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Autor:

Pedro Raul Noro

Titulo:

La verdad de la realidad y la realidad de la verdad

 

1.- Consideraciones Generales.

El pueblo exige la verdad a los políticos. Estos, a su vez, insisten que dicen la verdad aunque estén ubicados en bandos distintos con afirmaciones enfrentadas y contradictorias entre sí. Los periodistas aseguran que sus opiniones son verdaderas. Los religiosos proclaman la verdad de su fe. Los ateos, la verdad de lo empírico cotidiano. Los analistas financieros, se asientan en la verdad de los números para producir ajustados diagnósticos económicos pretendidamente verdaderos. El poeta indaga la verdad en la belleza. Los marginados enfatizan en la evidencia de su marginación y exclusión como una horrenda verdad que desmiente los aparentes logros y beneficios del primer mundo. Los gremialistas gritan su verdad en las movilizaciones. Los enamorados se entregan, embelesados, a su verdad sentimental. Los amigos comparten sus verdades en las mesas de café criticando o arreglando el mundo, etc.

De tal manera, en estos particulares tiempos de crisis, el esclarecimiento del problema de la verdad se esta convirtiendo en uno de los temas fundamentales porque, en definitiva, algunos se preguntan seriamente por ella y pretenden encontrar respuestas universales, razonables y válidas al fenómeno de la vida. Recordemos el significativo silencio de Cristo cuando, según los evangelios, Poncio Pilatos le pregunta: «¿Qué es la verdad?».

Es conocida la frase de Juan Domingo Perón de que «la única verdad es la realidad». Entonces y atendiendo la posibilidad de que la verdad se asiente en la plataforma de la realidad, uno se pregunta nuevamente ¿cual realidad? Porque además del hecho verificable y evidente de lo existente que surge en el horizonte de lo dado y que se percibe en forma cotidiana, la realidad adquiere significación y sentido según la interpretación o ponderación que de ella expresen diferentes sectores, actuando en consecuencia. Si éste es el caso, no podemos negar la particular realidad de la feria o de los cafés, la realidad del ama de casa, la realidad del político o del poeta (y porque no también, la realidad de algún tanguero que, como dice la letra de Cambalache, cree a pie juntillas que «el mundo fue y será una porquería»). No podemos tampoco negar la realidad del religioso, del ateo, del economista, del marginado o del deportista. No podemos negar la realidad del intelectual, del gremialista, del estudiante, del científico o la de los enamorados.

Si exploramos los ámbitos de la filosofía, para Descartes y en última instancia, la realidad se asienta en el yo que piensa; para Hegel es la manifestación dialéctica del Espíritu en la historia a través de lo racional, ámbito desde el cual se despliega; para Marx y Engels, la realidad tiene su fundamento en la dinámica de lo material concreto y para Heidegger y Sartre, la realidad de la existencia precede a la realidad de la esencia. Y esto es así porque cada sector, cada pensador -sin contar las diferencias conceptuales que cada subjetividad individual pueda tener respecto de otra- elabora sus peculiares evaluaciones y creencias sobre el hecho de la realidad, que considera absolutamente válidas y hasta indiscutibles.

Roberto Walton refiriéndose al polimorfismo del ser (ver «El fenómeno y sus configuraciones», Editorial Almagesto, Buenos Aires, 1993), dice que los fenomenólogos, con su proverbial rigor, explican que, como lo demuestran los ejemplos de la psicología de la forma, todo orden lógico surge a partir de una selección y una exclusión. Percibir algo de algo -que además se presenta como un escorzo perceptual-, es a la vez dejar de percibir algo de ese algo; representar es simultáneamente dejar de representar; obrar es omitir lo no obrado, etc. Lo visible expresable y factible tiene por lo tanto su reverso en lo invisible, inexpresable y no factible en un momento dado. Así, un conocimiento aparentemente verdadero excluye siempre la manifestación de otro conocimiento similar y simultáneo. Por lo tanto, los propios fenómenos «concretos» aparecen con limitaciones que son completadas por imágenes de la conciencia. Sin embargo, la gente práctica y ajena a este tipo de problemática dice fastidiada (no sin una cuota de razón), que la única realidad es la perceptual que se sufre cotidianamente porque, como vimos, hay una evidente e indiscutible experiencia viviente, mas o menos coherente, de plataforma.

Pero cada cual la configura de determinada manera. Los espíritus inquietos saben que la propia percepción y la consecuente representación modifican el mundo con sus imágenes. Saben también que las creencias y la ideología -sin descuidar el particular peso diferenciador de las diversas vivencias emocionales que puede haber experimentado el percipiente- ponderan las características de las cosas y que por lo tanto las cosas mismas son transformadas por la compleja mediación que efectúa la conciencia la que a su vez, orienta de determinada manera sus acciones sobre el mundo. Por lo tanto, el misterio del mundo y la realidad aparecen como un producto significativo dependiente de la interpretación del paisaje interno de cada cual. Atendiendo a eso, un viejo aforismo popular advierte que «todo depende del cristal con que se mire».

Y todavía más. El panorama contemporáneo del conocimiento se ha complejizado extraordinariamente y ahora se cuestiona la existencia misma de un sentido unitario en la filosofía o la ciencia (es decir en el hecho cultural mismo) ya que, al parecer, el saber no avanza desde un origen único ni hacia una misma meta. Según estimaciones actuales, los saberes se estructuran discontinuamente en pluralidad de campos teóricos y experimentales desde dónde surgen ámbitos regionales o locales de significación que pueden converger o no hacia un sentido unitivo. Por otra parte, nociones como inestabilidad, indeterminación, configuración sistémica, asimetría, irreversibilidad, desequilibrio, invaden hoy con pleno derecho el ámbito de la física y la filosofía. Jorge Saltor traza un interesante cuadro de estas y otras complicaciones en un artículo sobre la verdad y su relación con la multiplicidad de los fenómenos (ver «Utilidad de la Filosofía», Centro de Estudios Regionales, Tucumán, 1993).

Viene al caso la anécdota de un conocido académico, quién se alarmaba por la facilidad con la que los políticos y la mayoría de la gente, en sus quehaceres habituales, sentencian con pasmosa seguridad o certeza sobre las características de la "verdad" de tales o cuales segmentos de la realidad (incluso pronosticando su desarrollo futuro), cuando los propios físicos especializados pierden el sueño discutiendo hipótesis y polemizando -a veces duramente y con sólidos argumentos científicos contrapuestos- acerca de la esencia de lo real. Quizás esa fue la razón por la cual los antiguos filósofos jamás se autocalificaron de sabios; mas modestamente, se proclamaron «amigos de la sabiduría».

2.- Esquema u ordenamiento del tema.

Para alejarnos del puerto de la complicada y preocupante relatividad al cual vamos arribando y a fin de echar un poco de luz sobre este tema -sin suponer que lo que diremos será la verdad objetiva, absoluta, real, ni mucho menos-, hagamos un intento provisorio de encuadrar este problema esquemática y racionalmente partiendo de tres tesis. Pero advirtamos también (sin caer en el escepticismo del filósofo Fritz Mauhtner respecto de la absoluta dicotomía que existe entre el lenguaje y la realidad), que cada tesis se expresará a través de un lenguaje y que lo que el lenguaje designa o señala no es, obviamente, la cosa designada. Por lo tanto, es interesante tomar también conciencia previa de las condiciones o limitaciones que impone el lenguaje mismo y de la distancia que mantiene del mundo.

Primera tesis: Existe la continuidad indubitable y objetiva de algo: el noumeno material y/o energético de plataforma, eso nadie lo discute; pero es dinámico y su conocimiento depende del modo en que es configurado a través del mecanismo percepto-representativo y de la perspectiva espacio-temporal que tenga la conciencia de cada cual.

Tal tesis quiere decir que una cosa es la realidad en sí del dinámico e ignoto transcurrir de la materia y/o energía original, y otra la que va surgiendo a partir de la traducción que realiza el mecanismo percepto-representativo de la conciencia y del punto de vista del observador que, además, participa de una misma estructura con lo observado modificándolo. La percepción primaria y diversa de los fenómenos (la "certeza sensible" de Hegel según me apunta mi amigo Nestor Tato), que parece ser similar para todos, lo es en tanto y en cuanto los modos y mecanismos de configuración de los estímulos son similares para toda la especie humana, que los expresa formalmente de la misma manera. Para dar un ejemplo elemental: el día y la noche como ámbitos regulares de luz y oscuridad natural son, en principio, lo mismo para un colla, un japonés, un europeo o un africano que no dudan de tal regularidad que perciben cotidianamente.

Pero esto depende de la perspectiva espacio-temporal ya que para un esquimal o para los habitantes de las bases antárticas, el día o la noche pueden durar meses. Y qué decir de la perspectiva de un astronauta que observa ese fenómeno desde afuera de la tierra por lo cual su visión es absolutamente diferente. Incluso, en su rotación por el espacio, cada 24 horas puede el astronauta pasar varias veces y sucesivamente sobre lo que aquí llamamos el día y la noche desde el marco de un espacio oscuro e infinito poblado de lejanas estrellas.

Se podrá decir que la percepción de lo luminoso o de lo oscuro en principio no cambia y que en consecuencia es válida para todos. Esto es así efectivamente, porque esa percepción -en este caso a través de la traducción que hace el sentido de la vista- es lo similar de la configuración perceptual que tiene la especie humana por esa vía. Sin embargo, en esto puede haber excepciones. Por ejemplo, un amigo apuntaba que un personaje idiota en una novela de William Faulkner (El Sonido y la Furia), le pregunta a otro: «¿no ha olido Ud. pasar una pelota de golf?». He aquí como esta frase demuestra una construcción diferente a la habitual de la realidad percibida. Siguiendo esta misma línea de pensamiento, si existieran otras especies inteligentes con configuraciones perceptuales y representativas distintas, con una diversa estructuración de los estímulos de la realidad original, no sólo lo luminoso y lo oscuro podrían ser cualitativamente diferentes en cuanto a su modo de manifestación y significación, sino hasta la propia construcción e interpretación de todo lo real-fenoménico.

Otro ejemplo es la creencia común y sorprendente (sin discusión para muchos que todavía no pueden desprenderse de su somnolienta visión ingenua natural), de que vivimos en un mundo «compacto, estable, seguro y material» en el cual caminamos cotidianamente, y que se encuentra firmemente establecido en el Universo. Esto se cree apriori, a pesar de que este inestable planeta curvo rota a miles de kilómetros por hora sobre su eje manteniendo una delgada película atmosférica apenas equilibrada, mientras se desplaza a una velocidad impresionante alrededor del sol, el que a su vez navega más rápidamente aún -con el sistema solar a cuestas- dando vueltas alrededor del centro (?) de la galaxia que nadie sabe como es, de adonde viene ni adonde va. Recordemos que por negar la ingenua creencia en una compacta inmovilidad central, la Inquisición casi quema en la hoguera a Galileo no hace mucho, apenas 400 años.

Segunda tesis: La noción de realidad configurada depende, además, de la ponderación valorativa que efectúa la conciencia de acuerdo a las interpretaciones que construye cada "paisaje interno" el que a su vez, esta condicionado por la configuración de los estímulos que impone la influencia de un entorno natural y social determinado, o sea, la acción de un "paisaje externo".

La segunda tesis nos advierte que el ser humano no sólo construye su visión del mundo a través del mecanismo percepto-representativo sino que lo ordena, clasifica, interpretándolo de una u otra manera y lo dota de determinado sentido intencional. Para ser más preciso: modifica el mundo a partir de sus creencias y de su ideología, de la calidad y cantidad de información que tiene; de sus usos, hábitos, costumbres, afectos, afinidades y rechazos; de su particular sensibilidad o temperamento, del nivel de vigilia y, por último, de las limitaciones, condicionamientos e influencia impuestos por el medio externo en el cual desarrolla y desenvuelve su libertad operativa.

No son lo mismo el mundo cotidiano del religioso convencido y practicante que el mundo del ateo desprejuiciado. Así, para el sincero creyente católico o judío, Adán y Eva fueron reales; para otros en cambio, son apenas una alegoría religiosa porque la totalidad de la ciencia ha legitimado la evolución de las especies, como algo indubitable. Si exploramos el tema desde otra perspectiva y según Jorge Luis Borges (en una conferencia que dictó sobre La Cábala, y publicada en su libro «Siete Noches»), para algunos fieles del Islam, el Corán no sólo es un libro sagrado sino además una suerte de atributo de Alá anterior a la misma lengua árabe y quizás, anterior al universo. Por lo tanto, las poderosas creencias de algunos devotos, sea de la religión que fueren, pueden llegar -a través de su fe- a niveles de radical oposición con una legitimada concepción lógica y científica del mundo; y no sólo eso, sino que sus acciones serán coherentes con tales concepciones.

En el mismo orden de ideas y respecto de la influencia del entorno, se puede decir con cierto grado de certeza que no tienen la misma concepción ni acción sobre el mundo, aquel que ha nacido y vivido en lo agreste de la naturaleza de la selva o de las altas montañas, que aquel que ha desarrrollado toda su biografía en la superestimulada cultura de las grandes ciudades. Ni hablar de las diferencias que observamos en la evaluación existencial de la realidad que hacen algunas etnias fundamentalistas, ubicadas en bandos contrapuestos que, paradójicamente, coinciden en el hecho de juzgar como enemiga a la otra con argumentos a veces similares. Cada cual ha de entender y operar entonces en lo que cree que es la realidad, de acuerdo al peso que sobre su conducta tengan las imágenes condicionadas por la plataforma de sus experiencias y de las influencias del entorno inmediato y mediato natural y social.

En el terreno de lo político y social encontramos similares diferencias con las creencias y las ideologías. Para dar un ejemplo: hay militantes que creen, con fe casi religiosa, que las ideas de Marx (que son múltiples y se fueron transformando durante la propia vida de éste) contienen verdades científicas "absolutas"; otros las entienden como afirmaciones revisables y poderan algunas sobre las otras. Hay franjas que hoy consideran el marxismo como un planteo ya arcaico y por lo tanto desechable y otras más, que nunca lo aceptaron. Las mismas radicales posiciones, con sus respectivas gradaciones pero con ideas económico-sociales inversas, pueblan la conciencia de personas o grupos que defienden distintas formas de liberalismo, o de la propiedad privada sobre los medios de producción y de la economía de mercado. Así sucede también con diversos sectores del plural pensamiento político, por ejemplo en algunos pos-modernos, para quienes la verdad de la realidad es una suerte de narración cambiante y multifacética que juega en torno de las instancias del poder.

Por otro lado, parece importante considerar con cierto detalle ese asunto mencionado de las creencias y las ideologías. Respecto de las primeras, cabe decir que su manifestación básica primaria se asienta en la conciencia a través de imágenes cenestésico-emotivas provenientes de habitualidades acumuladas por el tiempo en distintos niveles de memoria y cargadas con un sabor de «indiscutible» certeza. Ellas configuran la imagen que los grupos sociales -o cada cual- tienen del mundo. En un paso posterior aparecen las ideologías que configuran respuestas más o menos coyunturales dependientes del momento y el lugar en que se ofrecen, con ideas que configuran imágenes-guía que son las que mueven al cuerpo en definitiva en el intento de superar las señales de dolor y sufrimiento que experimente la conciencia en su desarrollo existencial. De todas maneras, cabe mencionar que la "imagen del mundo" no es el mundo, sino una perspectiva y una interpretación cambiante del mundo.

Es interesante observar entonces y a partir de las determinaciones apuntadas, como se estructuran las dichas etnias que construyen históricamente un paisaje interno colectivo y común al que convierten en "su propia realidad" la cual (sobre todo en estos tiempos de globalización que tienden a la uniformidad), defienden con uñas y dientes valorando tal pertenencia como algo excluyente, necesario y verdadero para ellas. Finalmente, todo lo anterior estará también sujeto a modificación de acuerdo al nivel de atención o de vigilia que tenga el percipiente o los grupos sociales -en el momento de su acción concreta en el mundo- sobre el peso y la influencia de los factores antepredicativos mencionados. Porque no es lo mismo dar una respuesta automática desde el semisueño, que desde el horizonte abierto que exige un nivel de vigilia atenta sobre uno mismo y el entorno.

Y aquí surge la necesidad de presentar la última tesis porque muchos pensarán que falta algo más estable en cuanto a la verdad de la realidad para que se pueda con-vivir con un cierto y razonable orden social y/o existencial en la diferenciada virtualidad que hemos descripto.

Tercera Tesis: La verdad es un relato sometido a criterios de verosimilitud y aceptación colectivos; por lo tanto, depende de su registro, legitimación y aplicación teórica y práctica consensuada en determinados ámbitos intersubjetivos.

Aparte de las evidencias y condiciones expuestas en las dos tesis anteriores, digamos que las verdades no son necesariamente verdades en sí, sino más bien interpretaciones o hipótesis tematizadas de los fenómenos, colectivamente reconocidas y aceptadas dentro de ciertos parámetros de investigación, experimentación o resolución -en regiones de significación amplias o restringidas-, que luego quedan incorporadas como postulados evidentes y hasta indiscutibles, en el imaginario social. Veamos un caso típico: la objetividad ideal de las matemáticas se presenta en principio como independiente de la variedad de opiniones cambiantes que sobre su validez pudieran tener los sujetos concretos o las intersubjetividades. Esto sucede por las determinaciones que tiene el desarrollo lógico-conceptual que se produce a partir del Intelecto, cuyo trabajo configurador de abstracciones (que tiende a establecer relaciones estructurales entre las cosas), se deriva o manifiesta en ideas. Pero ¿qué son las ideas? Según Husserl son "formas llenas de sentido", entidades universales e idénticas para todos los hombres tanto por su mecanismo de construcción como de manifestación, todo lo cual les otorga un particular sabor de universalidad (ver, el interesante Esquema del Siquismo que presenta Luis Ammann en su libro «Autoliberación», Editorial Planeta, Buenos Aires, 1991). Es en esta región de la psique donde imperan los actos de reflexión y donde se asientan, en primera instancia, las "verdades" científicas.

Desde otra perspectiva, se puede decir también que mediante una rigurosa metodología de observación de los actos de conciencia, es posible comprender el proceso genérico de intuición o configuración de las esencias -ideas universales-, dentro de las determinaciones que presenta el «Espacio de Representación», un ámbito compartido por toda la especie humana (ver de Silo, el capítulo "Sicología de la Imagen" en el libro «Contribuciones al Pensamiento», Editorial Planeta, Buenos Aires, 1991). Este espacio mental (él mismo una imagen) opera como una suerte de pantalla de proyección de las imágenes intencionales que se tienen de las cosas, ámbito donde se interpreta y decide lo que es «verdadero» y lo que es «falso».

Pero volviendo al tema de la tercera tesis, y a partir de la resolución ofrecida por los factores de configuración mencionados, los hombres consensuaron la legitimación colectiva de algunas verdades -con proverbial sentido común-, como algo necesario para la convivencia, el intercambio de información y la organización práctica de las sociedades. Por ejemplo y dentro del contexto histórico-institucional, podemos mencionar el hecho de la aceptación, vigencia y obediencia a preceptos generales ordenados en una constitución, leyes y decretos en cuanto normas regulatorias del comportamiento social y de administración de la cosa pública. Todo ello manifestado a través de un gobierno dividido en tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial (con la influencia mayor o menor de uno de ellos sobre los otros), que es aceptado como válido por los habitantes de los estados nacionales -en un determinado espacio geográfico-, que dotan a esas instituciones del poder de policía.

Pero muchas de esas pretendidas «verdades», si las consideramos en profundidad y aisladamente, son totalmente examinables, aún para los especialistas. Un caso interesante es el concepto del tiempo cuya única nota aparentemente segura, es su irreversibilidad. Todo el mundo cree ingenuamente que sabe que es el tiempo, pero ¿qué es verdaderamente el tiempo? ¿Acaso es una entidad en sí o un modo de configuración de la conciencia? ¿Es una flecha siempre presente que vuela desde un pasado hacia un futuro, hacia cualquier parte, o un devenir sin principio ni fin? ¿Acaso es energía y si es así, que tipo o calidad de energía? Estrictamente hablando no sabemos qué es el tiempo (el cual además y de acuerdo a algunas teorías, cambia según la velocidad del sistema en que esta inmerso un observador respecto de otro ubicado en un campo de fuerzas diferente).

Sin embargo y para no cansar con la explicación de algunas complicadas disquisiciones sobre su discutida esencia digamos que, en la creencia popular, el tiempo aparece como una suerte de indefinible entidad energética manifestada como un mecánico transcurrir hacia el futuro, matemáticamente dividida a través de los relojes y el almanaque, que no es sino una concepción legitimada por acuerdos internacionales. Pero, ¿es eso el tiempo? Es muy conocido el cuento del indígena quien burlándose de esa mencionada costumbre de los europeos en dividir lo temporal para pautar actividades o necesidades cotidianas, comentaba irónicamente: «Son las 12, hora de tener hambre». Ni que hablar de las diferencias conceptuales sobre el tiempo que tienen Agustín, Newton, Leibniz, Husserl, Einstein o Prigogine para referirnos sólo a algunos estudiosos perfectamente aceptados por la filosofía. Por lo tanto, he aquí que hasta en los mismos y reconocidos ámbitos de legitimación académica puede haber oposiciones infranqueables en las respuestas que se puedan dar sobre temas fundamentales y prioritarios que se consideran obvios.

 

3.- Conclusiones.

En fin, el tema de la verdad de la realidad -admitiendo la vigencia evidente del horizonte objetivo de lo dado material y/o energético, en cuanto plataforma primaria experimentable- es, en síntesis, extremadamente diverso en su interpretaciones, es discutible desde una perspectiva rigurosa y dependiente de legitimaciones mas o menos estables y colectivamente aceptadas en determinados ámbitos de significación y aplicación teórica y práctica. Podemos entonces comprender que la verdad-verdad de la realidad, esta mas bien relacionada con el mito, con la fe o con las mencionadas legitimaciones colectivas. El escritor Tomas Eloy Martínez, en un artículo que escribió sobre su novela histórica Evita (a la que denomina justamente «la construcción de un mito»), dice con cierto sabor posmodernista que la única verdad posible «es el relato de la verdad (relativa, parcial) que existe en la conciencia y en las búsquedas del narrador».

Reconociendo las tesis anteriores como válidas, me inclino en lo personal por aceptar de buen grado la complejidad de ponderaciones que existen sobre lo insondable del mundo, sin descuidar la configuración cotidiana y la reflexión sobre el maravilloso fenómeno de la vida, que día a día nos deslumbra cambiante y desafiante con nuevos retos. Desde esta perspectiva, un factor central que orienta mi vida es la necesidad de transformar (completamente, desde su misma plataforma) el armado del actual sistema de vida injusto y deshumanizado con una metodología de acción no-violenta, con el objetivo de crear una nación humana universal que permita -en los hechos y no en la teoría- condiciones de vida digna para todos.

Para terminar debo decir que, como cualquier persona, he incorporado algunas «verdades» que acepto y trato de llevar a la práctica como válidas. Con las limitaciones obvias que presenta la acción cotidiana, me muevo con proposiciones y valores estructurados a partir de las ideas de Silo, el pensador que parten de un sencillo principio para la convivencia social: «Trata a los demás como quieres que te traten».

Una de esas proposiciones es reconocer, antes que nada, el hecho verificable de mi existencia, la de los demás y de los condicionamientos naturales e intencionales que se deben superar para que la conciencia pueda evolucionar cualitativamente, intentando alcanzar espacios crecientes de libertad y satisfacción. Otra, es el repudio a la violencia, la discriminación y la explotación del hombre por el hombre, porque la vieja lucha de la humanidad fue y es en contra todo aquello que cause dolor físico y sufrimiento mental. La tercera, es el derecho al intento de acercar posiciones contrapuestas y en conflicto, a partir de un diálogo solidario no compulsivo, que atienda al peso de los particulares pre-juicios no tematizados que obstaculizan las relaciones entre las partes. La última proposición, tiene que ver con la afirmación del derecho al libre desarrollo, expresión del conocimiento y la experiencia, por encima de cualquier verdad que se quiera presentar o imponer como estática, excluyente o absoluta.

   
 
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