| Le llegaban y dejaban
los días
envuelta en un manto centrípeto.
Allí en sus pupilas
en el iris de su realidad provisoria,
se cocía sin cilantro ni tocino
un lento caldo de verdades intuidas
y seres nuevos.
Contándose las hebras de cabello
la encontraba la tarde.
Envuelta en el vaho de sus memorias
transitaba las horas restantes.
Enrollada en si misma la cubría el sueño.
Hasta que se dijo:
"soy del mundo"
y ante ella
se rajo de punta a cabo el espejo.
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