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Autor:

Juan Limachi

Titulo:

Madrigal de invierno

 

(Dedicatoria: Para Nancy, el corazón gemelo que me inspiró estos versos en los
insomnios de las noches frías en esta ciudad huérfana, me acompañó amorosa en
mi vida peregrina en Panamá y me da aliento para bregar en esta desconcertante
existencia)

Gitana,
algún día,
subiremos a las altas estepas
donde nos miraremos
en los espejos de todas las lagunas
y te cantaré unos versos,
como susurra el rumor del trigal
ante las caricias del viento

Entonces,
ya no habrán adioses inciertos,
lagrimas envueltas en libros viejos,
ni flores marchitas
perdidas en viejos calendarios

Solo existirá la certidumbre de las amapolas
y el rotundo beso del viento en nuestros rostros

Mis luchas y mis desvelos se habrán terminado
y tu habrás ganado,
porque, por fin, cumpliré mi promesa
de enterrar mi espada

Gitana,
ya no quiero seguir viviendo sin amor ni lar
Tu has ganado.

Serás mi bálsamo
y la quietud para mi espíritu vagabundo.

Por eso,
sembraré abedules
en tus labios rojos
y me esconderé entre tus ojos
para mirar juntos el firmamento infinito.

Gitana,
algún día, subiremos a las altas estepas
donde nos bañara el suave rocío
y caminaremos sin rumbo por la verde sabana,
como dos enamorados
que alborozados
cruzan las olas del mar.

Para entonces,
se habrán terminado los exilios,
los sueños inconclusos,
las vigilias,
y los besos apresurados,
que quedaron regados como granizos
en las ciudades extranjeras,
donde vivimos expatriados.

Gitana,
ya no volverán los mercaderes judíos,
que nos alegraban las Navidades
con sus tiendas de guirnaldas y baratijas,
tampoco volveré a escuchar de tus labios:
"No te olvides el paraguas"
que decías siempre para protegerme
de la cascada de lluvias del trópico,
que mojaron interminables veces mis huesos.

También,
tendremos que resignarnos
a perder los hermosos atardeceres
donde fuimos felices
respirando la cálida brisa marina
y viendo el paso de los trasatlánticos
llenos de turistas mundanos.

Tampoco,
ya no volveremos a caminar por las calles de aquella
ciudad cosmopolita
donde comprábamos regalos exóticos,
olíamos los sahumerios hindúes
y las esencias aromáticas orientales
todos los anos,
en vísperas de Navidad.

Aunque fueron días turbulentos,
creo que allí aprendí
a amar tus silencios infinitos
cuando apaciguabas
mis iras infundadas,
como apacigua la gitana el puñal iracundo del gitano.

Amor,
algún día subiremos a las altas estepas,
donde te entregare una bandeada de besos
y me rendiré humildemente...
Para entregarte lo poco que poseo:
mis versos
y mis manos escribanas,
que se mojaron de tinta y pólvora, hace mucho tiempo.

También,
te entregare encadenadas mis alegrías,
para que los repartas como pedacitos de pan a todos los niños...

En fin,
amor,
hasta que llegue ese día,
estaré como un centinela guardando el camino
por donde transitaremos
y me sentaré ante una hoguera
donde crepitaran,
cual guirnaldas,
los truenos,
los besos,
los adioses,
el fuego de nuestros ojos,
los viajes interminables,
las lagrimas,
las cartas por Internet
y todos los elementos
que poblaron nuestro pequeño universo.

 

   
 
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