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Autor:

Rafael Edwards

Titulo:

Aniversario

 

Mi abuela despertó con dificultad esa mañana. Un fuerte resfrío la había mantenido despierta durante la noche, así es que, a pesar del sol que se filtraba por los postigos y que ya comenzaba a calentar el dormitorio, la abuela decidió permanecer en cama.

Yo estaba jugando en el patio del medio, cuando sentí su voz, pidiéndome una taza de té. Cuando se lo llevé, se incorporó en la cama, apostando las almohadas detrás de su espalda para poder sentarse con mayor comodidad, y comenzó a escobillar sus cabellos grises. De un velador al lado de la cama sacó una toalla pequeña, la untó levemente en una palangana de agua perfumada, se la pasó por la cara y el cuello y la volvió a colocar sobre el velador.

- Quiero estar bonita- me dijo. Hoy es un día especial. Fernando y yo estamos de aniversario.

Me senté a los pies de la cama, ojeando una revista en francés, mientras la abuela saboreaba su té.

- ¿Puedes abrir esos postigos, mi amor? quiero que entre luz.

Afuera todo estaba calmado. A lo lejos se sentía el rumor de la calle, y desde el fondo del jardin, el intermitente arrullo de gallinas y palomas.

Abrí las persianas y volví a sentarme en la cama, y al hacerlo me quedé inmóvil, mirando absorta la perilla de la puerta que giraba lentamente. Este movimiento fue seguido por el de la puerta misma que se abría con un leve crujido. Nadie. Yo continuaba inmóvil, con la vista fija en la perilla de la puerta que ahora volvía girando sobre sí misma a su posición original.

-Ay, no te preocupes, linda, si es Fernando que acaba de entrar. Mi amor, - dijo con suavidad- ¿quieres dejarnos un ratito solos? tenemos mucho que conversar.

Yo me levanté rápidamente, como cohibida ante esta nueva presencia en la pieza, y cuidadosamente, pegada a la muralla, llegué a la puerta y salí.

Casi instintivamente dejé la puerta entreabierta. En ese momento creo que lo hice con la intención de escuchar, pero luego me dió pudor y volví a salir al patio.

Estuve ahí por un largo rato, quizá una hora, jugando con una manguera, viendo como se formaban ríos con las grietas y desniveles entre las baldosas del piso. De tanto en tanto escuchaba la voz de mi abuela, suave, pausada, sin poder distinguir las palabras.

Después de un rato, ya casi todo el patio estaba mojado y no quedaban baldosas secas para hacer nuevos ríos. Fuí a apagar la manguera y en eso sentí que la abuela me llamaba.

Entré a su pieza muy lentamente, en puntillas, fluctuando entre el temor y la curiosidad.

La abuela estaba sentada exactamente como la dejé, con una sonrisa que mostraba sus dientes blancos y le arrugaba toda la cara.

-Acércate- me dijo.

Me fui a sentar a su lado, sin atinar a hablar. ¿Ya se fué? pregunté finalmente, con una voz que yo misma casi no oí.

-¿Sabes qué? me dijo- Fernando estaba tan cariñoso que hasta me quitó el resfrío. Mira- y respiró profundamente por la nariz. -Es un hombre muy dulce, lástima que no lo hayas conocido.

La abuela estiró su mano hacia un ropero que había al otro lado de la cama.

-Ahí-dijo-en el segundo cajón. Hay un libro con tapa de cuero....tráelo para acá.

Le pasé el libro, y de entre sus páginas sacó una vieja foto color sepia.

-Este es Fernando, tu abuelo.

En la foto estaban la abuela y el abuelo, los dos de pie, enfrente de una casa de campo, de esas que tienen una escalera que lleva a una terraza cubierta, donde está la entrada de la casa.

La abuela se veía bastante más joven que ahora. Su pelo todavía no tenía canas, y tenía puesto un vestido color claro.

El abuelo, delgado, un poquito más alto que la abuela, vestido con un terno oscuro, muy derechito y serio.

Me quedé mirando la foto por un largo rato, tratando de calzar la imagen de ese hombre menudo de nariz aguileña, con la presencia que había recién salido de la pieza. No lograba integrar las dos cosas en mi cabeza, pero seguía sin apartar los ojos de la foto. Después de un rato, sin saber más qué hacer, devolví la foto al libro, y estaba a punto de cerrarlo, cuando vi, con toda claridad que el abuelo en la foto me hacía un guiño. Miré inmediatamente a la abuela, pero ella estaba levantándose, buscando su bata, y no había visto nada. Volví a mirar la foto, y estaba igual que antes, simplemente una foto vieja, como si nada hubiera sucedido.

Cerré el libro. Salí con la abuela de la pieza y no hablé en todo el día.

 

   
 
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