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Juan Segura vivió cien
años. Y nunca estuvo seguro de nada. En realidad ese hecho
tan simple fue la clave de su longevidad. Un día le dijo
a su biznieto: "¿Sabes Juanito? La certeza acorta
la vida. Basta con que estés seguro de algo para que empiecen
los problemas. Inmediatamente te aparecerán enemigos,
gente que te quiere hacer mal. Además cuando tienes una
certeza, tarde o temprano te tendrás que desilusionar,
y eso hará que sufras y te enfermes. Haz como yo, no estés
seguro de nada y así podrás ir adonde quieras,
y vivirás una larga vida, como yo la he vivido."
Juanito asentía con la cabeza. "Si, tata. Si Tata".
Se apoyó en la baranda del balcón y miró hacia
abajo. "¿estás seguro de lo que dices,
Tata?
El viejo se rió de buena gana. "Buen chiste, hijito.
Pero acuérdate, no hay que estar seguro de nada."
"¿De nada?"
"de nada".
Acto seguido, Juanito se encaramó a la baranda, y se lanzó al
vacío con los brazos abiertos. El viejo lo siguió atónico
con la mirada, mientras su canto alegre y desafinado se iba perdiendo
en la distancia.
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