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Autor:

María Giuliani

Titulo:

Recordando al tuerto Tejada

 

En una época, la hoja en blanco era todo un tema, y siempre me surgía, antes de ponerme a escribir, un par de líneas de tejada gómez: “y si de pronto llueve, como a veces sucede? y si pasa noviembre sin tus ojos? si cae el corazón al pozo de sus honduras crueles y duele, nuevamente, en lo propio, la sangre?”.
muchas veces las anoté, a manera de exorcismo, en los márgenes. pero todavía hoy, de vez en cuando, aparecen. son líneas adolescentes, vivas. pesadas en su significado, leves en lo que arrastran consigo. y es que a veces lo evocado es un amor, y otras, simplemente, la sangre. la que duele por aquello que decía marechal: fue concebida para uso interno, y cuando se derrama, desde el suelo, grita.

qué mierda importa de dónde viene el golpe. quién se vuela para que otros mueran, quién aprieta el puto botón. cuál es la idea, la justificación, la excusa. calle en palestina, barricada, piquete, bar en israel, villa miseria. calabozo de la bonaerense, cárcel en la india, autobomba en bilbao, etnias que se extinguen, sótano de cualquier lugar. negligencias que matan, políticos que se hacen los boludos, dosis que no llegan a tiempo, hambre, cercos. jorgito bush, pero también el vecino que no se entera de nada. que reza y no escucha las noticias. que da limosna y condena el aborto. que mata a su mujer en un exceso… (se acuerdan de los “excesos”? no hubo errores, no hubo excesos… son todos asesinos, los milicos del proceso). la buena gente blindada en su virtud, abroquelada en su anestesia.

es sangre. la misma, que huele igual, que mancha igual. que nos cae a todos. que es de todos. la de la cría violada en una zanja, la del pibe que nace desnutrido de madre desnutrida, la del sin tierra, la de la que nació para malparir. la de los viejos que se mueren solos, de accidente o de suicidio, y que nadie reclama en las morgues.

cómo es que no nos sentimos parte. cómo es que ése, que cae de la nada a la nada, no nos duele como si nos cortaran un pedazo. si nos estrellamos en cada uno que se rompe, si somos en cada uno.

y no es que espere respuestas. “somos grandes”, decimos, como coartada lamentable. “no se puede arreglar todo, el mundo es como es.” “así son las cosas”. es sólo que a veces te ponés a escribir y te llevan los demonios. o que viste el noticiero, en donde el tarado de corbata impecable cuenta los muertos. o que miraste, por primera vez, al tipo esquelético en ese umbral, el del cartelito: “tengo sida, necesito ayuda”. ese que está hace un tiempo ahí y que, seguro, no va a estar mucho más. y no es que “podrías haber sido vos”. es que sos vos. vos, yo, cada uno, todos.

el marroquí ahogado antes de llegar, el sudaka acuchillado en una plaza, el crío dejado en una bolsa de basura, las nenas mutiladas para que sean "virtuosas", el de la foto después del ajuste de cuentas, la mina con dos chicos bajo un puente. todos.

y hoy tenía hoja en blanco, y tejada. y me dio ganas de enviarles aquel otro poema del tuerto, ése que en versiones cortitas y pasteurizadas cantó medio mundo. ya se me va a pasar. pero hoy, hoy tenía necesidad de sentir que el corazón no es “apenas una mala palabra”.

Hay un niño en la calle

A esta hora, exactamente, hay un niño en la calle.

Le digo amor, me digo, recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
una oscura vergüenza, la historia, el tiempo, diarios.
Porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga y saber que a esta hora
mi madre esta esperando, quiero decir,
la madre del niño innumerable,
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:

qué han hecho de la vida, dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.

Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto, de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.

Donde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados…
Porque en este camino de lo hostil, ferozmente,
cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fe, su dolor a pedazos.

Y ahora necesito saber cuales sonríen
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque sino es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.

Importan dos maneras de concebir el mundo:
una, salvarse solo, arrojar ciegamente
los demás de la balsa y la otra, un destino
de salvarse con todos, comprometer la vida
hasta el último náufrago, no dormir esta noche
si hay un niño en la calle.

Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada.
No debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.

Cuando uno anda en los pueblos del país o va en trenes
por su geografía de silencio, la patria
sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
qué historia les concierne, qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro, encuentra
la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales,
donde el azúcar sube como un junco en el aire.

Uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en la fábricas.
Hay días que uno, andando de madrugada, encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.

Y uno recuerda nombres, anécdotas. Señores
que en París han bebido por la antigua belleza de Dios,
sobre la balsa en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario.
En tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son accionistas de los niños descalzos.

Ellos han olvidado que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños que viven en la calle
y multitud de niños que crecen en la calle.

A esta hora, exactamente hay un niño creciendo.

Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie proteje esa vida que crece

y el amor se ha perdido como un niño en la calle...

Armando Tejada Gómez

   
 
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