Habana, Habitación 215
Un sol insolente y altanero surcaba el pálido azul.
El viento, indignado, castigaba a la palmera mientras que en
el hemisferio opuesto dos mariposas cojían frenéticas,
desvergonzadamente, a la sombra del bambú. La ciencia
actual aun no alcanza a explicar como estos bichos pueden producir
disturbios térmicos de tal magnitud sobre estas islas
del Caribe. Pero fueron suficientes para empañar la fotografía
espía del satélite en los momentos justos para
confundir al enemigo.
El mensaje, que ni estos ni los otros pudieron decifrar, estaba
claro. La santera, La Madrina, lo había sabido de antemano.
--Tu vas a volver, me dijo. Y cuando esto se cumpla, las nubes
de agua se reunirán en forma perezosa sobre el monumento.
Su impresionante mano, tallada en piedra, confirmará el
mensaje. No te puedo decir más. Que la paz vaya hacia
ellos, los violentos, y hacia ti también, chico, pues
la necesitarás.
Presenté el pasaporte y los documentos adecuados a la
guapa mulata en Cubana de Aviación. No me quedaba claro
si me dejarían pasar sin algun castigo. Sabía muy
bien que no era nada personal, simplemente tironeajes de geopolítica
y béisbol. Ella me miró muy fijamente, traspasando
mi alma en una forma inesperada.
En sus ojos vi el sol. Vi las palmeras, dos para ser preciso.
Vi el monumento, y aquella mano gigantesca tallada en piedra
que apunta hacia las nubes, esas nubes preñadas de presagio
y porvenir.
Hasta el mismo sol se suavizó por un instante. Una vieja
canción de amor se deslizó nostálgica por
los altoparlantes. El europeo consultó impaciente a su
fiel cronómetro... pero yo supe entonces y sin poder decirlo,
pero era obvio y lo decía el aire, que el tiempo había
muerto, o por lo menos, desmayado.
Recordé a Alexi, aquél simpático Santiaguero
con tanta fuerza, arrojo y vida, hijo predilecto de la revolución.
--Nada sobre el ser humano, y ningun ser humano por encima de
otro, me repitió.
Cuando lo dijo él, así en una forma tan sentida,
sentí humedad debajo de los párpados y la sangre
galopeando contra el corazón.
--Puerta 55, declaró la bella oficial en forma seca.
Sonreí. La Madrina había cumplido. El temible huracán
prognosticado por la NASA se había convertido en suave
brisa llena de delicada risa y convicción. En ese momento
supe, como lo sé ahora, que mi cuerpo finalmente se había
entrecruzado con el Sentido.
R. Wall, marzo del 99 |