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Autor:

Pedro Raul Noro

Titulo:

ARTE, PERCEPCIÓN, SENSIBILIDAD Y SU RELACION CON LO SOCIAL

 

1.- CONSIDERACIONES PRELIMINARES.

El arte, es un tema obviamente relacionado con la actividad creativa del ser humano y particularmente con el ámbito de lo estético. Es una actividad que tiene que ver con distintos factores como son la intención, la percepción, la sensibilidad, la memoria. Como tales factores configuran condiciones indispensables que hacen posible el arte, vale la pena considerar cada uno de ellos por separado, advirtiendo que se analizará también el punto de vista y el marco de creencias a partir del cual el artista desarrolla su trabajo. En este último caso, veremos además como el contexto socio-cultural que enmarca el mundo del artista, tiñe su actividad no solo en cuanto a la calidad de la obra, sino también respecto del tipo de respuestas que genera y las eventuales influencias que el artista provoca sobre tal realidad.

Debemos advertir sin embargo que en este trabajo no haremos avances teóricos sobre temas de estética y similares, sino mas bien nos ocuparemos de describir el proceso interno de construcción de lo artístico, sus pasos y su resultado en una "obra de arte" a partir de la cual se manifiesta claramente lo social. Se trata del esclarecimiento de un acto lanzado desde lo más interno de la conciencia hacia el "mundo", ámbito donde éste completa y enriquece su desarrollo trascendental.

2.- LA INTENCIÓN.

Antes que nada, digamos que el arte tiene su nota en la intención. No hay arte sin intención; es decir, no hay arte porque sí. Hay arte porque tal necesidad surge de alguien que necesita expresar algo (una vivencia, una idea, un proyecto) en el campo de lo estético a través de un signo, un símbolo o una alegoría. Se trata de un proceso que comienza con un acto y se resuelve en un objeto lleno de sentido y significado. En ocasiones, ese acto aparece como pulsión de las vísceras mismas, como un estímulo que exige primero su resolución en el campo perceptual y luego en el Espacio de Representación del artista. Demanda además, un tipo de material (vehículo adecuado) y un modo de producción para convertir tal impulso en un "objeto artístico" que pueda ser apreciado por todos. Y esa impronta intencional es válida para todo el espectro del arte, aunque esto no significa que no haya diferencias entre distintos tipos de arte.

Por ejemplo, existe el arte Zen, que no tiene "utilidad material" alguna y también aquel que se expresa a través de expresiones populares masivas como un concierto en un parque público, destinado a "enganchar" a una multitud. Pero en ambos casos hay una intención, un "telos" que guía su resolución. Siguiendo con el ejemplo: en el caso del arte Zen, éste tiene que ver con la presentación -dentro de determinadas condiciones- de un camino hacia (o el dar testimonio de) la "iluminación" y en el otro caso, el del concierto masivo, tiene que ver con la provocación y el contagio de un goce colectivo primario.

Precisando aún mas: si la expresión artística resultara adecuada, un monje budista que contempla un jardín de arena Zen correctamente elaborado, de pronto puede "comprender", en un chispazo, el sentido de esa obra y hasta del mundo. En otras palabras, comprender el porqué algunas piedras así dispuestas en estructura, sobre la arena, develan un horizonte de armonía trascendental. En ocasiones, tal vivencia hasta puede liberar la mente del contemplativo para interiorizar la relación entre el uno y el todo, permitiendo reconocer "un camino espiritual hacia" que quizás a otro observador le sea indiferente. La experiencia "eleva" el tono psíquico del contemplador e incluso lo puede predisponer a recibir una "revelación" sobre el sentido de la vida misma. El monje se convierte por lo tanto en destinatario de un mensaje, de un signo que porta la obra, al igual que le sucede al anónimo integrante de una multitud -en un parque público-, que se siente contagiado y partícipe hasta la exaltación, del ritmo, los acordes y las voces de una banda rockera.

Ambos, son receptores de intenciones que se manifiestan a través de distintas formas de expresión, cuyos efectos y resolución son por cierto diferentes en el Espacio de Representación de quien las recibe. Pero además, y aparte de la intención que porta la obra, en este proceso intervienen (como se dijo precedentemente), otros factores, uno de los cuales y de suma importancia, es la Sensibilidad.

3.- LA SENSIBILIDAD.

Mucho se ha dicho y escrito acerca la Sensibilidad. En nuestro caso y atendiendo a la sicología fenomenológica diremos que se trata de un acto sensorio-emotivo. Pero vamos por partes en la explicación del asunto: por un lado y como es obvio se trata de la capacidad que la conciencia tiene de detectar o reaccionar ante un estímulo a través de receptores que convierten tal señal en información neuronal, dato que luego es estructurado por los sentidos como percepción. Por ejemplo, si nos referimos a un estímulo auditivo, diremos que el ser humano tiene posibilidad de detectar frecuencias, vibraciones sonoras -que van desde los 20 hasta 20.000 Hz- y transformarlas en percepción auditiva. Es decir estamos en presencia de un enorme espectro de posibilidades y matices a través de los cuales la conciencia registra el universo de lo auditivo. Y así sucede con todos los sentidos.

Y ya que estamos hablando del fenómeno auditivo aclaremos también que el ser humano no registra todo el espectro sonoro, existen ultrasonidos que escapan al umbral de percepción pero que existen, lo cual nos demuestra que nuestra percepción del mundo es limitada y se da en escorzos. Por lo tanto, nuestro registro del mundo es objetivamente parcial y virtualmente completado por la conciencia con la ayuda de la sensibilidad.

Pero la Sensibilidad ¿es solo sensorial? Entendemos que no. Por cierto que tiene una base sensorial y fisiológica tal como acabamos de considerar precedentemente en la percepción auditiva; pero si hablamos de la sensibilidad, tenemos que advertir que toda percepción esta también ligada a una ponderación emotiva. Dicho en otros términos, el ser humano no solo oye (registra) un sonido sino que la imagen auditiva porta en sí misma determinados atributos -merced a la memoria de percepciones anteriores configuradas junto a estados de ánimo relacionados a su vez con distintos momentos de la biografía (la trayectoria existencial) de cada cual-, que provocan mecanismos de aceptación o rechazo, de gusto o de disgusto, de placer o displacer, es decir, propiedades típicamente afectivas. En otras palabras se trata de percepciones teñidas de tonos emotivos sean éstos positivos, negativos o neutros. Y así sucede también con cada uno de los sentidos que se conjugan en el campo perceptual.

Porque para hablar desde un punto de vista fenomenológico, Sensibilidad es el registro simultáneo de la percepción sensorial y de la percepción emotiva en representaciones que cargan mayor o menor cantidad y calidad de energía psíquica. Y la tal sensibilidad juega su papel relevante tanto en la producción como en la contemplación de un objeto artístico.

Veamos cómo se desarrolla el proceso creativo en el artista desde la perspectiva de la sensibilidad.

Lo creativo se desencadena a partir de una vivencia-estímulo que lo provoca. En otras palabras comienza con determinado registro cenestésico (que se percibe como variación y hasta tensión en las señales del cuerpo propio) el que surge acompañado, al mismo tiempo, por determinado tono afectivo. Si el estímulo es poderoso, tales factores: lo sensorial y lo emotivo, se sintetizan y se expresan a través de imágenes en el Espacio de Representación del artista, cuya carga psíquica pide además resolución en el campo de lo estético. Es entonces que el artista -exigido por tal tensión- elabora un "proyecto" de obra a través del cual trata de transmitir su vivencia-estímulo, eligiendo el procedimiento operativo y el material mas adecuados. Encontrado el material y puesto en acción el procedimiento, tales factores se plasman, se conjugan en una "obra de arte" objetal externa al artista mismo, objeto artístico que pretende llevar en sí la compleja vivencia subjetiva mencionada para ponerla a disposición de todos.

Si bien el desarrollo psicológico-estructural del estímulo puede ser descripto con claridad, lo que no esta tan claro es como la obra, en cuanto objeto del mundo, lleva en sí la original carga emocional del artista, la vivencia intencional estéticamente configurada que se contagia a otros como un nuevo estímulo. Aquí se encuentra operando la magia del creador, el "toque maestro" que es indefinible. Porque, ¿quien podría describir cómo se hace realmente (además de escribir en un pentagrama las notas o llenar de pinceladas una tela) para crear el íntimo placer que suscita el mensaje contenido en un pasaje musical de Mozart, la intensa dramaticidad pictórica del "Guernica" de Picasso o la mística resolución del "Entierro del Conde de Orgaz" del Greco -atendiendo a los paradigmas de esa época-, que sin duda son universales y únicos? Esta capacidad es indescriptible; se trata del don del genio y de su expresión que no tienen traducción matemática previa.

Siguiendo con el tema, no hemos hablado aquí, en este trabajo, de técnicas, reglas y procedimientos artísticos, de leyes de armonía y ritmo, en suma, de criterios y teorías estéticas, porque entraríamos en un mundo de términos discutidos, poblado de antepredicativos (juicios previos), hipótesis y conceptos elaborados por distintas escuelas que si bien son más que interesantes, no son nuestro objetivo. Hemos tratado de describir procesos creativos y no teorizar sobre ellos. Sólo diremos que la belleza aparece como el registro de un goce -a veces excepcional, a veces sugestivo, a veces asombroso y con distinta calidad de percepción y resolución, a veces acompañada también de mensajes concomitantes-, como el impredecible impacto de un estímulo configurado y materializado a través de un "objeto artístico", elaborado de acuerdo a determinados procedimientos que conmociona, sorprende y modifica la sensibilidad del observador-receptor de tal mensaje. Y todo ello en razón no tanto de las condiciones generales de su producción sino de la peculiar "magia creativa" que abreva en la sensibilidad operativa del productor.

La Sensibilidad, es por lo tanto uno de los factores básicos en los que se asienta la obra de arte. Justamente, si algo diferencia al artista de los otros seres humanos es que si bien todos tenemos sensibilidad, el artista posee una suerte de hipersensibilidad para registrar las variaciones sinfónicas, los desequilibrios propios del "tono" existencial que se presentan instante tras instante, como estímulos convocantes, para desarrollarlos con maestría y conmover al que los registra.

Se trata de una especie de "radar" cuyas antenas monitorean y detectan las pulsiones y señales que provienen tanto del paisaje interno como del paisaje externo -y obviamente del paisaje humano que conjuga y contiene los otros dos- todas las cuales plantean al receptor el desafío de reconfigurar nuevas vivencias expresadas en objetos portadores de tensiones, sufrimiento o goce, a partir de un significado, de un "telos" que busca enunciarse fuera de sí, en espacios extendidos. Y no sólo eso, sino que el desafío de la obra se extiende a que tal manifestación artística pueda sensibilizar a un conjunto.

Porque en sentido estricto, la obra de arte es algo trascendente; no es un producto para-sí sino para-otros y quiere resolverse, estéticamente, en un ámbito colectivo. Es decir, la tensión que provocan sus atributos, su carga, su mensaje -siempre a través del ámbito de lo estético-, intenta diluirse, integrarse a (o modificar) horizontes intersubjetivos cada vez mas amplios, complejos y profundos.

Cambiando de enfoque conceptual y para referirnos a los modos de percepción de la obra, digamos que por ejemplo y hablando de música, no es lo mismo percibir el mensaje "alado, liviano y sagrado" de una fuga de Bach, elaborada como un orfebre que apela a precisos contrapuntos -como si se tratara de dinámicas ojivas constituyentes de una catedral sonora-, que el "pasional" contenido de una aria de Verdi o de Puccini. Ambas son producciones musicales y artísticas, pero pegan y se registran en distintos niveles del Espacio de Representación: en el caso de la fuga de Bach este registro tiende hacia lo alto y en el otro hacia lo bajo. Porque se puede distinguir perfectamente dentro del espectro emocional, entre la expresión de una pasión visceral derivada de los celos, la posesión o el odio, de una intuición extatica o mística, que porta una sensación de vuelo, de gracia o de frescura. Las dos son emociones pero de diferente calidad, de diferente nivel de registro y tienden a orientar distinto tipo de actos.

4.- LA MEMORIA.

Siguiendo con el orden de estas consideraciones, recordemos que al principio de estas líneas habíamos mencionado que uno de los factores primordiales del arte es, sin duda, la memoria. A fin de introducirnos en esta cuestión, cabe referirnos a unos párrafos de Heidegger en su ensayo ¿Qué es Pensar? (Editorial Nova, Buenos Aires, 1972, segunda edición), elaborado a partir de unas lecciones pronunciadas en la Universidad de Friburgo en el semestre de 1951-52. El filósofo, comentando un poema del poeta Holderlin titulado Mnemosine (Memoria), dice que de acuerdo al mito griego, Mnemosine era hija del cielo y la tierra y por lo tanto del linaje de los Titanes. Siendo el mito una "palabra que pronuncia" y siendo el pronunciar un hacer aparecer, y en cuanto aparecer "el aparecer de lo que Es", tales apareceres convocantes se convierten en una verdadera "Epifanía". Mito y Memoria son por lo tanto aquello que porta el Ser a través de su pronunciación: "lo que aparece en la revelación de su habla..."

Luego de algunas otras referencias dice luego Heidegger que Mnemosine, desposada por Zeus (el supremo espíritu fecundante), llega a ser, en nueve noches consecutivas "la madre de las musas". Por lo tanto y entre otras artes: el juego y la música, la danza y la poesía, pertenecen o surgen del seno de Mnemosine, de la Memoria. Más como madre que es de las musas, la Memoria no designa un pensar cualquiera sobre alguna cosa pensable, es la reunión del pensar sobre lo que en todas partes debe pensarse y desde un principio. Pero no sólo eso, la memoria lleva también en sí el recuerdo de lo que ha de pensarse en cuanto "fuente primigenia de la poesía". Por eso la poesía, como arte, es el arroyo que en ocasiones retrocede hacia el manantial de la remembranza: "toda poesía se basa en la remembranza, toda poesía nace de la devoción del recuerdo", de aquello original y sagrado.

Mas allá de las consideraciones mítico-poéticas del filósofo, es evidente que sin memoria no existe arte, ni procedimientos, ni obra, ni poesía. Por lo tanto, la memoria es la clave de bóveda del acto creador en cuanto atesora el material, las formas y los caminos -incluyendo los caminos trazados por otros creadores- que permiten la expresión y el sentido que guía la intención (intuición) estética del artista y permite la revelación del Ser. Solo quedaría afuera de ella y a medias, la magia de la transmisión conmovedora del sentido, que pasa por el tamiz de la inspiración. Pero he aquí que según el mito, toda inspiración es provocada también por las musas, es decir, se abreva en la memoria: por eso se habla de la "musa inspiradora". Y tal musa surge desde un horizonte significativo constituido por la memoria emotiva -en toda su extensión- que reconoce y nutre las distintas facetas que pueblan el mundo de las posibilidades perceptuales y el registro de distintas formas de la sensibilidad.

Al mismo tiempo, reconociendo tal horizonte su origen, reconociendo la fuente primigenia y sagrada de la poesía, la memoria, en cuanto plataforma, permite también saltar con libertad hacia el vacío de lo que vendrá en una obra que aún no tiene nombre, pero que esta lista a mostrarse, resplandeciente e inacabada. Se trata de una exigencia estética, de un impulso que, en las actuales circunstancias de crisis global, surge como necesidad renovadora de la propia especie que busca configurar y traducir sin límites, el gran mito, la gran epopeya del futuro.

5.- EL ARTE Y LO SOCIAL.

Finalmente, digamos unos párrafos acerca del arte y lo social. En los comentarios precedentes encontramos ya esbozado el planteo en cuestión. En primer lugar, el arte sin proyección social no tiene sentido. El sentido (telos), aparte del mensaje propio de la obra es, justamente, el goce compartido con otros. Su mensaje estético necesita ser siempre legitimado, aun desde posiciones críticas o antagónicas. Por lo tanto, todo arte surge con el mandato de alumbrar su comprensión (integración) colectiva; es decir, exige que su mensaje se resuelva en un horizonte intersubjetivo que lo confirme como tal y que enriquezca al mundo con nuevas señales, con facetas delicadas o brutales que permitan alumbrar tiempos venideros (y también esclarecer tiempos presentes o pasados). Es decir, el arte -repitámoslo- es siempre trascendente y transformador. Para decirlo desde una perspectiva fenomenológica: siendo la conciencia en general "el acto intencional que da sentido al mundo", el arte viene a ser el objeto significativo del mundo que resuelve tal acto intencional en el plano de lo estético.

El problema se presenta cuando el contexto socio-cultural se desmorona, en creencias desfragmentadas o colisiona con dioses oscuros. Ejemplo: en el posmodernismo como forma de expresión genérica y a raíz de la revolución en las comunicaciones, el arte se orienta sobre todo hacia la imagen visual y, desde ella, a la necesidad de sorprender con la tensión de la coyuntura, del flash, con la inmediatez del goce del instante. En particular, la televisión se ha convertido en el vehículo mediático que pone al gran público en contacto con el espacio de lo estético pero a partir de un proceso vertiginoso, atropellado y brutal, sin delicadezas que parece un fin en sí mismo y donde se puede decir cualquier cosa sobre cualquier tema y en cualquier momento, siempre y cuando se acreciente el rating.

Es que la irrupción -en la intimidad masiva- de las cambiantes imágenes audiovisuales de la pantalla chica (y ahora también del monitor de la PC) además de alentar un relativismo ingenuo, tal proceso ha provocado, en parte, una confusión entre arte y entretenimiento, entre arte y espectáculo entre arte y lo vistoso (pienso en los talk-shows o en el "Gran Hermano"), entre arte y publicidad. Y esta mezcla se agrava más aún en la descarnada sociedad economicista que vivimos -con millones de excluidos y marginados-, donde el valor central y los paradigmas pasan por la posesión y acumulación del dinero (y su relación con el poder), donde un puñado de monedas junto al egocentrismo histérico y ultracompetitivo de algunos "creativos" de poca laya ha reemplazado al espíritu del arte, tal como sucede con la ideología del neoliberalismo. Porque en determinadas circunstancias el entretenimiento puede convertirse, incluso, en una cortina de humo para negar u ocultar problemas extremadamente graves.

Aquí no estamos diciendo que el arte no pueda ser entretenido ni masivo, para nada; ni menos aún que el planteo argumental no pueda orientarse a través de imágenes en las cuales la tensión del vértigo o la sorpresa de lo impredecible sean parte del mensaje. Películas como "2001 Odisea en el Espacio", "Brasil" o "El imperio del Sol" y hasta el circo "Le Soleil" demuestran perfectamente la posibilidad de trabajar con pinceladas artísticas a partir de recursos propios de lo masivo. Estamos diciendo que el episodio impactante, el "efecto perceptual" de la violencia o del sexo, la explotación exitista de argumentos de tercera o cuarta categoria, son tomados como un fin en sí mismo y nada tienen que ver con el sentido del arte. Se trata de recursos, artilugios, golpes bajos orientados al mercado, destinados a enganchar audiencias con propósitos lucrativos, pero no a compartir (y resolver) la tensión que porta el preciso significado de un mensaje orientado a conmover o despertar la sensibilidad de los espectadores por alumbrar una sociedad distinta.

En segundo lugar, en cuanto a los dioses oscuros, la cosa es igualmente temible. Se trata aquí de la aparición de tendencias que apelan a las facetas más lóbregas, tenebrosas y sombrías del hecho artístico. Tales presentaciones se multiplican en cuanto convocan audiencias anestesiadas, ávidas de observar imágenes estremecedoras o groseras, como sucede en una sociedad en decadencia. Por ejemplo: el sexo degradado a límites inconcebibles y perversos; la prostitución, esclavitud y violencia infantil; la aparición, como espectáculo, de formas inéditas de discriminación, de tortura física y psicológica, etc. Todo ello sin contar el resurgimiento de fundamentalismos y/o autoritarismos que tienden a imponer y recrear "climas" de horror y opresión propios de variantes fascistas violentas, enfermas o enloquecidas que se contagian e irradian socialmente.

Tales tendencias, por supuesto que estimulan o conmueven la peculiar sensibilidad de los artistas y, si se convierten en masivas, en ocasiones llegan a condicionarlos absolutamente. Es que los artistas no son héroes; pueden serlo es cierto pero su camino (salvo excepciones) no es el epopéyico, es el sendero del testimonio de una sensibilidad la cual también se distorsiona si la sociedad esta distorsionada o atrapada por las negras formas descriptas someramente. De tal manera, el arte puede convertirse y de hecho lo hace, en factor multiplicador de lo negativo. Esto no significa que dentro de tal panorama, no pueda existir la belleza del mal: ¡el mal tiene su enorme cuota de atracción..! Pero en última instancia, el mal es síntoma de egoísmo, de sufrimiento, de dolor y muerte, en suma, de nihilismo absoluto y ese no es nuestro camino.

6.- CONSIDERACIONES FINALES.

Y aquí llegan las preguntas finales ¿Es posible un arte distinto? ¿Es posible una revolución en la estética? ¿Es posible otro tipo de arte? Hay varias respuestas posibles.

Primero, respecto del proceso creativo, digamos que la estructura y desarrollo psicológico del estímulo y su conversión en obra de arte, seguramente no han de cambiar mucho. No hay nada que no se manifieste a través de una "forma" y en un camino preciso que puede describirse con cierto detalle. El genio o el inspirado por cierto que deben transitar, también, inevitables estructuras de percepción y representación.

Segundo, respecto de los procedimientos y los materiales, todo depende de las respuestas que ofrezca la revolución tecnológica. Por ejemplo: elaborar y trabajar "realidades virtuales" e imágenes holográficas desde una impronta puramente estética, seguramente han de modificar en profundidad los planteos creativos y el goce del producto estético.

Tercero, parece interesante considerar la superación del actual nivel de conciencia del artista, es decir, la apertura de su mente y su sensibilidad hacia la posibilidad de que se manifieste una intención trascendente, sin límites, que incluya la re-consideración y transformación de los actuales condicionamientos témporo-espaciales, la superación del dolor, del sufrimiento y la violencia, y un manejo cualitativamente distinto de la energía. Incluyo aquí la posibilidad de experimentar o inducir, niveles mentales superiores, ya que de los oníricos tenemos suficiente información y experiencia.

Pero esto último será posible si se modifican también las condiciones socio-económicas que producen exclusión, miseria y explotación y las condiciones socio-culturales que impiden llevar adelante el desafío de un salto cualitativo en el modo-de-acción-en-el-mundo. Estamos hablando de una cultura que permita la humanización de la sociedad, es decir, que se desarrolle a partir de la acción del dar, y en el caso del arte, el dar de lo creativo. Para que se entienda mejor es necesario transformar la tendencia centrípeta y mecánica del acumular (dinero, poder, afectos) sin freno, que termina y se cierra como posesión egoísta y asfixiante en el yo de cada cual, por otra cultura asentada en la tendencia centrífuga (e intencional) del dar que es solidaria, abierta y expansiva, que se manifiesta en actos destinados a beneficiar, sorprender o despertar a otros, actos que tampoco terminan en los otros, sino que se extienden hacia los hijos de los hijos de los otros y que dejan, como vivencia, la frescura de la libertad.

Por lo tanto, estamos hablando de una revolución socio-económica, de una revolución cultural y, finalmente, de una revolución espiritual que no sólo es necesaria sino también posible y urgente. Filosóficamente diríamos que el artista de hoy esta exigiendo, desde su mismo y propio corazón, una nueva revelación del Ser, con todo lo que ello significa.

 

 

 


   
 
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