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Todo
naufraga su peso, / tan sólo quien haya mantenido su
debilidad intacta / navegará
su
propio vacío, aleteará / su propia ausencia.
Hugo
Mujica
maría
abre los ojos por la mañana. mira el reloj sólo
para tener idea de lo que ha dormido, ya que por el momento
no tiene horarios ni obligaciones. tarda un buen rato en reconocer
lo que la rodea. tarda aún más en reconocerse
cuando el espejo del baño le retorna unos rasgos casi
ajenos. se toca la cara con unos dedos inseguros, mientras
el agua de la ducha va empañando la imagen. una vez
bajo el agua, maría siente que podría quedarse
allí hasta que todo le deje de doler. hasta siempre,
vamos.
(de
a poco el cuerpo va dando señales de agrado: la esponja
dura deja marcas de su paso, el pelo se deja enjuagar sin enmarañarse
demasiado. maría sigue usando un jabón con aroma
a coco, que le recuerda al que usaba su abuela cuando la lavaba,
de chica. se resiste a sentarse en la bañera, bajo el
chorro caliente: hacerse un ovillo en medio del agua y el vapor
es algo de lo que cree le costará despegar. cierra el
grifo y escurre el agua de su cuerpo con las palmas, como si
lo exprimiera. luego hunde la cara en la toalla áspera,
sin planchar. le gusta ese contacto duro, y se seca frotando
rápido, sintiendo que la sangre responde a la fricción.
desempaña el espejo, se seca el pelo, lo peina hacia
atrás y lo sujeta. durante todo ese tiempo, maría
no ha vuelto a mirar su cara.)
maría
vuelve a su habitación envuelta en la toalla. abre las
persianas, el sol ya casi en el mediodía irrumpe y muestra
una cama ancha y baja, un edredón violeta caído
a medias en el suelo, la gata gris que parpadea en un almohadón
ante la invasión de luz. una de las mesas de luz soporta
pilas de libros en equilibrio precario. la otra, sólo
un reloj despertador que está detenido. maría
deja que el sol le entibie el cuerpo mientras se viste: vaquero,
suéter amplio sobre una camiseta que asoma por debajo.
zapatillas. se mira de soslayo en el espejo del ropero. se
da cuenta de que se ha puesto la ropa que estaba más
a mano, la que se quitó al acostarse. sacude el edredón,
lo extiende sobre la cama, guarda un par de cosas. mira los
libros apilados, va como para tomar uno o para ordenarlos,
pero a mitad de camino se detiene. maría se encoge de
hombros, sacude la cabeza, sale del cuarto.
(el
cuarto que, como el resto de la casa, se ha convertido en una
especie de sitio anónimo, de paso. en unos días
se mudará, y ayer ha ido guardando en cajas las cosas
que hacían de las paredes un paisaje familiar: cuadros,
fotos, móviles. pero claro, no es la ausencia de los
objetos lo que transforma al lugar en desconocido. es, más
bien, la presencia de otras ausencias, casi palpables en el
silencio que sólo quiebran los ruidos de la construcción
en la vereda de enfrente.)
maría
cumple el ritual cotidiano de calentar el agua para unos mates,
de cortar el pan en rebanadas y tostarlo, de llevar a la mesa
la miel. la gata se frota contra sus piernas, demandando caricias
y desayuno. maría se deja mecer por el aroma del pan
caliente, por la caricia del mate bajando por la garganta.
maría sabe que todo eso demora un poco más el
contacto con el afuera. que, como ella también tiene
presente, no es más que el choque consigo misma ya que,
como decía hermes, lo de adentro es como lo de afuera,
lo de arriba es como lo de abajo y demás...
(vaya. ¿cuánto
hace que leyó la tabla esmeralda? ¿cuánto
tiempo desde que la alquimia fue una suerte de juego mental
para ver el mundo con ojos casi mágicos? maría
recuerda búsquedas reales y alegóricas, piedras
esenciales que se escurrían de entre las manos o que
se perdían en el proceso. aunque maría siempre
supo que ella era la piedra, y que la trasmutación no
era un juego…)
porque
maría mira a su alrededor y sólo ve tierra arrasada,
restos de guerras que peleó en esperanza. escombros
que dejan ver trocitos de colores, de formas que fueron. y
si escuchara (pero no...), rondan también voces, palabras,
música que se niega a oír, trasmutados esos sonidos
en cuchillos que conservan su filo, en facas que hay que mantener
a distancia.
(y
sin embargo esas voces decían te quiero, decían
vamos, decían podemos, siento, mírame, sigamos,
es bueno para todos, sí, carajo, me animo, venite, es
cerca, seguro que esa gente te gustará, hay tanto para
hacer, con vos me arriesgo, hay tiempo... esas palabras tenían
poder de vida, de paz, de goce, de fuerza. esas músicas
habían acompañado acuerdos, abrazos, risas compartidas,
huidas cómplices. bandas de sonido de películas
que ya bajaron de cartel.)
maría
considera el día al acecho y se pregunta cómo
habrá que hacer para aprender a cuidarse. porque ella
sigue creyendo que aún en ese paisaje devastado hay
espacio para nuevas semillas, para comenzar en cada puto centímetro
cuadrado un mundo nuevo, incandescente, poderoso. entre otras
cosas porque, si no fuera así, nada de lo vivido tendría
sentido. porque el dolor y el sufrimiento son obscenos si no
dan paso a nuevas vidas, a nuevas comprensiones.
(a
ver si todavía lo aprendido a base de llevarse paredes
por delante no significa nada. a ver si esas elecciones en
las que uno fue dejando pedazos de sueños no han servido
para hacer más fuertes los que quedaron en pie. a ver
si tanta pelea, tanta duda, tanto desasosiego no fueron depurando
la esencia, puliendo la fe, preparando al corazón para
cada día siguiente.)
maría
trata de que su cuerpo entienda que es la máquina que
lleva adelante la vida. hoy se siente un alma que arrastra
un cuerpo indócil, pesado, malhumorado. pero es mejor
que otras veces, en las que se sentía un envase para
un espíritu que a cada rato quería decir basta.
maría trata de pasar revista a estados anteriores, buscando
aquellos en los que se sintió entera, luminosa, única.
y encuentra que los hubo, y sabe que volverá a haberlos.
(amaneceres
en el campo, de niña. vagabundeos por las sierras, en
medio de un verde desbordado y de rumores de arroyos. noches
oscurísimas en las que las estrellas parecían
inmensas, en medio del silencio tajeado por los chillidos de
los murciélagos. la curiosidad sin límites, las
ganas de hacer: leer, pintar, aprender. ciudades ruidosas,
atractivas, misteriosas. callecitas en las que los descubrimientos
eran previsibles. librerías imposibles de descubrir
en su totalidad. deslumbramientos. encuentros con amigos. esas
cenas con sus pares, otras marías con otras historias.
los encuentros con ellos, los hombres de su vida. los hijos.
esos proyectos delirantes que salieron bien… y los otros,
a los que sobrevivió por milímetros.)
maría
quisiera a veces, como esta mañana, poder compartir
esas imágenes, esos estados. pero, justamente, es eso
lo que no se puede hacer desde este territorio arrasado y quemado:
hasta que no se entienda del todo lo que pasó, las palabras
son apenas un ruido, ni siquiera un cable a tierra.
(y
es que quisiera encerrarse a llorar para siempre, a golpearse
contra las paredes, a estrellar cosas contra el suelo. pero
eso ya lo hizo antes y sabe que apenas cansa, que agota la
energía pero que no cura. que no calma el dolor, que
no hay catarsis tan efectiva que resulte en borrón y
cuenta nueva. sabe que hay que parar la máquina, desarmar
en escenas minuciosas lo vivido, congelar cada cuadrito para
ver y verse, hacerse preguntas, contestarse. sabe que hay que
tratar de ponerse en la piel del otro e intentar entender.
tiene claro que no hay actos separados de quien los lleva a
cabo, ni ajenos a su historia. que cada hecho lleva una secuencia
tras de sí. es consciente de que el paso del tiempo
cicatriza, esfuma, absuelve. y se pregunta por qué,
si sabe todo eso, en este momento no consigue respirar a fondo,
ni tragar sin esfuerzo, ni dormir sin pesadillas, ni despertarse
sin estar exhausta.)
maría
no posa para la estampita. ni con el photoshop le quedaría
bien la aureola. pero sigue sin comprender las crueldades innecesarias
(se pregunta si habrá crueldades imprescindibles), sigue
sin creer que una mentira pueda ser piadosa. sabe que "las
cosas funcionan de esa manera"... pero cuando era joven
se negaba a aceptarlo, y ahora que ya tiene una pila de años
encima sigue creyendo que “esa manera” es una mierda.
de hecho, hizo algunos intentos de negociar sus registros internos
a favor de alguna situación a futuro… y siempre
salió corriendo. maría sabe que, por no jugar
el juego con esas reglas, seguirá sola. y lo lamenta,
porque cuidar y ser cuidada es algo que quiere desde que tiene
memoria. pero el juego es su vida: no puede jugarlo de otra
manera. o no quiere, da igual.
(claro
que hubo momentos, deslumbramientos, intentos de compaginar
proyectos vitales. no tiene demasiada importancia quién
se fue o quién quedó. maría siempre sintió que
si no se era fiel a sí misma, mal podía ser leal
a otros. sonreir sin motivo de alegría, quedarse cuando
se fue el deseo, trabajar en algo que se había vuelto
monótono y vacío, seguir por inercia o comodidad
en un cauce… no, imposible, impensable.)
a
veces mira hacia atrás, esas pinturas colgadas en una
galería mal iluminada. sabe que cada cuadro en calma
es el trabajo de haber reconciliado tormentas, de haber encajado
bien que mal los golpes y los buenos momentos. pero hoy, esa última
foto, que debería estar quieta y tranquila, salta burlona. él
es todavía un payaso enloquecido, que sigue prometiendo
lo que no puede, vendiendo lo que no tiene, entre brotes eléctricos
y caprichos de crío. y ella aún no ha conseguido
seguir adelante, pero cada día el lastre es menor. y
se promete no tropezar de nuevo con la misma piedra, pero ya
se sabe...
(miro
sin ver
la
calle,
las
veredas.
tan
sin estar en mí.
y
la mirada
se
me va para adentro,
se
ensimisma.
corta
amarras,
se
deja,
se
resbala.
debo
estar por ahí:
que
no me encuentre
sólo
quiere decir
noche,
palabras,
desamores
a veces
y
caminos
que
terminan en tí.
que
no te alcanzan.
no
pasa todo el tiempo.
y
cuando pasa,
el
aire se enrarece,
las
manzanas
no
tienen gusto a nada.
la
neblina
se
me instala a codazos
en
el alma.
y
aún así, de a poco,
amaneciendo,
me
encuentro en tí.
liviana.
alucinada.)
maría
busca dentro de sí misma las razones para seguir, y
siempre las encuentra. la memoria, animal implacable que suele
no dar tregua, ayuda en estos casos dando alas a las mejores
imágenes: olor a mar, libros entrañables, presencias
queridas, aventuras sin mapas, cartas que llegaron desde el
otro lado del mundo en el momento necesario, despertares que
no fueron como éste..., causas perdidas y encontradas,
comprensiones, un cello escuchado a la madrugada, mientras
del otro lado de la ventana crecía una ciudad desconocida,
los aromos en flor en aquella plaza lejana. la memoria que
se abre, generosa, para que lo bien hecho en cualquier época,
lo bien escrito, lo bien cogido, lo bien construido, sean una
caricia en este tiempo áspero. para que el amor, y no
los amores, sea lo que cuente. para que lo dado y lo recibido
se equilibren, para que perdonar no sea una labor sino sólo
una constatación.
(perdonar,
palabra probablemente excesiva. ¿entender? sí,
mejor entender. más cercana a la necesidad y a la posibilidad.
que eso del perdón sólo le suena referido a sí misma,
y bastante que le cuesta, digamos. mejor entender, que es una
manera de aguardar: un ejercicio de la esperanza. entender
es poder saltar sobre lo que fue. poder entablar complicidades
nuevas, dibujar proyectos flamantes, instalar horizontes impensados
en la oscuridad del desánimo. entender, que habilita
circuitos inéditos en la cabeza y en el corazón.)
maría
vuelve a mirarse en el espejo, y reconoce los ojos de la memoria
en los suyos. y suyas son las manos que recorren su cara, manos
con historia. cara con historia. maría descubre una
sonrisa en la cara del espejo. y siente las comisuras de la
boca plegándose.
maría
sale al día, como si saliera a toda su vida.
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