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Autor:

Rafael Edwards

Titulo:

Ida y vuelta

 

¿Hay vida inteligente en otros planetas?.¡Qué va!, si ni siquiera está claro de que haya vida inteligente en ESTE planeta. ¿Donde está esa inteligencia de especie, que no se manifiesta?

No hay una sensación compartida de que existimos. La mirada se ha transportado a lo que está afuera de nosotros, y a medida que esto sucede, nos vamos desmaterializando. Nos miramos a través de los otros, luego miramos nuestro aspecto a través de los otros, luego miramos nuestra vestimenta a través de los otros, hasta que "no queda nada dentro"

Quizá si miráramos mucho más afuera, siguiendo con la lógica, o hipótesis de que el espacio es curvo y toda linea recta termina aquí, podríamos llegar finalmente a reencontrarnos con nosotros mismos.

Hagamos la prueba. Me voy hacia afuera, atravesando mi piel, pasando por los objetos cercanos, las personas que me rodean, sigo más allá en la distancia, hasta donde ya no distingo los objetos. Luego comienzo a proyectar mi mirada y mi imaginación más afuera aún, hacia el espacio que rodea la tierra. Me transporto y de ahí veo las montañas, los valles, los ríos que serpentean como hilitos de plata. Luego paso a través de las nubes y ya no distingo claramente las formas, y comienzo a percibir la curvatura de la tierra. Ahora ya he salido de la atmósfera y todo está oscuro. Distingo algunas estrellas, recortadas contra el perfil de la tierra que se va haciendo cada vez más pequeña. Alrededor mio el espacio, inmenso, negro, interminable. Busco más allá en esta inmensidad. Me concentro en una estrella lejana, y me voy moviendo en esa dirección, succionado por su luz y por la esperanza de.....

me acerco cada vez más, su luz brillante me enceguece a medida que me acerco. Entro en la estrella, que es luz y silencio, sólo luz. Y luego sigo mi camino, buscando. Noto que hay un pequeño planeta que brilla con un color rojizo, voy hacia allá. Al llegar noto que su superficie está cubierta por líquidos rojos, y amarillos, y me paseo hasta dar la vuelta completa. Sigo, buscando algo que me dé la respuesta. Me remonto nuevamente hacia las inmensidades del espacio, recorriendo estrellas y planetas rocosos, grises, azules y amarillos. Sólo rocas, rocas que flotan inmóviles desde siempre y para siempre. Comienzo a sentirme muy solo. Nada. encuentro un asteroide pequeño y me siento en él a mirarlo todo.

Puedo ver en todas las direcciones, todo está negro. Mi búsqueda ha fracasado. No hay seres vivos. No hay marcianos verdes, ni cíclopes en alfa centauro. Sólo pienso en la tierra, esa casualidad improbable. Esa conjunción única que es la vida, los animales, la gente de la tierra. Es casi milagroso que esto exista. me acerco a la tierra, a gran velocidad, lleno de anticipación, buscando desesperadamente lo humano, esa humanidad divina, consciente de su pasado y su destino. Esa humanidad que rehusa morir, que lucha cada día por encontrar un sentido en su existencia. Añoro esas miradas humedas y perdidas, esas caras llenas de preguntas, esa chispa en el ojo que quien guarda un secreto. Me acerco más y más, ya distingo un oceano a traves de las nubes, sigo descendiendo y veo luces a la orilla del mar, me dirijo a ellas. Es una ciudad, una gran ciudad, ahora distingo vehículos que circulan por una carretera, bajo más aún, veo las calles, y así hasta que desciendo sobre tierra firme. Miro en todas direcciónes. Una calle vacía en medio de la noche. Bueno, casi vacía, porque veo dos figuras que se acercan lentamente en mi dirección. Vienen conversando o cantando, bamboleándose de derecha a izquierda. Siento fuertes risotadas. Se detienen al llegar a mí. Un hombre y una mujer. El tipo me mira con el costado de la cara, saca un cuchillo, me lo pone en el cuello y la mujer me mete las manos en los bolsillos, registrando todo. Luego de vaciar mis bolsillos, se apartan unos metros y comienzan a revisar lo que me han sacado, rápidamente. Una mirada furtiva del hombre en mi dirección, y luego emprenden nuevamente su camino hasta desaparecer en una esquina. Ahora todo es silencio. Me siento y miro en todas direcciones. Todo obscuro, no hay nada. Sin embargo tengo una sensación de que aquí está todo. Cada adoquín de la calle está hinchado de sentido, cada ladrillo de cada muralla, es una intención, es parte de algo que pasa por mí como un hilo que atraviesa una aguja, para luego torcerse y anudarse en un tejido que se va construyendo sin cesar, paso a paso, minuto a minuto.

Me levanto y me dirijo a una calle ancha, con mucho tráfico, mucho ruido y mucha gente. Camino entre ellos, y siento que una gran esperanza hincha mi pecho.

 

   
 
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