artículo. Yo no leo los diarios. Me aburre.
Lo que más sale son malas noticias y de eso ya he tenido
suficiente. Me lo dijo una clienta, parece que era el cargamento
más grande del siglo o algo así. Un auto lleno
de cocaína, casi hecho de cocaína. Mi hermano le
echó la culpa al taxista que lo manejaba. Que lo estafaban
dice. Era como un negocio paralelo.
Desde entonces compro el diario, solamente para leer las noticias
sobre Néstor. Es una forma de compañía.
Es otra forma de olvidarme del momento en que se llevaron a los
chicos. De tratar de olvidarme. Ya sé que no
puedo. Pienso siempre en mis hijos, solamente en eso. Ya sé que
no los voy a poder recuperar, me declararon inepta como madre.
Estaba todo arreglado, mi hermano pagó al juez. Y yo como
una tonta creyendo que mi hermano me quería, que estaba
de mi lado. Después me enteré de que mamá iba
a ver a mis hijos a la casa del padre. A mí dejó de
llamarme.
Había decidido ir una vez por semana al Cine Club, siempre
me había gustado ver películas raras. Ahí pasaban
de esas que dan solo en Buenos Aires. Una compañera de
la peluquería me dijo que iba, y que si yo quería
ir… Entonces empecé a ir los miércoles.
Era una distracción nomás, ni siquiera encontré un
hombre con quién salir.
A veces, entre sueños, me acuerdo de la psiquiatra que
me hacía esas preguntas, que después resultó que
había contestado todo mal. Le conté la verdad:
que nos pegaba a los tres, que tomaba mucho, cada vez más.
Llegaba tarde a casa, yo no sabía dónde pasaba
el día, me quería separar. Le teníamos miedo.
Nos amenazaba. En realidad, yo ya prefería que no volviera.
Cada vez que hablábamos discutíamos. Le dije que
no quería hablar con él porque me interrumpía,
hablaba encima mío. Se enojaba. Sus monólogos eran
cada vez más largos. Usé las palabras más
correctas que encontré. Fui puntual, igualmente me hicieron
esperar dos horas. Llegué al trabajo después del
mediodía.
“Se niega al diálogo”, ví que escribió.
Solamente eso. Le hablé durante una hora y media. Me hizo
muchas preguntas. ¿Cómo iba a reemplazar al padre
de mis hijos? ¿Por qué les permitía que
no lo vieran? ¿Ayudaba a que se encontraran? ¿Les
hablaba bien a mis hijos de su padre?
Era una mujer con voz ronca, teñida de rubio. Hablaba
encima de lo que yo le contestaba. Se nota que había hablado
antes con el papá de los chicos. Me doy cuenta ahora.
En el momento fue todo como una ráfaga. Estaba convencida
de que tenía razón, en cambio, para ellos, resultó que
era culpable.
Vino el oficial de justicia, o dos oficiales de justicia, la
abogada, el padre, no sé quién más. Le dijeron
a la pobre Clarita que si no abría la puerta se la tiraban
abajo. Venían a llevarse a los chicos, tenían una
orden judicial. Clarita quedó siempre asustada. El papel
quedó sobre la mesada de la cocina durante mucho tiempo.
Esos sellos, ese membrete…Lo único bueno de que
todo esto se haya terminado es que ya no recibo esos papeles.
Procesados con prisión preventiva ,
así decía en el diario. Se referían a mi
hermano y a uno de sus amigos de la infancia, al que le decían “Pichi”.
Les habían dado ocho años de cárcel, contrabando
agravado de estupefacientes, drogas peligrosas, red de conexiones
con otras partes del país. Hasta tenían socios
en Buenos Aires y Montevideo. Entonces ya no nos volveríamos
a ver. Fue un alivio, claro. Cuando venía de visita a
Salta me obligaba a ir a almorzar a lo de mamá. Tenía
que salir corriendo de la peluquería, perderme clientas,
tomar un taxi hasta San Lorenzo. También me perdía
clientes, hay hombres que, a escondidas, se hacen las manos.
Son de toda clase, yo no pregunto. Sé que en otros lados
andan tranquilos. Aquí no, aquí andan con vergüenza.
Lo cierto es que en colectivo no llegaba: me avisaban a último
momento. Siempre llegaba tarde, me miraban con mala cara. Gastaba
tanta plata en remises, ida y vuelta, pero bueno, él lo
quería así. Ya descansaré cuando se vaya,
pensaba mientras corría.
Dos años más tarde, de pronto y sin que nadie
me avisara nada aparecieron los chicos en casa. Hacía
tres días que el papá no estaba, me dijeron. El
martes, cuando llegamos de la escuela, papá no estaba
y todavía no vino, me dijo Tobías. Los abracé durante
un largo rato, no sé, habrán sido días.
Los encontré grandes. En un mes habían crecido
muchísimo. Quizá la vez que más habían
crecido. Justo les tocaba venir en esos días. Estaban
sucios, hambrientos, no habían hecho los deberes de la
escuela. María estaba llena de piojos. Llegaron con los
guardapolvos puestos, los puños negros, los lavé dos
veces. Fue una fiesta. Decían que, al día siguiente,
volverían a lo del papá después de la escuela.
Si no estaba, vendrían a casa. Así se fueron quedando
otra vez en casa.
El otro día tocaron el timbre. Los chicos estaban tomando
la merienda. Nos quedamos duros de miedo. Supe que tenía
que atender. De nada serviría escondernos en caso de que
fuera el padre. Vendría otra vez con los oficiales de
justicia.
Ante nuestra sorpresa, no era el padre de mis hijos. Era mi
hermano, estaba igual que siempre. No parecía haber estado
en la cárcel. O sí, él era capaz de pasarla
bien en cualquier lado. Todas eran buenas experiencias, de todo
sacaba una conclusión y tenía algo para enseñarme.
“Estuvo bastante bien lo de la cárcel. Salí por
buena conducta, me conmutaron la pena. En vez de ocho años
fueron dos. Me organicé muy bien el trabajo. Va a andar
mejor la empresa. Compré tres combis, con el tema del
turismo la cosa se mueve. Pero además, tengo la mejor
noticia que te puedas imaginar: me caso dentro de dos meses.
Tenés que conocer a mi novia, se llama Karina, tiene veintiséis
años, un masters en relaciones públicas.
Estamos realmente enamorados, tenemos mucho en común.
Nunca me había pasado algo así en la vida. Mamá ya
la conoce, se llevaron super bien. Doy por sentado que vas a
venir con los chicos, va a ser de largo informal”.
Me entregó una invitación a su casamiento. A
los chicos ni los saludó. La abrí, empezó a
sonar una música. Luego una voz decía que se casaban.
Había fotos de ellos dos que salían por todas partes.
Besándose, de la mano, abrazados. Ella era rica, sí,
una nena de cabello castaño y ojos verdes. Vaya a saber
cómo sería cuando pasara los treinta y cinco.
Permanecí inmóvil. Largo informal. Sentí la
misma que presión de siempre por cumplir. Me dije que
no, una y otra vez. Ellos me habían sacado a mis hijos. ¿Cómo
iba a ir a su casamiento? Y me lo seguí repitiendo durante
varias semanas: no tengo que ir a ese casamiento, no tengo
que ir a ese casamiento.
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