| La galería de arte donde
voy a exponer mis acuarelas queda a la vuelta del edificio donde
pasé los primeros veinte años de mi vida. Cada
vez que camino frente a la entrada giro involuntariamente la
cabeza para mirarla. Las dos grandes puertas de madera marrón
claras a veces están abiertas y otras cerradas, depende
del horario. A pesar de todo, sé que en mi infancia allí tuve
algunos momentos de felicidad. A veces mamá parecía
animada. A veces su pelo rubio, lacio y largo relucía.
Otras veces nos reíamos los cuatro sentados a la mesa.
Papá ya no estaba.
Mamá vivió en el departamento de Santa Fe y Talcahuano
durante cuarenta años. Nos echó a todos. Primero
a papá, después a Joaquín y Lucio, mis dos
hermanos mayores, por último a mí.
Debo admitir que hay una persona que permaneció todos
aquellos años a su lado, se llamaba Felipa. Era baja.
Se movía con agilidad. Dormía en un estrecho corredor
lindante con la cocina donde apenas entraba una cama. Cobraba
un sueldo de sirvienta (cuando mamá se acordaba de pagarle).
Sin embargo, hacía de madre de todos, abuela, secretaria,
chef, confesora y asesora espiritual.
De acuerdo con mamá el departamento donde vivíamos
era chico, antiguo y oscuro. Se encontraba decaído por
la falta de mantenimiento. Había que volver a decorarlo.
Algo de eso era cierto. Pero lo que era particularmente pequeño
era el corazón de mi madre. Ahí no cabía
nada ni nadie.
Mamá no hacía más que recordarme que ella
había crecido en San Isidro. Y que no había asistido
a una escuela estatal como la mía sino a un colegio inglés.
Nosotros íbamos a la escuela con un delantal blanco encima
de la ropa de calle. A mamá le daba rechazo el guardapolvo.
A los colegios ingleses se llevaba puesto un uniforme con corbata.
A pesar de que a mamá una maestra le tiraba tizas cuando
se portaba mal y de que había aprendido nada más
que inglés, su opinión se mantenía inamovible. “Yo
fui a escuelas mucho mejores que vos”, afirmó. Me
lo dijo en inglés. Idioma que, en general, mezclaba con
un aporreado castellano.
Cuando viajábamos en taxi, mamá solía
criticar en inglés la forma en que manejaba el taxista.
Decía, por ejemplo: “This guy is nuts”.
Seguía hasta que el chofer se daba vuelta abatido y le
respondía: “Señora, yo también hablo
inglés”.
Según mamá, papá la había dejado.
Se había marchado con una profesora de filosofía,
igual que él. La palabra filosofía sonaba ajena
en boca de mamá. La palabra poesía, también.
A éso se dedicaba papá en sus ratos libres. “Tres
hijos pero él escribía poesía, en vez de
ganar más dinero. Un intelectual, un izquierdista de salón”.
En cambio mamá vivía en lo que ella denominaba
la realidad: su trabajo de secretaria bilingüe, o de intérprete.
Hasta que terminaba irremediablemente peleada con quien la contratara.
Los sábados por la mañana mamá me llevaba
de paseo. Primero debía acompañarla a la peluquería.
Luego me arrastraba por la avenida Alvear o la calle Arroyo.
Entrábamos a exclusivas boutiques de haute
couture con nombres como L´Interdit o La
Clocharde. Ninguna de las clientas comprendía esas
palabras ni las sabía pronunciar. En Buenos Aires, en
la década del setenta, el francés había
dejado de ser el idioma culto. Las vendedoras, mientras mantenían
largas conversaciones telefónicas, miraban de arriba abajo
a cada persona que osaba cruzar el umbral de la puerta. Ponían
la mano sobre el auricular con el único propósito
de balbucear algún precio inverosímil. Mamá se
probaba casi todo lo que había en el negocio. Solía
dejar alguna prenda señada que luego retiraría,
el día que lograra juntar el dinero.
Joaquín le propuso que se comprara la ropa en negocios
más económicos, sobre la avenida Santa Fe. Mamá lo
miró desafiante, ofendida. Lanzó una carcajada
irónica. Tales negocios no eran para ella. Quizá ese
era uno de los grandes problemas de mi madre: había nacido
ofendida. Cualquier comentario que le hacíamos la devolvía
a la ofensa inicial.
Mis hermanos se fueron juntos. Dieciséis años
uno, diecisiete el otro. Yo tenía trece. Mamá no
los aguantaba más. No le hacían caso. Uno se excedía
en el estudio, el otro se levantaba demasiado tarde. De un día
para el otro, no hubo más hombres en casa. La primera
noche que cenamos solas Felipa me puso el individual frente al
de mamá. Hasta entonces siempre me había sentado
a su lado. Quizá fue la primera vez que mamá y
yo nos miramos. Me generó cierta expectativa.
“No sabés lo que eras durante la adolescencia.
Insoportable. ¡Las cosas que hacías! ¡Había
que aguantarte!”, repetía mamá años
más tarde. Las madres de mis amigas o de los chicos con
los que salía opinaban lo contrario. Sin embargo, mamá estaba
totalmente convencida de sus apreciaciones.
Los hombres que habían conformado mi familia emigraban
cada vez más lejos. Papá residía en Bariloche.
Mis hermanos se habían ido al Hemisferio Norte, uno a
California, el otro a París. Según mamá,
era culpa de papá. El los había incentivado. Les
había metido en la cabeza la idea de que se fueran del
país. El intempestivo nacionalismo de mamá me resultó inexplicable.
Mamá tenía algún que otro novio ocasional,
yo había dejado de aprender los nombres: no valía
la pena. Felipa les cocinaba platos exquisitos como calamares
rellenos o soufflé de verduras. Panqueques de
naranja o isla flotante de postre. Estos señores deglutían.
Luego se iban. Yo comía en silencio, sentada otra vez,
al lado de mamá.
Al terminar el secundario comencé a cursar Bellas Artes.
En particular, me interesaban el dibujo a lápiz y las
acuarelas. También asistía a clases de expresión
corporal. Mamá me sometía a largos interrogatorios
acerca de qué era eso. En qué se basaba. De qué vivía
la gente que se dedicaba a semejantes actividades. Yo hacía
malabarismos lingüísticos para darle respuestas coherentes.
Deseaba tranquilizarla. Mientras advertía que, hablando
del cuerpo, mamá nunca me había abrazado.
Cuando tenía veinte años, desde el otro lado
de la mesa de madera con bordes en madera más clara, mamá me
instó a que aportara dinero para mis gastos en casa. Meses
antes me había asegurado que podía permanecer en
casa hasta que terminara de estudiar. No alcancé a contestarle.
Trajo una lista que incluía la mitad de todo, hasta del
sueldo de Felipa. Papá todavía le pasaba dinero
a mamá para mis gastos. Mis hermanos le mandaban dinero
de afuera en sendas monedas extranjeras. Sin embargo, el dólar
uno a uno le había hecho perder la diferencia en el cambio.
Según mamá, las monedas extranjeras ya no servían.
Había que ganar en pesos.
Me fui de esa vivienda que escasas veces había sentido
como un hogar.
Mis dibujos iban cada vez mejor. La profesora me estimulaba.
Me dedicaba con pasión a los retratos. A veces iba a almorzar
a lo de mamá. Ella se la pasaba hablando por teléfono.
Yo comía sola en el living comedor. Conversaba con Felipa
que se quedaba de pie a mi lado, luego de traerme orgullosa cada
uno de los platos: la entrada, el plato principal y el postre.
Al final me ofrecía un café. Mamá seguía
en el teléfono pero ya iba a colgar, me aseguraba.
Jorge, un legendario pretendiente de mamá, empezó a
ir a cenar con ella asiduamente. Me sorprendió. Mamá solía
hacerse negar a sus incansables llamados telefónicos.
Algunas veces había logrado venir de visita. Hundido en
los almohadones de plumas del sofá con tapizado búlgaro
asomaban su prominente panza redonda, su papada sostenida por
el cuello de una camisa abrochada hasta el último botón
y la nariz aguileña. Mamá escuchaba con impaciencia
los interminables e inconexos relatos de Jorge. “Es un snob,
siempre el mismo exagerado”. Había salido con mamá durante
la adolescencia. El amor de Jorge por mamá seguía
indemne tres décadas más tarde. Terminó viviendo
con mamá en el departamento de la avenida Santa Fe.
Al poco tiempo me casé, tuve dos hijas y me separé.
Mi marido se fue cuando nuestra hija menor daba sus primeros
pasos. Me quedé viviendo con las chicas en el departamento
de San Telmo. Fue un alivio, volví a dibujar con mayor ímpetu.
Desde que cambié el primer pañal, hasta que inscribí a
mis hijas en la escuela y les hice programas con amigos, tuve
la nítida sensación de que mamá, no había
hecho nada de eso por mí.
Para suerte de mamá, Joaquín ganó fortunas
en Syllicon Valley. Le regaló una gran suma de
dinero. Mi hermano me contó que mamá y Jorge se
mudaron a un departamento suntuoso en la avenida Figueroa Alcorta
y Casares. La vista abarca desde el jardín japonés
hasta los parques de Palermo. Al fondo, se ve el monumento a
los españoles. Mamá lo invitó a que viera
la reforma que había hecho. Joaquín pensó en
voz alta, me dijo cuánto había gastado mamá en
comprar esa propiedad y cuánto en refaccionarla. “Mamá nunca
se va a convertir en un ser racional” afirmó, negando
con cabeza.
Ahora tengo treinta y cinco años, hace cuatro que no
la veo a mamá. Cada tanto me entero que viaja a visitar
a alguno de mis hermanos. No me avisa cuándo va ni cuándo
vuelve. Estoy preparando el material para una exposición
de acuarelas. Una de las que más me gustan es la que estoy
terminando en este momento. La dibujé a mamá. La
retraté joven, como yo la recuerdo, como yo la amaba.
Alta, delgada, con su pelo rubio lacio y sus ojos marrones. Hermosa
y gélida. También me dibujé a mí,
a su lado, a los siete años. Yo busco sus ojos con admiración,
me desvivo por que esa mujer se decida a ser mi madre. Sin embargo,
la mirada de mamá apunta hacia otro lado. |