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1.- Consideraciones Generales.
El pueblo exige la verdad a los políticos. Estos, a su
vez, insisten que dicen la verdad aunque estén ubicados
en bandos distintos con afirmaciones enfrentadas y contradictorias
entre sí. Los periodistas aseguran que sus opiniones son
verdaderas. Los religiosos proclaman la verdad de su fe. Los
ateos, la verdad de lo empírico cotidiano. Los analistas
financieros, se asientan en la verdad de los números para
producir ajustados diagnósticos económicos pretendidamente
verdaderos. El poeta indaga la verdad en la belleza. Los marginados
enfatizan en la evidencia de su marginación y exclusión
como una horrenda verdad que desmiente los aparentes logros y
beneficios del primer mundo. Los gremialistas gritan su verdad
en las movilizaciones. Los enamorados se entregan, embelesados,
a su verdad sentimental. Los amigos comparten sus verdades en
las mesas de café criticando o arreglando el mundo, etc.
De tal manera, en estos particulares tiempos de crisis, el esclarecimiento
del problema de la verdad se esta convirtiendo en uno de los
temas fundamentales porque, en definitiva, algunos se preguntan
seriamente por ella y pretenden encontrar respuestas universales,
razonables y válidas al fenómeno de la vida. Recordemos
el significativo silencio de Cristo cuando, según los
evangelios, Poncio Pilatos le pregunta: «¿Qué es
la verdad?».
Es conocida la frase de Juan Domingo Perón de que «la única
verdad es la realidad». Entonces y atendiendo la posibilidad
de que la verdad se asiente en la plataforma de la realidad,
uno se pregunta nuevamente ¿cual realidad? Porque además
del hecho verificable y evidente de lo existente que surge en
el horizonte de lo dado y que se percibe en forma cotidiana,
la realidad adquiere significación y sentido según
la interpretación o ponderación que de ella expresen
diferentes sectores, actuando en consecuencia. Si éste
es el caso, no podemos negar la particular realidad de la feria
o de los cafés, la realidad del ama de casa, la realidad
del político o del poeta (y porque no también,
la realidad de algún tanguero que, como dice la letra
de Cambalache, cree a pie juntillas que «el mundo fue y
será una porquería»). No podemos tampoco
negar la realidad del religioso, del ateo, del economista, del
marginado o del deportista. No podemos negar la realidad del
intelectual, del gremialista, del estudiante, del científico
o la de los enamorados.
Si exploramos los ámbitos de la filosofía, para
Descartes y en última instancia, la realidad se asienta
en el yo que piensa; para Hegel es la manifestación dialéctica
del Espíritu en la historia a través de lo racional, ámbito
desde el cual se despliega; para Marx y Engels, la realidad tiene
su fundamento en la dinámica de lo material concreto y
para Heidegger y Sartre, la realidad de la existencia precede
a la realidad de la esencia. Y esto es así porque cada
sector, cada pensador -sin contar las diferencias conceptuales
que cada subjetividad individual pueda tener respecto de otra-
elabora sus peculiares evaluaciones y creencias sobre el hecho
de la realidad, que considera absolutamente válidas y
hasta indiscutibles.
Roberto Walton refiriéndose al polimorfismo del ser (ver «El
fenómeno y sus configuraciones», Editorial Almagesto,
Buenos Aires, 1993), dice que los fenomenólogos, con su
proverbial rigor, explican que, como lo demuestran los ejemplos
de la psicología de la forma, todo orden lógico
surge a partir de una selección y una exclusión.
Percibir algo de algo -que además se presenta como un
escorzo perceptual-, es a la vez dejar de percibir algo de ese
algo; representar es simultáneamente dejar de representar;
obrar es omitir lo no obrado, etc. Lo visible expresable y factible
tiene por lo tanto su reverso en lo invisible, inexpresable y
no factible en un momento dado. Así, un conocimiento aparentemente
verdadero excluye siempre la manifestación de otro conocimiento
similar y simultáneo. Por lo tanto, los propios fenómenos «concretos» aparecen
con limitaciones que son completadas por imágenes de la
conciencia. Sin embargo, la gente práctica y ajena a este
tipo de problemática dice fastidiada (no sin una cuota
de razón), que la única realidad es la perceptual
que se sufre cotidianamente porque, como vimos, hay una evidente
e indiscutible experiencia viviente, mas o menos coherente, de
plataforma.
Pero cada cual la configura de determinada manera. Los espíritus
inquietos saben que la propia percepción y la consecuente
representación modifican el mundo con sus imágenes.
Saben también que las creencias y la ideología
-sin descuidar el particular peso diferenciador de las diversas
vivencias emocionales que puede haber experimentado el percipiente-
ponderan las características de las cosas y que por lo
tanto las cosas mismas son transformadas por la compleja mediación
que efectúa la conciencia la que a su vez, orienta de
determinada manera sus acciones sobre el mundo. Por lo tanto,
el misterio del mundo y la realidad aparecen como un producto
significativo dependiente de la interpretación del paisaje
interno de cada cual. Atendiendo a eso, un viejo aforismo popular
advierte que «todo depende del cristal con que se mire».
Y todavía más. El panorama contemporáneo
del conocimiento se ha complejizado extraordinariamente y ahora
se cuestiona la existencia misma de un sentido unitario en la
filosofía o la ciencia (es decir en el hecho cultural
mismo) ya que, al parecer, el saber no avanza desde un origen único
ni hacia una misma meta. Según estimaciones actuales,
los saberes se estructuran discontinuamente en pluralidad de
campos teóricos y experimentales desde dónde surgen ámbitos
regionales o locales de significación que pueden converger
o no hacia un sentido unitivo. Por otra parte, nociones como
inestabilidad, indeterminación, configuración sistémica,
asimetría, irreversibilidad, desequilibrio, invaden hoy
con pleno derecho el ámbito de la física y la filosofía.
Jorge Saltor traza un interesante cuadro de estas y otras complicaciones
en un artículo sobre la verdad y su relación con
la multiplicidad de los fenómenos (ver «Utilidad
de la Filosofía», Centro de Estudios Regionales,
Tucumán, 1993).
Viene al caso la anécdota de un conocido académico,
quién se alarmaba por la facilidad con la que los políticos
y la mayoría de la gente, en sus quehaceres habituales,
sentencian con pasmosa seguridad o certeza sobre las características
de la "verdad" de tales o cuales segmentos de la realidad
(incluso pronosticando su desarrollo futuro), cuando los propios
físicos especializados pierden el sueño discutiendo
hipótesis y polemizando -a veces duramente y con sólidos
argumentos científicos contrapuestos- acerca de la esencia
de lo real. Quizás esa fue la razón por la cual
los antiguos filósofos jamás se autocalificaron
de sabios; mas modestamente, se proclamaron «amigos de
la sabiduría».
2.- Esquema u ordenamiento del tema.
Para alejarnos del puerto de la complicada y preocupante relatividad
al cual vamos arribando y a fin de echar un poco de luz sobre
este tema -sin suponer que lo que diremos será la verdad
objetiva, absoluta, real, ni mucho menos-, hagamos un intento
provisorio de encuadrar este problema esquemática y racionalmente
partiendo de tres tesis. Pero advirtamos también (sin
caer en el escepticismo del filósofo Fritz Mauhtner respecto
de la absoluta dicotomía que existe entre el lenguaje
y la realidad), que cada tesis se expresará a través
de un lenguaje y que lo que el lenguaje designa o señala
no es, obviamente, la cosa designada. Por lo tanto, es interesante
tomar también conciencia previa de las condiciones o limitaciones
que impone el lenguaje mismo y de la distancia que mantiene del
mundo.
Primera tesis: Existe la continuidad indubitable y objetiva
de algo: el noumeno material y/o energético de plataforma,
eso nadie lo discute; pero es dinámico y su conocimiento
depende del modo en que es configurado a través del mecanismo
percepto-representativo y de la perspectiva espacio-temporal
que tenga la conciencia de cada cual.
Tal tesis quiere decir que una cosa es la realidad en sí del
dinámico e ignoto transcurrir de la materia y/o energía
original, y otra la que va surgiendo a partir de la traducción
que realiza el mecanismo percepto-representativo de la conciencia
y del punto de vista del observador que, además, participa
de una misma estructura con lo observado modificándolo.
La percepción primaria y diversa de los fenómenos
(la "certeza sensible" de Hegel según me apunta
mi amigo Nestor Tato), que parece ser similar para todos, lo
es en tanto y en cuanto los modos y mecanismos de configuración
de los estímulos son similares para toda la especie humana,
que los expresa formalmente de la misma manera. Para dar un ejemplo
elemental: el día y la noche como ámbitos regulares
de luz y oscuridad natural son, en principio, lo mismo para un
colla, un japonés, un europeo o un africano que no dudan
de tal regularidad que perciben cotidianamente.
Pero esto depende de la perspectiva espacio-temporal ya que
para un esquimal o para los habitantes de las bases antárticas,
el día o la noche pueden durar meses. Y qué decir
de la perspectiva de un astronauta que observa ese fenómeno
desde afuera de la tierra por lo cual su visión es absolutamente
diferente. Incluso, en su rotación por el espacio, cada
24 horas puede el astronauta pasar varias veces y sucesivamente
sobre lo que aquí llamamos el día y la noche desde
el marco de un espacio oscuro e infinito poblado de lejanas estrellas.
Se podrá decir que la percepción de lo luminoso
o de lo oscuro en principio no cambia y que en consecuencia es
válida para todos. Esto es así efectivamente, porque
esa percepción -en este caso a través de la traducción
que hace el sentido de la vista- es lo similar de la configuración
perceptual que tiene la especie humana por esa vía. Sin
embargo, en esto puede haber excepciones. Por ejemplo, un amigo
apuntaba que un personaje idiota en una novela de William Faulkner
(El Sonido y la Furia), le pregunta a otro: «¿no
ha olido Ud. pasar una pelota de golf?». He aquí como
esta frase demuestra una construcción diferente a la habitual
de la realidad percibida. Siguiendo esta misma línea de
pensamiento, si existieran otras especies inteligentes con configuraciones
perceptuales y representativas distintas, con una diversa estructuración
de los estímulos de la realidad original, no sólo
lo luminoso y lo oscuro podrían ser cualitativamente diferentes
en cuanto a su modo de manifestación y significación,
sino hasta la propia construcción e interpretación
de todo lo real-fenoménico.
Otro ejemplo es la creencia común y sorprendente (sin
discusión para muchos que todavía no pueden desprenderse
de su somnolienta visión ingenua natural), de que vivimos
en un mundo «compacto, estable, seguro y material» en
el cual caminamos cotidianamente, y que se encuentra firmemente
establecido en el Universo. Esto se cree apriori, a pesar de
que este inestable planeta curvo rota a miles de kilómetros
por hora sobre su eje manteniendo una delgada película
atmosférica apenas equilibrada, mientras se desplaza a
una velocidad impresionante alrededor del sol, el que a su vez
navega más rápidamente aún -con el sistema
solar a cuestas- dando vueltas alrededor del centro (?) de la
galaxia que nadie sabe como es, de adonde viene ni adonde va.
Recordemos que por negar la ingenua creencia en una compacta
inmovilidad central, la Inquisición casi quema en la hoguera
a Galileo no hace mucho, apenas 400 años.
Segunda tesis: La noción de realidad configurada depende,
además, de la ponderación valorativa que efectúa
la conciencia de acuerdo a las interpretaciones que construye
cada "paisaje interno" el que a su vez, esta condicionado
por la configuración de los estímulos que impone
la influencia de un entorno natural y social determinado, o sea,
la acción de un "paisaje externo".
La segunda tesis nos advierte que el ser humano no sólo
construye su visión del mundo a través del mecanismo
percepto-representativo sino que lo ordena, clasifica, interpretándolo
de una u otra manera y lo dota de determinado sentido intencional.
Para ser más preciso: modifica el mundo a partir de sus
creencias y de su ideología, de la calidad y cantidad
de información que tiene; de sus usos, hábitos,
costumbres, afectos, afinidades y rechazos; de su particular
sensibilidad o temperamento, del nivel de vigilia y, por último,
de las limitaciones, condicionamientos e influencia impuestos
por el medio externo en el cual desarrolla y desenvuelve su libertad
operativa.
No son lo mismo el mundo cotidiano del religioso convencido
y practicante que el mundo del ateo desprejuiciado. Así,
para el sincero creyente católico o judío, Adán
y Eva fueron reales; para otros en cambio, son apenas una alegoría
religiosa porque la totalidad de la ciencia ha legitimado la
evolución de las especies, como algo indubitable. Si exploramos
el tema desde otra perspectiva y según Jorge Luis Borges
(en una conferencia que dictó sobre La Cábala,
y publicada en su libro «Siete Noches»), para algunos
fieles del Islam, el Corán no sólo es un libro
sagrado sino además una suerte de atributo de Alá anterior
a la misma lengua árabe y quizás, anterior al universo.
Por lo tanto, las poderosas creencias de algunos devotos, sea
de la religión que fueren, pueden llegar -a través
de su fe- a niveles de radical oposición con una legitimada
concepción lógica y científica del mundo;
y no sólo eso, sino que sus acciones serán coherentes
con tales concepciones.
En el mismo orden de ideas y respecto de la influencia del entorno,
se puede decir con cierto grado de certeza que no tienen la misma
concepción ni acción sobre el mundo, aquel que
ha nacido y vivido en lo agreste de la naturaleza de la selva
o de las altas montañas, que aquel que ha desarrrollado
toda su biografía en la superestimulada cultura de las
grandes ciudades. Ni hablar de las diferencias que observamos
en la evaluación existencial de la realidad que hacen
algunas etnias fundamentalistas, ubicadas en bandos contrapuestos
que, paradójicamente, coinciden en el hecho de juzgar
como enemiga a la otra con argumentos a veces similares. Cada
cual ha de entender y operar entonces en lo que cree que es la
realidad, de acuerdo al peso que sobre su conducta tengan las
imágenes condicionadas por la plataforma de sus experiencias
y de las influencias del entorno inmediato y mediato natural
y social.
En el terreno de lo político y social encontramos similares
diferencias con las creencias y las ideologías. Para dar
un ejemplo: hay militantes que creen, con fe casi religiosa,
que las ideas de Marx (que son múltiples y se fueron transformando
durante la propia vida de éste) contienen verdades científicas "absolutas";
otros las entienden como afirmaciones revisables y poderan algunas
sobre las otras. Hay franjas que hoy consideran el marxismo como
un planteo ya arcaico y por lo tanto desechable y otras más,
que nunca lo aceptaron. Las mismas radicales posiciones, con
sus respectivas gradaciones pero con ideas económico-sociales
inversas, pueblan la conciencia de personas o grupos que defienden
distintas formas de liberalismo, o de la propiedad privada sobre
los medios de producción y de la economía de mercado.
Así sucede también con diversos sectores del plural
pensamiento político, por ejemplo en algunos pos-modernos,
para quienes la verdad de la realidad es una suerte de narración
cambiante y multifacética que juega en torno de las instancias
del poder.
Por otro lado, parece importante considerar con cierto detalle
ese asunto mencionado de las creencias y las ideologías.
Respecto de las primeras, cabe decir que su manifestación
básica primaria se asienta en la conciencia a través
de imágenes cenestésico-emotivas provenientes de
habitualidades acumuladas por el tiempo en distintos niveles
de memoria y cargadas con un sabor de «indiscutible» certeza.
Ellas configuran la imagen que los grupos sociales -o cada cual-
tienen del mundo. En un paso posterior aparecen las ideologías
que configuran respuestas más o menos coyunturales dependientes
del momento y el lugar en que se ofrecen, con ideas que configuran
imágenes-guía que son las que mueven al cuerpo
en definitiva en el intento de superar las señales de
dolor y sufrimiento que experimente la conciencia en su desarrollo
existencial. De todas maneras, cabe mencionar que la "imagen
del mundo" no es el mundo, sino una perspectiva y una interpretación
cambiante del mundo.
Es interesante observar entonces y a partir de las determinaciones
apuntadas, como se estructuran las dichas etnias que construyen
históricamente un paisaje interno colectivo y común
al que convierten en "su propia realidad" la cual (sobre
todo en estos tiempos de globalización que tienden a la
uniformidad), defienden con uñas y dientes valorando tal
pertenencia como algo excluyente, necesario y verdadero para
ellas. Finalmente, todo lo anterior estará también
sujeto a modificación de acuerdo al nivel de atención
o de vigilia que tenga el percipiente o los grupos sociales -en
el momento de su acción concreta en el mundo- sobre el
peso y la influencia de los factores antepredicativos mencionados.
Porque no es lo mismo dar una respuesta automática desde
el semisueño, que desde el horizonte abierto que exige
un nivel de vigilia atenta sobre uno mismo y el entorno.
Y aquí surge la necesidad de presentar la última
tesis porque muchos pensarán que falta algo más
estable en cuanto a la verdad de la realidad para que se pueda
con-vivir con un cierto y razonable orden social y/o existencial
en la diferenciada virtualidad que hemos descripto.
Tercera Tesis: La verdad es un relato sometido a criterios de
verosimilitud y aceptación colectivos; por lo tanto, depende
de su registro, legitimación y aplicación teórica
y práctica consensuada en determinados ámbitos
intersubjetivos.
Aparte de las evidencias y condiciones expuestas en las dos
tesis anteriores, digamos que las verdades no son necesariamente
verdades en sí, sino más bien interpretaciones
o hipótesis tematizadas de los fenómenos, colectivamente
reconocidas y aceptadas dentro de ciertos parámetros de
investigación, experimentación o resolución
-en regiones de significación amplias o restringidas-,
que luego quedan incorporadas como postulados evidentes y hasta
indiscutibles, en el imaginario social. Veamos un caso típico:
la objetividad ideal de las matemáticas se presenta en
principio como independiente de la variedad de opiniones cambiantes
que sobre su validez pudieran tener los sujetos concretos o las
intersubjetividades. Esto sucede por las determinaciones que
tiene el desarrollo lógico-conceptual que se produce a
partir del Intelecto, cuyo trabajo configurador de abstracciones
(que tiende a establecer relaciones estructurales entre las cosas),
se deriva o manifiesta en ideas. Pero ¿qué son
las ideas? Según Husserl son "formas llenas de sentido",
entidades universales e idénticas para todos los hombres
tanto por su mecanismo de construcción como de manifestación,
todo lo cual les otorga un particular sabor de universalidad
(ver, el interesante Esquema del Siquismo que presenta Luis Ammann
en su libro «Autoliberación», Editorial Planeta,
Buenos Aires, 1991). Es en esta región de la psique donde
imperan los actos de reflexión y donde se asientan, en
primera instancia, las "verdades" científicas.
Desde otra perspectiva, se puede decir también que mediante
una rigurosa metodología de observación de los
actos de conciencia, es posible comprender el proceso genérico
de intuición o configuración de las esencias -ideas
universales-, dentro de las determinaciones que presenta el «Espacio
de Representación», un ámbito compartido
por toda la especie humana (ver de Silo, el capítulo "Sicología
de la Imagen" en el libro «Contribuciones al Pensamiento»,
Editorial Planeta, Buenos Aires, 1991). Este espacio mental (él
mismo una imagen) opera como una suerte de pantalla de proyección
de las imágenes intencionales que se tienen de las cosas, ámbito
donde se interpreta y decide lo que es «verdadero» y
lo que es «falso».
Pero volviendo al tema de la tercera tesis, y a partir de la
resolución ofrecida por los factores de configuración
mencionados, los hombres consensuaron la legitimación
colectiva de algunas verdades -con proverbial sentido común-,
como algo necesario para la convivencia, el intercambio de información
y la organización práctica de las sociedades. Por
ejemplo y dentro del contexto histórico-institucional,
podemos mencionar el hecho de la aceptación, vigencia
y obediencia a preceptos generales ordenados en una constitución,
leyes y decretos en cuanto normas regulatorias del comportamiento
social y de administración de la cosa pública.
Todo ello manifestado a través de un gobierno dividido
en tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial (con la influencia
mayor o menor de uno de ellos sobre los otros), que es aceptado
como válido por los habitantes de los estados nacionales
-en un determinado espacio geográfico-, que dotan a esas
instituciones del poder de policía.
Pero muchas de esas pretendidas «verdades», si las
consideramos en profundidad y aisladamente, son totalmente examinables,
aún para los especialistas. Un caso interesante es el
concepto del tiempo cuya única nota aparentemente segura,
es su irreversibilidad. Todo el mundo cree ingenuamente que sabe
que es el tiempo, pero ¿qué es verdaderamente el
tiempo? ¿Acaso es una entidad en sí o un modo de
configuración de la conciencia? ¿Es una flecha
siempre presente que vuela desde un pasado hacia un futuro, hacia
cualquier parte, o un devenir sin principio ni fin? ¿Acaso
es energía y si es así, que tipo o calidad de energía?
Estrictamente hablando no sabemos qué es el tiempo (el
cual además y de acuerdo a algunas teorías, cambia
según la velocidad del sistema en que esta inmerso un
observador respecto de otro ubicado en un campo de fuerzas diferente).
Sin embargo y para no cansar con la explicación de algunas
complicadas disquisiciones sobre su discutida esencia digamos
que, en la creencia popular, el tiempo aparece como una suerte
de indefinible entidad energética manifestada como un
mecánico transcurrir hacia el futuro, matemáticamente
dividida a través de los relojes y el almanaque, que no
es sino una concepción legitimada por acuerdos internacionales.
Pero, ¿es eso el tiempo? Es muy conocido el cuento del
indígena quien burlándose de esa mencionada costumbre
de los europeos en dividir lo temporal para pautar actividades
o necesidades cotidianas, comentaba irónicamente: «Son
las 12, hora de tener hambre». Ni que hablar de las diferencias
conceptuales sobre el tiempo que tienen Agustín, Newton,
Leibniz, Husserl, Einstein o Prigogine para referirnos sólo
a algunos estudiosos perfectamente aceptados por la filosofía.
Por lo tanto, he aquí que hasta en los mismos y reconocidos ámbitos
de legitimación académica puede haber oposiciones
infranqueables en las respuestas que se puedan dar sobre temas
fundamentales y prioritarios que se consideran obvios.
3.- Conclusiones.
En fin, el tema de la verdad de la realidad -admitiendo la vigencia
evidente del horizonte objetivo de lo dado material y/o energético,
en cuanto plataforma primaria experimentable- es, en síntesis,
extremadamente diverso en su interpretaciones, es discutible
desde una perspectiva rigurosa y dependiente de legitimaciones
mas o menos estables y colectivamente aceptadas en determinados ámbitos
de significación y aplicación teórica y
práctica. Podemos entonces comprender que la verdad-verdad
de la realidad, esta mas bien relacionada con el mito, con la
fe o con las mencionadas legitimaciones colectivas. El escritor
Tomas Eloy Martínez, en un artículo que escribió sobre
su novela histórica Evita (a la que denomina justamente «la
construcción de un mito»), dice con cierto sabor
posmodernista que la única verdad posible «es el
relato de la verdad (relativa, parcial) que existe en la conciencia
y en las búsquedas del narrador».
Reconociendo las tesis anteriores como válidas, me inclino
en lo personal por aceptar de buen grado la complejidad de ponderaciones
que existen sobre lo insondable del mundo, sin descuidar la configuración
cotidiana y la reflexión sobre el maravilloso fenómeno
de la vida, que día a día nos deslumbra cambiante
y desafiante con nuevos retos. Desde esta perspectiva, un factor
central que orienta mi vida es la necesidad de transformar (completamente,
desde su misma plataforma) el armado del actual sistema de vida
injusto y deshumanizado con una metodología de acción
no-violenta, con el objetivo de crear una nación humana
universal que permita -en los hechos y no en la teoría-
condiciones de vida digna para todos.
Para terminar debo decir que, como cualquier persona, he incorporado
algunas «verdades» que acepto y trato de llevar a
la práctica como válidas. Con las limitaciones
obvias que presenta la acción cotidiana, me muevo con
proposiciones y valores estructurados a partir de las ideas de
Silo, el pensador que parten de un sencillo principio para la
convivencia social: «Trata a los demás como quieres
que te traten».
Una de esas proposiciones es reconocer, antes que nada, el hecho
verificable de mi existencia, la de los demás y de los
condicionamientos naturales e intencionales que se deben superar
para que la conciencia pueda evolucionar cualitativamente, intentando
alcanzar espacios crecientes de libertad y satisfacción.
Otra, es el repudio a la violencia, la discriminación
y la explotación del hombre por el hombre, porque la vieja
lucha de la humanidad fue y es en contra todo aquello que cause
dolor físico y sufrimiento mental. La tercera, es el derecho
al intento de acercar posiciones contrapuestas y en conflicto,
a partir de un diálogo solidario no compulsivo, que atienda
al peso de los particulares pre-juicios no tematizados que obstaculizan
las relaciones entre las partes. La última proposición,
tiene que ver con la afirmación del derecho al libre desarrollo,
expresión del conocimiento y la experiencia, por encima
de cualquier verdad que se quiera presentar o imponer como estática,
excluyente o absoluta.
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