Siempre he creído
que las luces de una gran ciudad vistas
desde el aire son como una fiesta de bienvenida para
los navegantes nocturnos para esos viajeros que
como nosotros llegan desorientados a cumplir con la
mecánica
del sobrevivir
Que sugerente resulta imaginar
ese río
majestuoso de luces -poblado no de agua sino
de luciérnagas extendidas sobre el tapete de las
sombras- como una melodía
fraternal nacida para calmar la
soledad de los hombres y los pájaros
Siempre
he atendido esas imágenes (y
las atiendo aún) con unción porque esa multitud de foquitos
titilantes aparece vista desde el aire como
una esperanza de renovación
y de alegría
Por eso mi canto no
va con los seres pálidos pragmáticos esos que
temen la violencia callejera los que tiemblan con el miedo
la
desolación
la paranoia
esos del sexo oblicuo
compulsivo
pagado
y degradante
Mi canto no va
Con
los que no se conmueven con la explotación infame
y las lacras impulsadas por los poderosos de metal
Mi canto
Buenos Aires
va para aquellos
que se sorprenden
y se sobrecogen
con
ese océano luminoso y
central
y que de pronto
descubren aquello que gobierna
-en secreto-
el
corazón de la señora
vida
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