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Es de mañana
y una dama gruesa y compacta, envuelta en celeste invernal y
bufanda, sale por la boca casi triangular de la garganta subterránea
del metro a un sol que sin entibiar deslumbra, y se aleja caminando
a paso firme por Lavapiés. Por las ventanas del café miro
el barrio de tiempo suspendido, alhajado de conocimientos antiguos
y sin aspiraciones de modernidad, un plácido caldo de
cultivo de influencias que llegan de otros rincones del mundo
para aposentarse. Por aquí están los indios otavaleños,
mas allá algunos africanos venden cachivaches y por todas
partes están los árabes con su fervor, con sus
jotas y aches hondas que los lugareños han adoptado hace
ya mucho tiempo.
Pero vuelvo a mis averiguaciones con taza de café y tabaco
en mano. "¿El flamenco?... No sé dónde
por aquí." me responde el tendero. "Pero, ¿ya
fue a la plaza de toros? No está lejos." Nada está lejos
de este Lavapiés de calles flacas, adoquinadas, diseñadas
para caballo y ahora transitadas a tientas por vehículos
perfumados de plomo, alertas a las esquinas agazapadas y a los
transeúntes que zigzaguean, ya no esquivando la mierda de
caballo sino la de perro melgada por las veredas, ¡Y me cago
en la virgen!
Salgo del café y cruzo la plazoleta para tomar notas sobre
aquella tienda de antigüedades por la que pasan viejecitos
grises con sus bolsas de la panadería, pero me captura la
figura de una gitana de rostro transfigurado por la emoción,
que canta acompañada de un teclado Yamaha automático
y un bebé en los brazos.
"¿Y Toledo? Ah si, Toledo le va a gustar" me ha
dicho el tendero en el café, y me prometo ir a Toledo mientras
camino las angostas cuadras de gris marrón. Llego a la casa
y ¡Joder...! Entonces, miro a los altos y "Mariviiiiii," grito
con fuerza y naturalidad haciendo volar a las palomas mucho más
arriba de los ventanales con ropa colgada por los que al rato se
asoma Mariví a lanzarme las llaves de la casa que he olvidado
en mi cuarto.
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