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Autor:

Patricia Rios

Titulo:

Divagación

 

Realmente no sé que voy a hacer. No puedo dejar de pensar en lo que ha pasado. Tengo las imágenes incrustadas en la conciencia. Mi cabeza trata de darles orden, buscando el momento en que todo se quebró. ¿Será que lo voy a querer para siempre, o es que me resisto a comenzar una nueva vida? Debe ser el temor, si, seguro que es el temor a empezar de nuevo. Me gusta el abrigo de esa joven, ¿la querrán a ella? El color está muy bonito, le sienta muy bien. Se ve querida esa joven. Pero, ¿qué hago? Ni me fijo en qué parada voy, no vaya a ser que encima de todo llegue tarde al trabajo y tenga que tragarme los reproches de los abogados. Es terrible andar con temor a todo, temor de no poder pagar el alquiler, temor a comenzar una nueva vida, temor de las malas caras de los abogados, temor a ser herida de nuevo. Ah bien, vamos llegando a la calle 14, me quedan 3 paradas más. Pero, ¿cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo? Nunca pensé que pudiera herirme tanto, después de tantos años y de todo lo que enfrentamos juntos. Son tantos los recuerdos. ¡Me queda tan grande la cama! Sí, y con el poco trabajo que he tenido este año mas vale que llegue a tiempo, sino ya no me llaman a trabajar y no me alcanza para el alquiler. ¡Ay guía, no me abandones! Tiene que haber otra forma de vivir, de estar, de ver. ¡Enséñamela, guía! Me gustaría ir a un lugar donde todos me quieran, donde haya estrellas inmensas y bondad y entendimiento y misterio -donde me sienta cerca de los dioses. Ay, quiero una menta, pero seguro que se me olvidó ponerlas en la cartera. Tal vez pueda ir a Arizona en el verano, donde los indios Diné. Los indios van a quererme porque yo los quiero a ellos. Pero no, que va, sino tengo un peso. Este año empezó mal, sin trabajo y con esa sospecha que se me ensartó debajo de las costillas. ¿Qué voy a hacer? Todo se desbarata y estamos en guerra. No tengo respiro, no puedo comer, no sé para dónde girar. ¡Pero, qué lleno está este tren! No puedo ni meter la mano a la cartera para ver si traje las mentas. OK, ¿qué hora es? Las 10 menos 10, bien, con suerte llegaré a tiempo. Ojalá que hoy los abogados estén tolerables porque no ando de humor para imbéciles. Si supieran lo que me pesa el corazón y lo que me ha costado levantarme, no se aventurarían ni a mirarme. Voy a tener que comprarme sandalias para el verano. Y, ¿cuánto costará el pasaje a Arizona? ¡Y dale, ubícate en la realidad! La realidad... esto no es mas de un tercio de la realidad. Eso es lo que pasa, sé que a esta altura del camino debo aspirar a la realidad, y lo deseo, pero me da miedo. Eso es. ¡Ay, qué ganas de comerme una menta! Y ese hombre que me mira tanto, ¿me habré pintado la boca despareja? A ver. ¡Ay, coño, olvidé pintarme la boca! Ay, yo me estoy volviendo loca, ya poco me falta para salir a la calle en pantuflas. Pero no importa nada, yo voy a salir adelante. Lo que pasa es que sé que debo dejar cosas atrás para partir en mi búsqueda y...y... y me sigue mirando el tipo ese. Es que me nota el dolor. Como los animales que huelen la desgracia ajena, ese se dio cuenta de lo que me está pasando. ¡Coño! Igual que los animales. Y el gato, voy a tener que hacer algo con el gato que está roseando toda la casa. Antes lo hacía un par de veces al año, ahora con toda esta crisis no hay cómo pararlo. Todo es un desbarajuste. Y para colmo estamos en guerra. Voy a tener que pedirle a él que me lleve en el auto a dejar al gato en el bosque, por lo menos así tendrá una oportunidad de sobrevivir, nunca lo llevaría a que lo maten. Mi vida ha cambiado tanto, tanto, de la noche a la mañana. Todo esta terminando, hay tanta destrucción. Si, todo está cambiando y a mi gato viejo también le va a cambiar la vida. Pero no quiero pedirle favores a él, ya no soy su amor. A ver si me las arreglo sola. Lo dejo en el bosque cerca de alguna casa con una caja de comida abierta y que se busque un lugar entre los arbustos, donde dormir. ¡Me queda tan grande la cama! Los tuve tantos años, pero no puedo tenerlos a mi lado en estas condiciones. Los quiero a los dos, pero no es suficiente. El gato no va a dejar de rosear la casa y él ya no me quiere. Guía, dame la fuerza que... ah, aquí me bajo. ¡Al fin! Siempre me ha gustado caminar con la gente. Me gusta cuando llevamos un mismo ritmo. Alguna vez seremos hermanos, pero por ahora estamos en guerra. Yo siempre lo quise, con sus defectos y todo. Hubiera vivido toda mi vida con él. A veces bailábamos, ahora me baila la ropa, me cuelga, he bajado de peso. Bueno, por lo menos algo he sacado de todo esto. ¡Ay, pero fíjate en el semáforo, mujer! Me queda grande la ropa, la cama, la casa. Ahora estoy sola con mis dos hijos. Bueno, por lo menos es el principio de la primavera y el gato tendrá un buen tiempo para acostumbrarse antes de que llegue el frío. En el invierno voy a tener que dormir con pijama. ¡Me carga dormir con pijama! Ya cambió a verde, ahora puedo cruzar. No importa yo voy a salir adelante. Faltan casi 4 minutos para las 10, voy a llegar a tiempo. Pero todavía lo llevo en mi seno, aunque ahora es un desconocido. No sé lo que piensa, lo que quiere, lo que siente, no sé por dónde anda. Su corazón está tan lejos del mío. ¡Mira, no te vayas a poner a llorar en la calle! Mejor que me pinte la boca antes de llegar, debo aparentar -como todos- que estoy bien y lista para trabajar, sino no me llaman más. ¡Qué ganas de escapar a Arizona y estar con los indios y los dioses! Ah, aquí es donde había visto esas sandalias. Ah si, ahí están todavía. Pero que raro que todo siga funcionando, que todavía salga el sol y se vuelva a poner, aunque yo tenga el corazón encogido. Cuando vuelva a casa voy a averiguar el precio de los vuelos a Arizona. No importa nada, yo voy a salir adelante y voy a llegar allí donde no se depende de las circunstancias. No hay muchas oportunidades en la vida para cambiar profundamente, y esta es una. Algo bueno va a salir de todo esto. Además, no es la primera vez que me pasa algo malo. ¡Ah, que bueno, traje las mentas! Pero ¿por dónde voy? ¡Claro, ya me pasé! Claro, ¡como si tuviera tiempo que perder! Después llego tarde y les tengo que aguantar la cara de pendejos a los abogados. Bueno, no me pasé mucho, una cuadra no más, y todavía faltan casi 2 minutos para las 10, voy a llegar a la hora exacta. OK, entro y me pinto la boca en el ascensor. Es que todavía lo quiero, yo creo que lo quiero. Lo siento, lo extraño. Es como si me hubieran amputado una pierna y... ¡joder! me pinté con el rouge equivocado. Ahora parezco monstruo. Bueno, mejor, así ni se fijan en mí y pelean entre ellos. Mejor, porque hoy no ando de humor para imbéciles. Hoy estoy cansada del misérrimo tercio de realidad al que nos hemos resignado. Me pongo una menta en la boca y entro a la oficina como si nada. ¿Hasta cuando estaremos en guerra?

 

Patricia Ríos
New York – Abril, 2003


   
 
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