Marzo de 1968 (17 años)
A mi primer amor
Cuando la vi esa tarde,
tenía en los ojos una mirada.
La llevaba puesta como un prendedor de acero.
Era una mirada simple,
pues todo lo limpio es sencillo,
triste
con aquel dolor que no es odio, no es remordimiento,
si no dolor de carne, dolor de ser limpio,
dolor de estar vivo,
dolor de amar y no ser amado
de soñar y ser ofendido.
Esa mirada quedó colgando en el hastío
de aquella tarde sofocante largo rato
¿o fue acaso eterno?
Quise robarle a la tarde aquellos ojos
que de ella colgaban
aquella mirada que había quedado inmóvil
sobre el calor sofocante de aquella tarde salvatuche.
Quise arrebatar esa mirada
para tocarla, para golpearla, para estrujarla.
Yo quería que me hiriera hasta el fondo del alma con
su filo de acero
hasta el fondo del cuerpo y del alma y del hombre y del niño
que me hiciese sangrar hasta el fondo, y quizá más
allá del fondo
que me traspasara completamente
que me perforara y dejara un agujero
que no se pudiera llenar mas' que con sangre, lágrimas
o carne.
Ella volvió
no se cómo
los ojos y bajó la mirada.
Sus ojos se ocultaron en el polvo del camino
¿o fue acaso en las amarillas, quebradizas hierbas?
¿o en los maizales circumvecinos?
¿o en las piedras color gris opaco y negro?
Fue entonces que quise decir aquello
... ¡aquello!...
y no lo dije porque no puede ser dicho
por que el alma no cabe, por diminuta que sea,
en el espacio infinitesimal de un sonido inútil que no
tiene sentido.
La tarde se adormitó
se tornó noche de pronto.
Ella caminó.
Yo caminé.
Ella siguió este camino
yo algu'n otro
y los dos nos perdimos el uno del otro
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