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Nací en la capital
pero fue en el sur donde me hice rebelde y difícil de
gobernar. Seis años tenía cuando llegué por
primera vez al sur de la mano de mi abuela. No sé si habrá sido
el paisaje agreste, la tierra rojiza o los volcanes lo que me
inspiraron, pero desde que llegué comencé una labor
de emancipación. Tuve entrenadores. Al estar todavía
tan cerca del suelo me fijé mucho en los animales, los
insectos y las plantas. De ellos aprendí, y cuando la
ocasión lo requirió, con ellos batallé.
También me entrenaron los sirvientes de la casa, los indios.
Me pasaba los días a la siga de la cocinera, el jardinero
y la lavandera, acompañándolos en sus quehaceres
y absorbiendo su mundo, en el que el bien, el mal, la vida y
la muerte eran todos parte necesaria de un todo mayor. En aquel
mundo dios y el diablo coexistían, sin ser uno mejor o
más importante que el otro.
Mi abuela se inquietaba con mis visitas a los aposentos de la
servidumbre y trataba de contra restar la influencia que los
indios ejercían en mí hablándome de la moral,
del temor a dios y de lo que es civilizado. Pero mi instinto
me decía que debía atender a los indios porque
sabían más. Así pues, mis deseos de liberación
se hicieron fuertes y encontraron expresión hasta en mis
juegos más insignificantes. En el jardín descubrí un
día las cuevas de araña entre los tablónes
de una cerca, al final del patio. Se trataba de agujeros rodeados
de un suave tejido grisáceo. Me acuerdo que me acerqué a
mirar por el agujero pero vi solo oscuridad. De pronto una mosca
se posó accidentalmente en la tela, quedando sus patas
inmediatamente atrapadas. Entonces del agujero salió una
araña negra y brillante que rápidamente envolvió a
la mosca y la arrastró adentro de la cueva. En ese instante
el resto del patio, y aún el mundo, desaparecieron para
mí. Solo existía yo, la cueva de araña y
el pánico de la muerte próxima. Frente a la cerca
permanecí un buen rato presa de la oscuridad y de lo desconocido
y me sentí más pequeña que lo que era. Cuando
finalmente logré deshacerme del hechizo del incidente
yo había cambiado. Deambulé largamente por el patio
mirando todo con nuevos ojos, desconfiados y reticentes. Finalmente
decidí recurrir a las sirvientas y me fui a la cocina
a contarles lo que había acontecido. Pero, en la cocina,
al concluir mi relato noté que las mujeres en vez de alarmarse
y tratar de reconfortarme se reían y hablaban entre ellas
en su idioma, hasta que una se encuclilló frente a mí y
arrancándose uno de sus gruesos cabellos me dijo que el
miedo no era malo. La india me pasó el cabello y me dijo
que volviera a la cerca y que lo metiera dentro de la cueva.
Luego se volvieron a reír todas y retomaron sus quehaceres
sin prestarme mas atención. Pero yo no tuve el coraje
de volver a la cerca ese día. Me guardé el pelo
en el bolsillo del delantal y esa noche lo puse dentro de la
funda de mi almohada.
A la mañana siguiente desperté sabiendo que iba
a luchar. Me vestí, bajé a la cocina, saqué a
uno de los gatos que dormitaban bajo el fogón y me lo
llevé para que me sirviera de testigo. Llegué a
la cerca, puse al gato en el suelo y elegí una cueva grande.
Me saqué el pelo del bolsillo y con él sujeto del
pulgar y del índice cerré los ojos con fuerza hasta
ver olas de colores. Entonces, abrí los ojos y deliberadamente
puse el pelo a la entrada de la cueva. La araña no se
hizo esperar, salió de inmediato y lo atrapó haciéndome
sentir sus patas como una correntada a través del cabello.
Pero resistí, no solté el pelo ni lo quité del
agujero hasta que el insecto desconcertado retrocedió tan
rápido como había salido. Solo entonces retiré el
pelo de la cueva. Permanecí de pié frente a la
cerca sintiendo las oleadas de nausea que me estremecían
en la oscuridad y el frío de lo desconocido que me atraía,
pero esperé. Esperé hasta que mi corazón
se comenzó a apaciguar y recobró su latido regular.
Entonces le di la espalda a la cerca y miré el patio como
por primera vez, ya no solo percibiendo los colores, olores y
formas, sino la conexión entre todo lo que allí había
y mi pequeño cuerpo. Entonces me fui al largo columpio
que colgaba de un fuerte cerezo y me columpié, por primera
vez dándome impulso a mi misma, yendo y viniendo, cada
vez con más fuerza, hasta que la velocidad y el aire que
me pegaba en el pecho terminaron de devolverme las fuerzas. Rato
después me fui caminando a la cocina y le entregué el
pelo a la india, quién lo tomó y lo lanzó al
fogón sonriéndome de soslayo.
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