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1.- CONSIDERACIONES PRELIMINARES.
El arte, es un tema obviamente relacionado con la actividad
creativa del ser humano y particularmente con el ámbito
de lo estético. Es una actividad que tiene que ver con
distintos factores como son la intención, la percepción,
la sensibilidad, la memoria. Como tales factores configuran condiciones
indispensables que hacen posible el arte, vale la pena considerar
cada uno de ellos por separado, advirtiendo que se analizará también
el punto de vista y el marco de creencias a partir del cual el
artista desarrolla su trabajo. En este último caso, veremos
además como el contexto socio-cultural que enmarca el
mundo del artista, tiñe su actividad no solo en cuanto
a la calidad de la obra, sino también respecto del tipo
de respuestas que genera y las eventuales influencias que el
artista provoca sobre tal realidad.
Debemos advertir sin embargo que en este trabajo no haremos
avances teóricos sobre temas de estética y similares,
sino mas bien nos ocuparemos de describir el proceso interno
de construcción de lo artístico, sus pasos y su
resultado en una "obra de arte" a partir de la cual
se manifiesta claramente lo social. Se trata del esclarecimiento
de un acto lanzado desde lo más interno de la conciencia
hacia el "mundo", ámbito donde éste completa
y enriquece su desarrollo trascendental.
2.- LA INTENCIÓN.
Antes que nada, digamos que el arte tiene su nota en la intención.
No hay arte sin intención; es decir, no hay arte porque
sí. Hay arte porque tal necesidad surge de alguien que
necesita expresar algo (una vivencia, una idea, un proyecto)
en el campo de lo estético a través de un signo,
un símbolo o una alegoría. Se trata de un proceso
que comienza con un acto y se resuelve en un objeto lleno de
sentido y significado. En ocasiones, ese acto aparece como pulsión
de las vísceras mismas, como un estímulo que exige
primero su resolución en el campo perceptual y luego en
el Espacio de Representación del artista. Demanda además,
un tipo de material (vehículo adecuado) y un modo de producción
para convertir tal impulso en un "objeto artístico" que
pueda ser apreciado por todos. Y esa impronta intencional es
válida para todo el espectro del arte, aunque esto no
significa que no haya diferencias entre distintos tipos de arte.
Por ejemplo, existe el arte Zen, que no tiene "utilidad
material" alguna y también aquel que se expresa a
través de expresiones populares masivas como un concierto
en un parque público, destinado a "enganchar" a
una multitud. Pero en ambos casos hay una intención, un "telos" que
guía su resolución. Siguiendo con el ejemplo: en
el caso del arte Zen, éste tiene que ver con la presentación
-dentro de determinadas condiciones- de un camino hacia (o el
dar testimonio de) la "iluminación" y en el
otro caso, el del concierto masivo, tiene que ver con la provocación
y el contagio de un goce colectivo primario.
Precisando aún mas: si la expresión artística
resultara adecuada, un monje budista que contempla un jardín
de arena Zen correctamente elaborado, de pronto puede "comprender",
en un chispazo, el sentido de esa obra y hasta del mundo. En
otras palabras, comprender el porqué algunas piedras así dispuestas
en estructura, sobre la arena, develan un horizonte de armonía
trascendental. En ocasiones, tal vivencia hasta puede liberar
la mente del contemplativo para interiorizar la relación
entre el uno y el todo, permitiendo reconocer "un camino
espiritual hacia" que quizás a otro observador le
sea indiferente. La experiencia "eleva" el tono psíquico
del contemplador e incluso lo puede predisponer a recibir una "revelación" sobre
el sentido de la vida misma. El monje se convierte por lo tanto
en destinatario de un mensaje, de un signo que porta la obra,
al igual que le sucede al anónimo integrante de una multitud
-en un parque público-, que se siente contagiado y partícipe
hasta la exaltación, del ritmo, los acordes y las voces
de una banda rockera.
Ambos, son receptores de intenciones que se manifiestan a través
de distintas formas de expresión, cuyos efectos y resolución
son por cierto diferentes en el Espacio de Representación
de quien las recibe. Pero además, y aparte de la intención
que porta la obra, en este proceso intervienen (como se dijo
precedentemente), otros factores, uno de los cuales y de suma
importancia, es la Sensibilidad.
3.- LA SENSIBILIDAD.
Mucho se ha dicho y escrito acerca la Sensibilidad. En nuestro
caso y atendiendo a la sicología fenomenológica
diremos que se trata de un acto sensorio-emotivo. Pero vamos
por partes en la explicación del asunto: por un lado y
como es obvio se trata de la capacidad que la conciencia tiene
de detectar o reaccionar ante un estímulo a través
de receptores que convierten tal señal en información
neuronal, dato que luego es estructurado por los sentidos como
percepción. Por ejemplo, si nos referimos a un estímulo
auditivo, diremos que el ser humano tiene posibilidad de detectar
frecuencias, vibraciones sonoras -que van desde los 20 hasta
20.000 Hz- y transformarlas en percepción auditiva. Es
decir estamos en presencia de un enorme espectro de posibilidades
y matices a través de los cuales la conciencia registra
el universo de lo auditivo. Y así sucede con todos los
sentidos.
Y ya que estamos hablando del fenómeno auditivo aclaremos
también que el ser humano no registra todo el espectro
sonoro, existen ultrasonidos que escapan al umbral de percepción
pero que existen, lo cual nos demuestra que nuestra percepción
del mundo es limitada y se da en escorzos. Por lo tanto, nuestro
registro del mundo es objetivamente parcial y virtualmente completado
por la conciencia con la ayuda de la sensibilidad.
Pero la Sensibilidad ¿es solo sensorial? Entendemos que
no. Por cierto que tiene una base sensorial y fisiológica
tal como acabamos de considerar precedentemente en la percepción
auditiva; pero si hablamos de la sensibilidad, tenemos que advertir
que toda percepción esta también ligada a una ponderación
emotiva. Dicho en otros términos, el ser humano no solo
oye (registra) un sonido sino que la imagen auditiva porta en
sí misma determinados atributos -merced a la memoria de
percepciones anteriores configuradas junto a estados de ánimo
relacionados a su vez con distintos momentos de la biografía
(la trayectoria existencial) de cada cual-, que provocan mecanismos
de aceptación o rechazo, de gusto o de disgusto, de placer
o displacer, es decir, propiedades típicamente afectivas.
En otras palabras se trata de percepciones teñidas de
tonos emotivos sean éstos positivos, negativos o neutros.
Y así sucede también con cada uno de los sentidos
que se conjugan en el campo perceptual.
Porque para hablar desde un punto de vista fenomenológico,
Sensibilidad es el registro simultáneo de la percepción
sensorial y de la percepción emotiva en representaciones
que cargan mayor o menor cantidad y calidad de energía
psíquica. Y la tal sensibilidad juega su papel relevante
tanto en la producción como en la contemplación
de un objeto artístico.
Veamos cómo se desarrolla el proceso creativo en el artista
desde la perspectiva de la sensibilidad.
Lo creativo se desencadena a partir de una vivencia-estímulo
que lo provoca. En otras palabras comienza con determinado registro
cenestésico (que se percibe como variación y hasta
tensión en las señales del cuerpo propio) el que
surge acompañado, al mismo tiempo, por determinado tono
afectivo. Si el estímulo es poderoso, tales factores:
lo sensorial y lo emotivo, se sintetizan y se expresan a través
de imágenes en el Espacio de Representación del
artista, cuya carga psíquica pide además resolución
en el campo de lo estético. Es entonces que el artista
-exigido por tal tensión- elabora un "proyecto" de
obra a través del cual trata de transmitir su vivencia-estímulo,
eligiendo el procedimiento operativo y el material mas adecuados.
Encontrado el material y puesto en acción el procedimiento,
tales factores se plasman, se conjugan en una "obra de arte" objetal
externa al artista mismo, objeto artístico que pretende
llevar en sí la compleja vivencia subjetiva mencionada
para ponerla a disposición de todos.
Si bien el desarrollo psicológico-estructural del estímulo
puede ser descripto con claridad, lo que no esta tan claro es
como la obra, en cuanto objeto del mundo, lleva en sí la
original carga emocional del artista, la vivencia intencional
estéticamente configurada que se contagia a otros como
un nuevo estímulo. Aquí se encuentra operando la
magia del creador, el "toque maestro" que es indefinible.
Porque, ¿quien podría describir cómo se
hace realmente (además de escribir en un pentagrama las
notas o llenar de pinceladas una tela) para crear el íntimo
placer que suscita el mensaje contenido en un pasaje musical
de Mozart, la intensa dramaticidad pictórica del "Guernica" de
Picasso o la mística resolución del "Entierro
del Conde de Orgaz" del Greco -atendiendo a los paradigmas
de esa época-, que sin duda son universales y únicos?
Esta capacidad es indescriptible; se trata del don del genio
y de su expresión que no tienen traducción matemática
previa.
Siguiendo con el tema, no hemos hablado aquí, en este
trabajo, de técnicas, reglas y procedimientos artísticos,
de leyes de armonía y ritmo, en suma, de criterios y teorías
estéticas, porque entraríamos en un mundo de términos
discutidos, poblado de antepredicativos (juicios previos), hipótesis
y conceptos elaborados por distintas escuelas que si bien son
más que interesantes, no son nuestro objetivo. Hemos tratado
de describir procesos creativos y no teorizar sobre ellos. Sólo
diremos que la belleza aparece como el registro de un goce -a
veces excepcional, a veces sugestivo, a veces asombroso y con
distinta calidad de percepción y resolución, a
veces acompañada también de mensajes concomitantes-,
como el impredecible impacto de un estímulo configurado
y materializado a través de un "objeto artístico",
elaborado de acuerdo a determinados procedimientos que conmociona,
sorprende y modifica la sensibilidad del observador-receptor
de tal mensaje. Y todo ello en razón no tanto de las condiciones
generales de su producción sino de la peculiar "magia
creativa" que abreva en la sensibilidad operativa del productor.
La Sensibilidad, es por lo tanto uno de los factores básicos
en los que se asienta la obra de arte. Justamente, si algo diferencia
al artista de los otros seres humanos es que si bien todos tenemos
sensibilidad, el artista posee una suerte de hipersensibilidad
para registrar las variaciones sinfónicas, los desequilibrios
propios del "tono" existencial que se presentan instante
tras instante, como estímulos convocantes, para desarrollarlos
con maestría y conmover al que los registra.
Se trata de una especie de "radar" cuyas antenas monitorean
y detectan las pulsiones y señales que provienen tanto
del paisaje interno como del paisaje externo -y obviamente del
paisaje humano que conjuga y contiene los otros dos- todas las
cuales plantean al receptor el desafío de reconfigurar
nuevas vivencias expresadas en objetos portadores de tensiones,
sufrimiento o goce, a partir de un significado, de un "telos" que
busca enunciarse fuera de sí, en espacios extendidos.
Y no sólo eso, sino que el desafío de la obra se
extiende a que tal manifestación artística pueda
sensibilizar a un conjunto.
Porque en sentido estricto, la obra de arte es algo trascendente;
no es un producto para-sí sino para-otros y quiere resolverse,
estéticamente, en un ámbito colectivo. Es decir,
la tensión que provocan sus atributos, su carga, su mensaje
-siempre a través del ámbito de lo estético-,
intenta diluirse, integrarse a (o modificar) horizontes intersubjetivos
cada vez mas amplios, complejos y profundos.
Cambiando de enfoque conceptual y para referirnos a los modos
de percepción de la obra, digamos que por ejemplo y hablando
de música, no es lo mismo percibir el mensaje "alado,
liviano y sagrado" de una fuga de Bach, elaborada como un
orfebre que apela a precisos contrapuntos -como si se tratara
de dinámicas ojivas constituyentes de una catedral sonora-,
que el "pasional" contenido de una aria de Verdi o
de Puccini. Ambas son producciones musicales y artísticas,
pero pegan y se registran en distintos niveles del Espacio de
Representación: en el caso de la fuga de Bach este registro
tiende hacia lo alto y en el otro hacia lo bajo. Porque se puede
distinguir perfectamente dentro del espectro emocional, entre
la expresión de una pasión visceral derivada de
los celos, la posesión o el odio, de una intuición
extatica o mística, que porta una sensación de
vuelo, de gracia o de frescura. Las dos son emociones pero de
diferente calidad, de diferente nivel de registro y tienden a
orientar distinto tipo de actos.
4.- LA MEMORIA.
Siguiendo con el orden de estas consideraciones, recordemos
que al principio de estas líneas habíamos mencionado
que uno de los factores primordiales del arte es, sin duda, la
memoria. A fin de introducirnos en esta cuestión, cabe
referirnos a unos párrafos de Heidegger en su ensayo ¿Qué es
Pensar? (Editorial Nova, Buenos Aires, 1972, segunda edición),
elaborado a partir de unas lecciones pronunciadas en la Universidad
de Friburgo en el semestre de 1951-52. El filósofo, comentando
un poema del poeta Holderlin titulado Mnemosine (Memoria), dice
que de acuerdo al mito griego, Mnemosine era hija del cielo y
la tierra y por lo tanto del linaje de los Titanes. Siendo el
mito una "palabra que pronuncia" y siendo el pronunciar
un hacer aparecer, y en cuanto aparecer "el aparecer de
lo que Es", tales apareceres convocantes se convierten en
una verdadera "Epifanía". Mito y Memoria son
por lo tanto aquello que porta el Ser a través de su pronunciación: "lo
que aparece en la revelación de su habla..."
Luego de algunas otras referencias dice luego Heidegger que
Mnemosine, desposada por Zeus (el supremo espíritu fecundante),
llega a ser, en nueve noches consecutivas "la madre de las
musas". Por lo tanto y entre otras artes: el juego y la
música, la danza y la poesía, pertenecen o surgen
del seno de Mnemosine, de la Memoria. Más como madre que
es de las musas, la Memoria no designa un pensar cualquiera sobre
alguna cosa pensable, es la reunión del pensar sobre lo
que en todas partes debe pensarse y desde un principio. Pero
no sólo eso, la memoria lleva también en sí el
recuerdo de lo que ha de pensarse en cuanto "fuente primigenia
de la poesía". Por eso la poesía, como arte,
es el arroyo que en ocasiones retrocede hacia el manantial de
la remembranza: "toda poesía se basa en la remembranza,
toda poesía nace de la devoción del recuerdo",
de aquello original y sagrado.
Mas allá de las consideraciones mítico-poéticas
del filósofo, es evidente que sin memoria no existe arte,
ni procedimientos, ni obra, ni poesía. Por lo tanto, la
memoria es la clave de bóveda del acto creador en cuanto
atesora el material, las formas y los caminos -incluyendo los
caminos trazados por otros creadores- que permiten la expresión
y el sentido que guía la intención (intuición)
estética del artista y permite la revelación del
Ser. Solo quedaría afuera de ella y a medias, la magia
de la transmisión conmovedora del sentido, que pasa por
el tamiz de la inspiración. Pero he aquí que según
el mito, toda inspiración es provocada también
por las musas, es decir, se abreva en la memoria: por eso se
habla de la "musa inspiradora". Y tal musa surge desde
un horizonte significativo constituido por la memoria emotiva
-en toda su extensión- que reconoce y nutre las distintas
facetas que pueblan el mundo de las posibilidades perceptuales
y el registro de distintas formas de la sensibilidad.
Al mismo tiempo, reconociendo tal horizonte su origen, reconociendo
la fuente primigenia y sagrada de la poesía, la memoria,
en cuanto plataforma, permite también saltar con libertad
hacia el vacío de lo que vendrá en una obra que
aún no tiene nombre, pero que esta lista a mostrarse,
resplandeciente e inacabada. Se trata de una exigencia estética,
de un impulso que, en las actuales circunstancias de crisis global,
surge como necesidad renovadora de la propia especie que busca
configurar y traducir sin límites, el gran mito, la gran
epopeya del futuro.
5.- EL ARTE Y LO SOCIAL.
Finalmente, digamos unos párrafos acerca del arte y lo
social. En los comentarios precedentes encontramos ya esbozado
el planteo en cuestión. En primer lugar, el arte sin proyección
social no tiene sentido. El sentido (telos), aparte del mensaje
propio de la obra es, justamente, el goce compartido con otros.
Su mensaje estético necesita ser siempre legitimado, aun
desde posiciones críticas o antagónicas. Por lo
tanto, todo arte surge con el mandato de alumbrar su comprensión
(integración) colectiva; es decir, exige que su mensaje
se resuelva en un horizonte intersubjetivo que lo confirme como
tal y que enriquezca al mundo con nuevas señales, con
facetas delicadas o brutales que permitan alumbrar tiempos venideros
(y también esclarecer tiempos presentes o pasados). Es
decir, el arte -repitámoslo- es siempre trascendente y
transformador. Para decirlo desde una perspectiva fenomenológica:
siendo la conciencia en general "el acto intencional que
da sentido al mundo", el arte viene a ser el objeto significativo
del mundo que resuelve tal acto intencional en el plano de lo
estético.
El problema se presenta cuando el contexto socio-cultural se
desmorona, en creencias desfragmentadas o colisiona con dioses
oscuros. Ejemplo: en el posmodernismo como forma de expresión
genérica y a raíz de la revolución en las
comunicaciones, el arte se orienta sobre todo hacia la imagen
visual y, desde ella, a la necesidad de sorprender con la tensión
de la coyuntura, del flash, con la inmediatez del goce del instante.
En particular, la televisión se ha convertido en el vehículo
mediático que pone al gran público en contacto
con el espacio de lo estético pero a partir de un proceso
vertiginoso, atropellado y brutal, sin delicadezas que parece
un fin en sí mismo y donde se puede decir cualquier cosa
sobre cualquier tema y en cualquier momento, siempre y cuando
se acreciente el rating.
Es que la irrupción -en la intimidad masiva- de las cambiantes
imágenes audiovisuales de la pantalla chica (y ahora también
del monitor de la PC) además de alentar un relativismo
ingenuo, tal proceso ha provocado, en parte, una confusión
entre arte y entretenimiento, entre arte y espectáculo
entre arte y lo vistoso (pienso en los talk-shows o en el "Gran
Hermano"), entre arte y publicidad. Y esta mezcla se agrava
más aún en la descarnada sociedad economicista
que vivimos -con millones de excluidos y marginados-, donde el
valor central y los paradigmas pasan por la posesión y
acumulación del dinero (y su relación con el poder),
donde un puñado de monedas junto al egocentrismo histérico
y ultracompetitivo de algunos "creativos" de poca laya
ha reemplazado al espíritu del arte, tal como sucede con
la ideología del neoliberalismo. Porque en determinadas
circunstancias el entretenimiento puede convertirse, incluso,
en una cortina de humo para negar u ocultar problemas extremadamente
graves.
Aquí no estamos diciendo que el arte no pueda ser entretenido
ni masivo, para nada; ni menos aún que el planteo argumental
no pueda orientarse a través de imágenes en las
cuales la tensión del vértigo o la sorpresa de
lo impredecible sean parte del mensaje. Películas como "2001
Odisea en el Espacio", "Brasil" o "El imperio
del Sol" y hasta el circo "Le Soleil" demuestran
perfectamente la posibilidad de trabajar con pinceladas artísticas
a partir de recursos propios de lo masivo. Estamos diciendo que
el episodio impactante, el "efecto perceptual" de la
violencia o del sexo, la explotación exitista de argumentos
de tercera o cuarta categoria, son tomados como un fin en sí mismo
y nada tienen que ver con el sentido del arte. Se trata de recursos,
artilugios, golpes bajos orientados al mercado, destinados a
enganchar audiencias con propósitos lucrativos, pero no
a compartir (y resolver) la tensión que porta el preciso
significado de un mensaje orientado a conmover o despertar la
sensibilidad de los espectadores por alumbrar una sociedad distinta.
En segundo lugar, en cuanto a los dioses oscuros, la cosa es
igualmente temible. Se trata aquí de la aparición
de tendencias que apelan a las facetas más lóbregas,
tenebrosas y sombrías del hecho artístico. Tales
presentaciones se multiplican en cuanto convocan audiencias anestesiadas, ávidas
de observar imágenes estremecedoras o groseras, como sucede
en una sociedad en decadencia. Por ejemplo: el sexo degradado
a límites inconcebibles y perversos; la prostitución,
esclavitud y violencia infantil; la aparición, como espectáculo,
de formas inéditas de discriminación, de tortura
física y psicológica, etc. Todo ello sin contar
el resurgimiento de fundamentalismos y/o autoritarismos que tienden
a imponer y recrear "climas" de horror y opresión
propios de variantes fascistas violentas, enfermas o enloquecidas
que se contagian e irradian socialmente.
Tales tendencias, por supuesto que estimulan o conmueven la
peculiar sensibilidad de los artistas y, si se convierten en
masivas, en ocasiones llegan a condicionarlos absolutamente.
Es que los artistas no son héroes; pueden serlo es cierto
pero su camino (salvo excepciones) no es el epopéyico,
es el sendero del testimonio de una sensibilidad la cual también
se distorsiona si la sociedad esta distorsionada o atrapada por
las negras formas descriptas someramente. De tal manera, el arte
puede convertirse y de hecho lo hace, en factor multiplicador
de lo negativo. Esto no significa que dentro de tal panorama,
no pueda existir la belleza del mal: ¡el mal tiene su enorme
cuota de atracción..! Pero en última instancia,
el mal es síntoma de egoísmo, de sufrimiento, de
dolor y muerte, en suma, de nihilismo absoluto y ese no es nuestro
camino.
6.- CONSIDERACIONES FINALES.
Y aquí llegan las preguntas finales ¿Es posible
un arte distinto? ¿Es posible una revolución en
la estética? ¿Es posible otro tipo de arte? Hay
varias respuestas posibles.
Primero, respecto del proceso creativo, digamos que la estructura
y desarrollo psicológico del estímulo y su conversión
en obra de arte, seguramente no han de cambiar mucho. No hay
nada que no se manifieste a través de una "forma" y
en un camino preciso que puede describirse con cierto detalle.
El genio o el inspirado por cierto que deben transitar, también,
inevitables estructuras de percepción y representación.
Segundo, respecto de los procedimientos y los materiales, todo
depende de las respuestas que ofrezca la revolución tecnológica.
Por ejemplo: elaborar y trabajar "realidades virtuales" e
imágenes holográficas desde una impronta puramente
estética, seguramente han de modificar en profundidad
los planteos creativos y el goce del producto estético.
Tercero, parece interesante considerar la superación
del actual nivel de conciencia del artista, es decir, la apertura
de su mente y su sensibilidad hacia la posibilidad de que se
manifieste una intención trascendente, sin límites,
que incluya la re-consideración y transformación
de los actuales condicionamientos témporo-espaciales,
la superación del dolor, del sufrimiento y la violencia,
y un manejo cualitativamente distinto de la energía. Incluyo
aquí la posibilidad de experimentar o inducir, niveles
mentales superiores, ya que de los oníricos tenemos suficiente
información y experiencia.
Pero esto último será posible si se modifican
también las condiciones socio-económicas que producen
exclusión, miseria y explotación y las condiciones
socio-culturales que impiden llevar adelante el desafío
de un salto cualitativo en el modo-de-acción-en-el-mundo.
Estamos hablando de una cultura que permita la humanización
de la sociedad, es decir, que se desarrolle a partir de la acción
del dar, y en el caso del arte, el dar de lo creativo. Para que
se entienda mejor es necesario transformar la tendencia centrípeta
y mecánica del acumular (dinero, poder, afectos) sin freno,
que termina y se cierra como posesión egoísta y
asfixiante en el yo de cada cual, por otra cultura asentada en
la tendencia centrífuga (e intencional) del dar que es
solidaria, abierta y expansiva, que se manifiesta en actos destinados
a beneficiar, sorprender o despertar a otros, actos que tampoco
terminan en los otros, sino que se extienden hacia los hijos
de los hijos de los otros y que dejan, como vivencia, la frescura
de la libertad.
Por lo tanto, estamos hablando de una revolución socio-económica,
de una revolución cultural y, finalmente, de una revolución
espiritual que no sólo es necesaria sino también
posible y urgente. Filosóficamente diríamos que
el artista de hoy esta exigiendo, desde su mismo y propio corazón,
una nueva revelación del Ser, con todo lo que ello significa.
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