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Gitana,
Cuando te despides,
flameas tus labios rojos
como las banderas
en las altas torres de los cruceros.
Y
Yo me quedo huérfano
mirando navegar tus grandes ojos negros
en el oceano
de la desolación.
También veo diluirse,
en la bruma de mis recuerdos,
tus vestidos de flores,
con las que tantas veces me acompañaste
en los largos paseos vespertinos. Gitana,
cuando te vas por esos senderos,
sin retorno,
recuerdo los quiebres de tu talle,
que recibieron generosos mis brazos,
tantas veces. Ahora has huido de mis besos brujos
y
me has excomulgado para siempre
de tus senos redondos,
de tus besos furtivos,
de tus baños nocturnos
y del ritual de tus sedas
a la orilla de nuestra alcoba.
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