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Apareciste en esta tierra, en la ciudad de los rascacielos
de occidente, la de las mil lenguas, la de las mil razas que
existen, la de los mil y un sueños.
Tus progenitores a saber suecos y suizos, agnósticos, luteranos,
calvinistas a presumir. Mas tarde eso explicaría tu inextinguible
humor o tus curiosos reveses.
Convertido en niño, tu vida transcurre sobre los pies de la
montaña, tus ojos de niño, se paseaban por esos cerros
interminables, hoy salvajemente mutilados por la picota
de los filisteos inmobiliarios.
El canto de los pájaros, el canto de las vertientes, el canto
del viento en los inviernos, el canto de la lluvia, el canto
atronador de las tormentas sobre los cerros, que bajabas
en una carrera sin fin, esquivando espinos, esquivando
cactus, fueron tus primeros aprendizajes.
Nos conocimos siendo jóvenes e inmortales, para entonces
la muerte era tan solo, un lejano rumor.
Joven abrazaste quijotescas nobles y desinteresadas causas,
por las que serias torturado y encarcelado; querer infinitamente
ser libre, querer soñar, querer mirar la existencia con otra mirada,
parecen ser actos sospechosos, en casi todos los lugares,
en casi todos los tiempos.
En tu remoto y desértico cautiverio, donde un minuto es un siglo,
descubriste apropiarte noche a noche, de la bóveda celeste mas
diáfana de la tierra, algo que por cierto tus carceleros jamás se
enteraron.
Lejos de estas tierras, una vez liberado, te sería concedido ver muchos mares,
muchos pueblos, vivir muchas vidas, ser de cualquier lugar, ser de ningún rincón,
te tocaría en suerte en tu última vida, volver a los cerros donde
transcurrió tu niñez, ahí en una fría mañana de invierno, te habrías
marchado, quizás para siempre , tus perros vigilantes, fieles, no se
moverían de tu lado.
Perplejos, con escasa resignación, asistimos a tu entierro, en el llamado patio
de los disidentes del cementerio. Un último homenaje a quién hiciera
de la disidencia su patria.-
24 Agosto 2008
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